viernes, 15 de enero de 2010

Cecil Taylor Por Cesar Aira

De “Fin de siglo” (1987)

Amanecer en Manhattan. Con las primeras luces, muy inciertas, cruza las últimas calles una prostituta negra que vuelve a su cuarto después de una noche de trabajo. Despeinada, ojerosa, el frío de la hora transfigura su borrachera en una estúpida lucidez, un ajado apartamiento del mundo. No ha salido de su barrio habitual, por lo que no le queda mucho camino que recorrer. El paso es lento; podría estar retrocediendo; cualquier distracción podría disolver el tiempo en el espacio. Aunque en realidad desea dormir, en este punto ni siquiera lo recuerda. Hay muy poca gente afuera; los pocos que salen a esa hora (o los que no tienen de dónde salir) la conocen y por lo tanto no miran sus zapatos altísimos, violeta, su falda estrecha con su largo tajo, ni los ojos que de cualquier modo no mirarían otros, vidriosos o blandos. Se trata de una calle angosta, un número cualquiera de calle, con casas viejas. Después vienen dos cuadras de construcciones algo más modernas, pero en peores condiciones; comercios, vagos condominios de los que se desploma una escalera de incendios, una cornisa sucia. Pasando una esquina está el edificio donde duerme hasta la tarde, en una habitación alquilada que comparte con dos niños, sus hermanos. Pero antes, sucede algo: se ha formado un grupo de trasnochados; una media docena de hombres reunidos en la mitad de este callejón miran una vidriera. Siente curiosidad por estas turbias estatuas. Nada se mueve en ellos, ni siquiera el humo de un cigarrillo. A ella no le quedan cigarrillos. Avanza mirándolos, y como si fueran el punto que necesitaba para enganchar el hilo del cual sostenerse, su paso se vuelve algo más liviano, más suspendido. Cuando llega, los hombres tampoco la miran. Necesita unos instantes para comprender de qué se trata. Están frente a un negocio abandonado. Detrás de la vidriera sucia hay una penumbra, y en ellas cajas polvorientas y escombros. Pero además hay un gato, y frente a él, de espaldas al vidrio, una rata. Ambos animales se miran sin moverse, la caza ha llegado a su fin, y la víctima no tiene escape. El gato tensa con sublime parsimonia todos sus nervios. Los espectadores se han vuelto seres de piedra, ya no estatuas: planetas, el frío mismo del universo… La prostituta golpea la vidriera con la cartera, el gato se distrae una fracción de segundo y eso le basta a la rata para escaparse. Los hombres despiertan de la contemplación, miran con disgusto a la negra cómplice, un borracho la escupe, dos la siguen… antes de que termine de desvanecerse la oscuridad tiene lugar algún hecho de violencia.


Después de un cuento viene otro. Vértigo. Vértigos retrospectivos. Se necesitaría un término cualquiera de la serie para que el siguiente la hiciera interminable. El vértigo produce angustia. La angustia paraliza… y nos evita el peligro que justificaría el vértigo; acercarse al borde, por ejemplo, a la falla profunda que separa un término de otro. La parálisis es el arte en el artista, que ve sucederse los acontecimientos. La noche se termina, el día hace lo mismo: hay algo embarazoso en el trabajo en curso. Los crepúsculos opuestos caen como fichas en una ranura de hielo. Ojos que se cierran definitivamente, siempre y en todo lugar. Paz. Con todo, existe, y más perceptible de lo que podríamos desear, un movimiento descontrolado, que produce angustia en los otros y provee el modelo de la angustia imposible propia. También se lo llama arte. El arte es una multiplicación: estilos, bibliotecas, metáforas, querellas, el cuadro y su crítico, la novela y su época… Hay que aceptarlo como la existencia de los insectos. Hay restos por todas partes. Pero la vida, ya se sabe, «es una sola». De lo que resulta que la biografía de un artista es imposible; hay modos de probar que lo es: esos modos se confunden en la posibilidad de la biografía, con lo que vuelve a nacer la literatura, y la situación insoportable se instala en el pensamiento, el operador se inquieta y ya no ve la sucesión de escrúpulos sino una proliferación de modelos difíciles de aplicar. La biografía como género literario deriva de la hagiografía; pero los santos lo son, lo fueron, justamente por renunciar a los beneficios biográficos, recogen apenas los restos desechables. Por otro lado, las hagiografías nunca están solas, siempre forman parte de una especie de colección. La biografía tendería a lo contrario, aunque el resultado sea exactamente el mismo. ¿Quién se jactaría de saber lo que es un resto, y de poder diferenciarlo de lo contrario? Nadie que escriba, por lo menos.



Tomemos las biografías de artistas. Vienen inmejorablemente al caso. Los niños leen las vidas de los músicos célebres, que siempre fueron niños músicos; luego, se trata de una success story, el relato de un triunfo, con su estrategia espectacular o secreta, sus venganzas, su transparencia de lágrimas de dinosaurio. Son mecanismos sutiles, dentro de su esencial idiotez, que no permanecen mucho en la memoria (salvo algún detalle) pero no por eso la deforman menos: le injertan grandes toboganes irisados, conformando un panorama tan pintoresco que la víctima se cree un Proust, lo que de por sí es un bonito falso triunfo en la vida. Imposible no desconfiar de esos libros, sobre todo si han sido el alimento primordial de nuestras puerilidades pasadas y por venir. «Antes» estaba el éxito futuro, «después» estaban sus recompensas deliciosas, tanto más deliciosas por haber sido objeto de puntualísimas profecías. Los malos augurios tienen el nacarado de una perfección; los buenos, levantan el mundo en las manos y se lo ofrecen a los astros. La Reina de la Noche, en una palabra, canta de día.

Examinemos un caso más cercano. El de un gran músico de nuestro tiempo, cualquiera de ellos (son tantos). Cecil Taylor. Bien podría decirse de él que es el músico más grande del siglo. Engendrado en cuerpo y alma en una música de tipo popular, el jazz, desde el principio su vigor en la renovación lo hizo universal, quizás el único genio que pudo ir más allá de Debussy: el que pudo consumar la música como torsión sexual de la materia, el atomista fluido de todos los sentidos y sinsentidos que constituyen el juego del pensamiento en el mundo. Y no dejó de ser el mejor representante de la ciudad del jazz; de hecho él es Nueva York, la sobreimpresión del perfil de los grandes edificios en la imagen del pianista concentrado, con la música como enlace. ¿Qué otra cosa es el realismo? Una época en la que cierta gente ha vivido. El jazz, una brisa eterna. La ciudad miniaturizada, en un diamante. Es Egipto, pero también una pequeña tribu que acecha. Nuestra civilización antropológica produce (o podría producir, con un arte adecuado de la narración) historias en las que, digamos, dos negros desnudos se hacen la guerra en una selva, se persiguen con los signos más sutiles, el azar, la movilidad pura. Y el jazz. Una acción de sueños: situaciones. Todo es situaciones, éxtasis novelesco (ya no de conceptos). Según la leyenda, Cecil realizó la primera grabación atonal del jazz, en 1956, dos semanas antes de que independientemente lo hiciera Sun Ra. (¿O fue al revés?) No se conocían entre sí, ni conocían a Ornette Coleman, que trabajaba en lo mismo al otro lado del país. Por supuesto, la historia registra los momentos sin darles un valor per se, ya que todos ellos (y Eric Dolphy, Albert Ayler, Coltrane, quién sabe cuántos más) demostraron su genio de modo fehaciente en el transcurso de las décadas que siguieron.

De todos modos, la Historia tiene su importancia, porque nos permite interrumpir el tiempo. En realidad, lo que se interrumpe con el procedimiento son las series; más precisamente, la serie infinita; cualidad esta última que anula toda importancia que pudiera tener la interrupción. La vuelve frívola, redundante, liviana, como una tosecita en un funeral. En este punto se produce la segunda ruptura, y lo que era nada más que pensamiento gira de pronto mostrando una cara imprevista: la Necesidad se alza, patente, soberana, imprescriptible -y a la vez microscópica, voluble, estúpida, neutra. La interrupción es necesaria, pero es la necesidad de un momento. De lo necesario ampliado nace la «atmósfera», ella sí esencial en el peso específico de una historia. Nunca se encarecerá lo bastante la importancia de la atmósfera en literatura. Es la idea que nos permite trabajar con fuerzas libres, sin funciones, con movimientos en un espacio que al fin deja de ser éste o aquél, un espacio que logra deshacer las entidades del escritor y lo escrito, el gran túnel múltiple a pleno sol… Pues bien, la atmósfera es la condición tridimensional del regionalismo, y el medio de la música. La música no interrumpe el tiempo. Todo lo contrario.


1956. Empecemos de nuevo. Para ese entonces Cecil Taylor, un genial músico negro de poco más de treinta años, prodigioso pianista y sutil estudioso de la avant-garde musical del siglo, había consolidado su estilo, es decir su invención. Excepto un par de jazzmen cercanos a su trabajo, nadie podía hacerse la menor idea de lo que estaba realizando. ¿Cómo se la habrían hecho? Su originalidad estaba en la transmutación del piano, que de instrumento pasó a ser en sus manos un método composicional libre, instantáneo. Los llamados «racimos tonales» con los que se desarrollaba su escritura momentánea ya habían sido utilizados anteriormente por un músico, Henry Cowell, aunque Cecil llevó el procedimiento a un punto en el que, por sus complicaciones armónicas, y sobre todo por la sistematización de la corriente sonora atonal en flujos tonales, no podía compararse con nada existente. Supongamos que vivía (es el tipo de datos de que nos proveen las biografías) en un ruinoso departamento del East End de Manhattan. Ratones, de los que aman los norteamericanos, una cantidad indefinida y constante de cucarachas, la embotada promiscuidad de una vieja casa con escaleras estrechas, son el panorama original. La atmósfera. Lo innecesario. En su cuarto había un piano que no siempre podía hacer afinar por falta de los catorce dólares necesarios, y era un mueble ya casi póstumo. Dormía allí por la mañana y parte de la tarde, y salía al anochecer. Trabajaba de lavacopas en un bar. Ya había grabado un disco (In transition) y esperaba algunos trabajos temporarios en bares con piano.



Por supuesto, sabía que era preciso descartar la idea de un reconocimiento súbito, y hasta de un triunfo gradual, a la manera de círculos concéntricos; no era tan ingenuo. Pero sí esperaba, y tenía todo el derecho a hacerlo, que tarde o temprano su talento llegaría a ser celebrado. (Aquí hay una verdad y un error: es cierto que hoy se lo aprecia en todo el mundo, y quienes hemos escuchado sus discos durante años con amor y una admiración sin límites seríamos los últimos en ponerlo en duda; pero también hay un error, un error de tipo lógico, y esta historia intentará mostrar, sin énfasis, la propiedad del error. Claro que nada confirma la necesidad de esta historia, que no es más que un capricho literario. Sucede que una vez imaginada, se vuelve en cierto modo necesaria. La historia de la prostituta que espantó a la rata no es necesaria tampoco, lo que no quiere decir que la gran serie virtual de las historias sea innecesaria en su conjunto; y sin embargo lo es. La de Cecil Taylor es una vieja fábula: le conviene el modo de la aplicación. La atmósfera no es necesaria… ¿Pero cómo oír la música fuera de una atmósfera?)

El bar con piano en cuestión resultó ser un local al que acudían músicos y drogadictos. El artista se predispuso a una acogida fluctuante entre la indiferencia y el interés; descartaba el escándalo, en ese ambiente. Se predispuso a que la indiferencia fuera el plano, y el interés el punto: el plano podía cubrir el mundo como un toldo de papel, el interés era puntual y real como un «buenos días» entre peces. Se preparaba para la incongruencia inherente a las grandes geometrías. El azar de la concurrencia podía proveerlo de un atisbo de atención: nadie sabe lo que crece de noche (él tocaría después de las doce, al día siguiente en realidad), y lo que uno hace nunca pasa totalmente inadvertido. Pero esta vez pasó. Para su gran sorpresa, la oportunidad se reveló precisamente «nunca». Escarnio invisible licuado en risitas inaudibles. Así transcurrió la velada, y el patrón canceló la segunda presentación para la próxima noche, aunque no la había pagado. Por supuesto, Cecil no discutió con él su música. No vio la utilidad. Se limitó a volver con los ratones.

Dos meses más tarde, su distraída rutina de trabajo (ya no era lavacopas sino empleado en una estación de servicio) fue realzada una vez más por un contrato verbal para actuar en un bar, una sola noche esta vez, y a mitad de la semana. El bar se parecía al anterior, aunque quizá fuera algo peor, y la concurrencia no difería; incluso era posible que algunos de los que habían estado presentes aquella noche se repitieran aquí. Eso llegó a pensar, el muy iluso. Su música sonó en los oídos de una decena y media de músicos, drogadictos y alcohólicos, quizá hasta en las bellas orejitas negras, con su pimpollo de oro, de una mujer vestida de raso: una mantenida, por la heroína. No hubo aplausos, alguien se rió pesadamente (de otra cosa, con toda seguridad) y el dueño del bar no se molestó siquiera en decirle buenas noches, ¿Por qué iba a hacerlo? Hay momentos así, en que la música queda sin comentarios. Se prometió, sin motivo, venir en otra oportunidad al bar (alguna vez lo había frecuentado, como oyente) para imaginarse a sus anchas la posición del ser humano ante la música: el pianista consumado, la sucesión de viejas melodías, lentas y espaciadas. No lo hizo nunca, por creer que no valía la pena. Se consideraba una persona desprovista de imaginación. Transcurrida una semana, la representación de este fracaso se fundió con la del anterior, y eso le produjo una cierta extrañeza. ¿Se trataría de una repetición? No había motivos para creerlo, y sin embargo la realidad se mostraba así de simple.

Un día se encontró en la calle con un ex condiscípulo de la Advanced School of Music de Boston, un neoclasicista. Cecil se mofaba en secreto de Stravinsky ?todos los negros desprecian a los rusos, eso es un hecho?. Un par de frases, y el otro quedó vagamente impresionado por el tono sibilino de la voz de su conocido, el susurro, el gorro de lana. (Si en lugar de ser una nulidad, el ex condiscípulo hubiera llegado a algo, habría anotado el hecho en su autobiografía, muchísimos años después.).


Tres meses más tarde, una conversación de madrugada en una mesa de Village Vanguard resultó en un ofrecimiento para presentarse allí una noche, como complemento a un grupo renombrado. Abandonó su empleo en la estación de servicio y trabajó diez horas diarias en su piano (se había mudado a un cuarto en una vieja casa de proxenetas en Bleeker Street) durante la semana que lo separaba de su presentación. Al V.V. asistía la flor y nata del mundillo del jazz. Estaba persuadido de que en ese momento se formaría el primer círculo, así fuera pequeño como un punto, del que se irradiaría la comprensión de su actividad musical, y en consecuencia esta actividad misma.

Llegó la noche en cuestión, entró a la tarima donde estaba el piano cuando se lo pidieron, y atacó…No hubo más que unos aplausos condescendientes: «al menos sudó». Esto lo desconcertaba. En la parte posterior del escenario había algunos músicos que desviaron la mirada con una sonrisita de monos. Fue a sentarse a la mesa donde estaban sus conocidos, que hablaban de otra cosa. Uno le tomó el codo e inclinándose hacia él sacudió lentamente la cabeza hacia la derecha y la izquierda. Con una gran carcajada, alguien prorrumpió en un «Después de todo, ya terminó». El crítico de jazz más prominente de la época estaba sentado unas mesas más allá. El que había sacudido la cabeza fue a conversar con él y regresó con este mensaje:-Sinhué -así lo llamaban al crítico entre ellos- hizo un silogismo claro como un cielo sin nubes: el jazz es una forma de música, por tanto es una parte de la música. Como lo hace nuestro buen Cecil no es música, tampoco puede aspirar a la categoría de jazz. Según él, según lo que entiendo yo, que soy un autodidacta, no se puede avanzar hacia el jazz sino desde el embudo de lo general, es decir no habría particularidades que puedan relacionarse por analogía con el jazz.


No intentó ninguna refutación. Evidentemente ese imbécil no sabía nada de música, lo que no podía sorprenderlo. El, por su parte, no entendía una palabra de sus razones, o mejor dicho de la convicción que apoyaba sus razones. Esperó alelado que alguno de los músicos que vio por ahí le hiciera saber algo. Pero no fue así. De hecho, no podía estar seguro de que hubiera ningún músico de los que creía haber visto, porque era muy miope y usaba unos anteojos oscuros que con la escasa luz del salón obnubilaban todo reconocimiento. Pero, cuando volvió a pensar en la situación en los días subsiguientes, comprendió que de nadie debía esperar menos reconocimiento explícito que de sus colegas. ¿Se vería obligado a escuchar infinitamente la música ajena hasta reconocer una nota, un pequeño solfeo amistoso, un «Hi» como los que se cruzaban cuando volvían del baño después de una dosis? No había hecho otra cosa en su vida, y amaba el jazz.

Pasaron varias semanas. Trabajó haciendo la limpieza en un banco, de sereno en un edificio de oficinas y en un estacionamiento. Una noche le presentaron a alguien que tomó su dirección por el más fútil de los motivos: la señora Vanderbilt contrataba pianistas para sus tés. Efectivamente, fue llamado a los pocos días: al parecer sus credenciales de estudio habían sido investigadas y aprobadas. Fue a las seis de la tarde a la mansión de Long Island y tomó una taza de café con los criados, que al parecer se hacían una idea extraña de su trabajo. Un valet vino a anunciarle que podía empezar su interpretación. Se ubicó frente a un perfecto Steinway entreabierto, en una sala donde una elegante cantidad de personas de ambos sexos bebían y conversaban. Su actuación duró escasos veinte segundos pues la señora Vanderbilt en persona, en un rasgo que los entendidos calificaron de esnob, se acercó (lo esnob del asunto estuvo en que no mandó al valet a hacerlo) y con toda lentitud cerró la tapa del piano sobre las teclas. Cecil ya había apartado las manos.
-Prescindiremos de su compañía -le dijo haciendo tintinear las perlas. No es tan difícil como se cree, hacer tintinear perlas.
Los invitados aplaudieron a Gloria.-Debí suponer que pasaría algo así -le decía Cecil a su amante esa noche?.

Pero también debí suponer que la extrañeza misma, en lugar de atravesar la coraza de ignorancia de esa gente, sirviera como una vaselina para que la impenetrabilidad de la coraza girara sobre sí misma y se volviera inútil. Mi música tiene muchos aspectos, y yo sólo conozco los musicales. La vida está llena de sorpresas.


En la primavera tuvo un nuevo contrato, esta vez por una semana entera, en un bar cuyas características más visibles eran las ráfagas de importancia nula que se le confería a la música que sonaba en él. Viejas negras, ex esclavas, debían de tocar allí de madrugada, sus pianos apolillados. El dueño estaba ocupado exclusivamente por el tráfico de heroína, y era algún mozo el que apalabraba a los pianistas. Cecil tocaría a la medianoche, durante dos horas. La gente entraba y salía, no podía confiarse en que nadie, entre una compra y una venta, o entre la adquisición y el uso, tuviera el ánimo lo bastante despejado como para apreciar una forma genuinamente novedosa de música. Con esa composición de lugar se sentó al piano.


Habrían transcurrido dos o tres minutos de su ejecución cuando se le acercó por atrás el dueño del bar, agitando la mano en la que no sostenía el cigarrillo.-Shh, shh -le dijo cuando estuvo a su lado-. Preferiría que no siguieras, hijo.Cecil retiró las manos del teclado. Algunos parroquianos aplaudieron riéndose. Subió una señora negra que comenzó a tocar Body & Soul. El dueño le tendió un billete de diez dólares al demudado músico, pero cuando éste lo iba a tomar retiró la mano:- ¿No habrás querido tomarnos el pelo?Era un individuo peligroso. Pesaría noventa kilos, es decir cincuenta más que Cecil, que se marchó sin esperar más reprimendas.



Cecil era una especie de duende, elegante pese a su miseria, siempre en terciopelo y cueros blancos, zapatos en punta como correspondía a su cuerpecito pequeño, musculoso. Podía llegar a perder dos kilos en una tarde de improvisaciones en su viejo piano. Extraordinariamente distraído, liviano, volátil, cuando se sentaba y cruzaba las piernas (pantalones anchos, camisa inmaculada, chaleco tejido) era redundante como un bibelot; lo mismo cuando encendía un cigarrillo, o sea casi todo el tiempo. El humo era el bosque en el que este duende tenía su morada, a la sombra de una telaraña húmeda.

Esa noche caminó por las profundas calles del sur de la isla, pensando. Había algo curioso: la actitud del difuso irlandés que vendía heroína no difería gran cosa de la que había mostrado poco antes la señora Vanderbilt. Pero ambos personajes no se parecían en nada. Salvo en esto. ¿Pasaría por ahí, por el acto de interrumpirlo, el común denominador de la especie humana? Por otra parte, en las últimas palabras del sujeto encontraba algo más, algo que ahora reconstruía en el recuerdo de todas sus desdichadas presentaciones. Siempre le preguntaban si lo hacía en broma o no. Claro que la señora Vanderbilt, por ejemplo, no se había rebajado a preguntárselo, pero en general había supuesto la existencia de la pregunta; más aún, diríase que su indignación no se había debido más que a la insolencia de hacerle necesario ponerse en actitud de proferir, explícita o tácitamente, tal pregunta a un negro. Ella había dicho «No lo sé, ni me importa». Pero en cierto modo había mostrado que le importaba. Cecil se preguntó por qué era posible preguntarle eso a él, y la misma pregunta no era pertinente respecto de lo demás. Por ejemplo él jamás le habría preguntado a la señora V. si hacía lo que hacía (fuera esto lo que fuera) en serio o en broma. Lo mismo al dueño del bar de esta noche. Había algo inherente a su trabajo que provocaba la interrogación.


La señora Vanderbilt, por otro lado, participaba de una famosa anécdota, que citaban casi todos los libros de psicología escritos en los últimos años. En cierta ocasión había querido amenizar una cena con música de violín. Preguntó quién era el mejor violinista del mundo: ¿qué menos podía pagar, ella? Fritz Kreisler, le dijeron. Lo llamó por teléfono. No doy conciertos privados, dijo él: mis honorarios son demasiado altos. Eso no es problema, respondió la señora: ¿cuánto? Diez mil dólares. De acuerdo, lo espero esta noche. Pero hay un detalle más, señor Kreisler: usted cenará en la cocina con la servidumbre, y no deberá alternar con mis invitados. En ese caso, dijo él, mis honorarios son otros. Ningún problema; ¿cuánto? Dos mil dólares, respondió el violinista.


Los conductistas amaban ese cuento, y lo seguirían amando toda su vida, contándoselo incansablemente entre ellos y transcribiéndolo en sus libros y artículos… Pero la anécdota de él, de Cecil, ¿la amaría alguien, la contaría alguien? ¿No tenían que triunfar también las anécdotas, para que las repitiera alguien?

Ese verano fue invitado, junto con una legión de músicos, a participar en el festival de Newport, que dedicaría un par de jornadas, por la tarde, a presentar artistas nuevos. Cecil reflexionó: su música, esencialmente novedosa, resultaría un desafío en ese marco. Por primera vez se haría oír en un concierto, no en el desagradable ambiente distraído de los bares (aunque todos los grandes músicos de jazz habían triunfado en los bares). Pues bien, llegado el momento, su presentación tuvo lugar en un clima de la mayor frialdad. No hubo aplausos, y los pocos críticos presentes se retiraron al pasillo a fumar un cigarrillo a la espera del número siguiente. En unas pocas crónicas se lo mencionó, pero sólo como una extravagancia. «No es música», decían, lacónicos, los entendidos. Mientras que los demás se preguntaban si habría sido una broma. El cronista de Down Beat proponía la cuestión (bajo luz irónica, claro está) como una paradoja: si golpeamos al azar el teclado de un piano… En resumen, una reedición de la paradoja llamada «del cretense». La música, pensaba Cecil, no es paradojal, pero lo que me sucede a mí en cierta forma es una paradoja. Pero no hay paradojas del estilo, no puede haberlas. Eso es lo paradojal en mi caso.


En el curso de los meses que siguieron se presentó en una media docena de bares, siempre distintos ya que el resultado era idéntico en todos los casos, y hubo dos invitaciones: primero a una universidad, después a un ciclo de artistas de vanguardia en la Copper Union. En el primer caso Cecil fue con la esperanza fluctuante que resultó desperdiciada (la sala se vació a los pocos minutos de iniciada la actuación y el profesor que lo había invitado debió hacer un difícil malabarismo para justificarse, y lo odió desde entonces), pero al menos sirvió para que comprobara otro pequeño detalle. Un público selecto es un público esnob. El esnobismo es un secreto a voces que se calla. El público universitario no tenía motivos para «entender» la música; no digamos «apreciarla», porque eso no les concernía. Pero a su vez actuaba una presión (ellos mismos eran esa presión) para que sí la entendieran. La mentira encontraba su difícil atmósfera ideal, el malentendido podía quedarse a vivir para siempre en esas aulas. Un pequeño porcentaje de mentira, por pequeño que fuera, podía apuntalar la verdad indiscutible de lo real. ¿Quién nos asegura, al fin de cuentas, que realmente estamos vestidos en el sentido que importa, que los pantalones y las camisas y las corbatas no son obscenos? Pues bien, su actuación no produjo nada de eso. ¿Entonces el esnobismo no existía? Si era así, todo el edificio mental accesorio de Cecil se venía abajo. Ya no podría entender nunca al mundo.


En la Cooper Union la experiencia resultó menos gratificante todavía. Los músicos vanguardistas que presentaban sus obras junto a él estaban en la posición ideal de determinar qué era música y qué no, ya que ellos mismos se encontraban precisamente en el borde interno de la música, en su área de ampliación sistemática. Pero tampoco aquí la posición ideal dio lugar al juicio correcto. De la obra del jazzman negro sólo pudieron decir dos cosas: que por el momento no era música(es decir, que no lo sería nunca) y que se les ocurriría casualmente la pregunta de si no estarían ante una especie de broma.



Cecil abandonó uno de sus empleos habituales y con algo de dinero ahorrado pasó los meses de invierno estudiando y componiendo. En la primavera surgió un contrato por unos días, en un bar de Brooklin, donde se repitió lo de siempre, lo de aquella primera noche. Cuando volvía a su casa en el tren, el movimiento, el paso de las estaciones inmóviles produjo en él un estado propicio al pensamiento. Entonces advirtió que la lógica de todo el asunto era perfectamente clara, y se preguntó por qué no lo había visto antes: en efecto, en todas las historias con que Hollywood le había lavado el cerebro siempre hay un músico al que al principio no aprecian y al final sí. Ahí estaba el error: en el paso del fracaso al triunfo, como si fueran el punto A y el punto B que une una línea. En realidad el fracaso es infinito, porque es infinitamente divisible, cosa que no sucede con el éxito.

Supongamos, se decía Cecil en el vagón vacío a las tres de la mañana, que para llegar a ser reconocido deba actuar ante un público cuyo coeficiente de sensibilidad e inteligencia haya superado un umbral de X. Pues bien, si comienzo actuando, digamos, ante un público cuyo coeficiente sea de una centésima parte de X, después tendré que «pasar» por un público cuyo coeficiente sea de una quincuagésima parte de X, después por uno de una vigésima quinta parte de X… y así ad infinitum.


«De modo que mientras continúe la serie, siempre fracasaré, porque nunca tendré el público de la calidad mínima necesaria. ¡Es tan obvio!»

Seis meses después fue contratado para tocar en un tugurio al que asistían turistas franceses.

Se presentó poco antes de la medianoche. Sentado en el taburete, estiró las manos hacia las teclas, atacó con una serie de acordes… Unas risotadas sonaron sin énfasis. El mâitre le hacía señas de que bajara, con gesto alegre. ¿Habrían decidido ya que era una broma? No, estaban razonablemente disgustados. Subió de inmediato, para tapar el mal momento, un pianista negro de unos cuarenta años. A Cecil nadie le dirigió la palabra, pero de todas maneras esperó que le pagaran una parte de lo prometido (siempre lo hacían) y se quedó mirando y escuchando al pianista. Reconocía el estilo, algo de Monk, algo de Bud Powell. Lo emocionaba la música. Un pianista convencional, pensó, siempre estaba tratando con la música en su forma más general. Efectivamente, le dieron veinte dólares, con la condición de que nunca volviera a pedirles trabajo.



A Marco. Whisky & Jazz hasta las 4. Man.

Cecil Taylor (Live) North Sea Jazz Festival 2009-Rotterdam, Netherland

jueves, 14 de enero de 2010

Them Crooked Vultures / Them Crooked Vultures

Them Crooked Vultures - Them Crooked Vultures

Por Rob Sheffield

Señoras y señores, Them Crooked Vultures: ¡la segunda mejor banda en la que haya tocado John Paul Jones! Los muchachos de Led Zeppelin nunca tuvieron mucha presencia en la escena de las superbandas, a menos que seas la clase de fan acérrimo que todavía escucha esos viejos discos de los Honeydrippers o The Firm. Pero cuando a John Paul Jones le empezaron a picar las ganas de unas supersesiones de hardrock, no dio ninguna vuelta. Para Them Crooked Vultures, se juntó con Dave Grohl (Foo Fighters) y Josh Homme (Queens of the Stone Age), dos de los mejores discípulos de Zep. Si estos tres gorilas de 300 kilos quieren sacar como si nada un disco tan voluntariamente raro y chapucero como Them Crooked Vultures, ¿quién puede decirles que no lo hagan? Y si hacen una canción llamada "Elephants" en la que básicamente aplastan todos los riffs de Led Zeppelin II y los meten en siete vertiginosos minutos, ¿por qué no?

En Them Crooked Vultures, no es que los tres rockstars se sumerjan en las profundidades de Mordor, precisamente. El disco está más cerca del boogie guitarrero berreta que Homme y Grohl ponían fuerte en sus Camaros cuando garroneaban sus primeros puchos. Lo primero que se escucha es la rápidamente reconocible batería de Grohl martillando "No One Loves Me & Neither Do I", mientras Homme toca una guitarra desértica y Jones suma una línea de bajo tan burda como en "Out on the Tiles". Homme canta casi todas las voces principales del disco, pero no intenta definir ni dominar las canciones.

A veces la música suena igual a Zeppelin, como en "Reptiles", una astuta actualización de "South Bound Suarez". Otras veces suena como Queens of the Stone Age con un nuevo bajista muy grosso. Pero no se trata de algo desesperadamente ambicioso: el disco suena como un rapidito buena onda. Jones toca un par de solos de teclado en "Mind Eraser, No Chaser" y "Scumbag Blues", y aunque Homme no cante como Robert Plant (su registro alto suena más parecido a Jack Bruce de Cream) logra entregar muchos solos idénticos a los de Jimmy Page, sólo para demostrar que puede hacerlo.

A pesar de que Jones se ha pasado la mayor parte de las últimas tres décadas haciendo floridos arreglos de orquesta (el más fantástico es en Automatic for the People de R.E.M.), acá no se pone extravagante. Pone todo su mojo encarando hacia adelante, recordándonos que es el bajista que contribuyó a darle "Black Dog" al mundo. Pero recursos estilísticos al margen, acá agregan un poco de sabor. El genialmente titulado "Interlude With Ludes" es un temita psicodélico con un loop circense; "Warsaw or the First Breath You Take After You Give Up" es un fumado tributo de ocho minutos a los Doors. Y "Caligulove" es, bueno, una canción que se llama "Caligulove."

Homme y Grohl son dos manos expertas en esta clase de cosas, sólo hace falta ver sus excelentes homenajes a Zeppelin en Songs for the Deaf de los Queens. Pero acá parecen definitivamente inspirados por la presencia de Jones, y él los ayuda a mantener las cosas ligeras. Homme y Grohl le dan con todo, como fanáticos bendecidos por el espíritu, como si zapar con uno de sus héroes les hiciera sacar su lado más licencioso. Eso es lo que hace que Them Crooked Vultures sea divertido: es una ficción de fans con alma de rock clásico.

http://www.rollingstone.com.ar/nota.asp?nota_id=1220761


Them Crooked Vultures - Elephants (Live)

martes, 12 de enero de 2010

Led Zeppelin / Led Zeppelin

PRIMER ALBUM DE LA BANDA BRITANICA

41 años del lanzamiento de Led Zeppelin

12.01.2010 El 12 de enero del año 1969, hace ya 41 años era lanzado a la calle este álbum, el primero de una de las bandas mas importantes de rock: Led Zeppelin, marcando el comienzo de una trayectoria memorable dentro de la música.

Por Luis Devitta

El álbum lleva el nombre de la banda y fue grabado durante el mes de octubre del año anterior en la ciudad de Londres y la sesión duró tan solo 30 horas.

El grupo fue formado por el guitarrista Jimmy Page, quien provenía de la legendaria banda The Yardbirds, allí sustituía nada más y nada menos que a su amigo personal Eric Clapton. Cuando Page decide lanzar un nuevo proyecto es que recluta a Robert Plant en vocales, luego a John Bonham en batería y a John Paul Jones en bajo. Dicho proyecto fue nombrado en principio como The New Yardbirds y poco después fue cambiado a Led Zeppelin, tal como lo conocemos actualmente. Todo esto ocurría el año 1968.

En este disco debut, la banda hace una traducción muy personal del blues, agregando distintos ingredientes que reaccionarían entre sí dando como resultado una perfecta bomba de sonidos que llevaría el mismo nombre de la banda. Influenciados por la atmósfera de la época, incluyen la psicodelia y el rock n´ roll acompañando el blues de base. El folk, la música celta e india le agregan un sonido que va a ser distintivo en los posteriores discos de Led Zeppelin.

La obra está formada por nueve piezas, sólo dos de ellas no fueron compuestas por el grupo: "You shook me" y "I can´t quit you baby" (ambas pertenecen al célebre blusero Willie Dixon).Los dos temas fueron llevados por Led Zeppelin del blues tradicional americano y más básico a un blues poderoso y algo más complejo donde la psicodelia le da cierto toque místico.


El instrumental acústico "Black mountain side" con una duración de dos minutos y poco muestran la faceta más experimental que le trae aires orientales al disco. Con "Commmunication breakdown" se hace presente el rock más puro, inspiradora para muchos rockers posteriores.

El disco cierra con "How many more times", la canción más larga del disco y muestra un talento difícil de igualar en cada uno de los instrumentos. El rock acababa de dar un nuevo salto evolutivo a través de Led Zeppelin.

Los responsables fueron entonces: Jimmy Page (guitarra y segunda voz); John Paul Jones (bajo, teclados y segunda voz); John Bonham (batería, percusión, timbales y voces) y Robert Plant (voz y harmónica).

Este último no fue incluido en los créditos a pesar de haber participado en la composición de los temas, esto se debió a algunos problemas de contrato que interfirieron. Led Zeppelin es un álbum muy variado, de gran calidad aunque probablemente no sea el mejor de esta banda británica, sin embargo el Hard rock y Heavy metal le deben mucho a este disco. Muy recomendable…especialmente para escuchar durante la noche.

http://www.elacontecer.com.uy/6593-41-anos-del-lanzamiento-de-led-zeppelin.html

Led Zeppelin - Babe I'm Gonna Leave You-- Copenhaguen TV - 13 de Marzo de 1969, gira de su primer album.

lunes, 11 de enero de 2010

Jimi Hendrix / "Valleys of Neptune"

Se publican 12 canciones inéditas de Jimi Hendrix.

ABC.es MADRID
Actualizado Lunes , 11-01-10 a las 14 : 07
El monumental proyecto de catálogo de Jimi Hendrix comenzará a ver la luz el 8 de marzo con la publicación de «Valleys of Neptune», un nuevo álbum con 12 grabaciones de estudio. Este disco de colección contiene más de 60 minutos de música de Jimi Hendrix nunca publicada en un disco del genial artista, el «guitarrista más grande de todos los tiempos» según la revista «Rolling Stone».

Centrado alrededor de grabaciones realizadas en 1969 en un periodo de cuatro meses fundamental y turbulento, «Valleys of Neptune» presenta las sesiones finales realizadas en estudio por la Jimi Hendrix Experience original, con las primeras apariciones del bajista Billy Cox, un antiguo compañero del ejército que Hendrix había reclutado para su nueva banda.

«Valleys of Neptune» ofrece la posibilidad de acercarse y conocer de una manera esencial, necesaria y única la música desconocida de Jimi Hendrix entre la aparición del álbum «Electric Ladyland» en octubre de 1968 y la apertura de los Electric Lady Studios en Greenwich Village en 1970, donde el artista comenzaría su último proyecto: el ambicioso doble álbum «First Rays of the New Rising Sun».

El legado de Hendrix Janie Hendrix, presidenta de Experience Hendrix LLC, la compañía creada por la familia Hendrix para proteger y conservar el legado del artista, ha declarado: “Para mi hermano Jimi, el estudio era su casa. «Valleys of Neptune» ofrece una visión única de su maestría en los procesos de grabación y demuestra que era tan innovador en el estudio como con la guitarra.

Su sabiduría brilla en cada una de estas maravillosas canciones”. «Valleys of Neptune» ofrece música de Jimi Hendrix jamás publicada, grabaciones originales mezcladas especialmente para esta histórica edición por Eddie Kramer, el ingeniero de grabación del guitarrista, con el que trabajó por primera vez en el álbum «Are You Experienced?» en 1967.

El tema «Valleys of Neptune» ha sido durante mucho tiempo de los más buscados por los seguidores de Hendrix y los aficionados a la música. La canción se lanzará el 2 de febrero de 2010, casi 40 años después de que Jimi acabase de grabarla en mayo de 1970 en los estudios Record Plant de Nueva York. Además de esta canción, el álbum «Valleys of Neptune» incluye clásicos de Elmore James (Bleeding Heart) y Cream (Sunshine of Your Love), junto a las primeras grabaciones de las composiciones de Hendrix «Ships Passing Through The Night», «Lullaby For The Summer» y la grabación original de Jimi Hendrix Experience de «Hear My Train A Comin».

También incluye el tema Mr. Bad Luck, producido por Chas Chandler (bajista de The Animals y valedor, mánager y productor de Hendrix) durante las sesiones del álbum Axis: Bold as Love en 1967.

Paralelamente a esta edición se pondrá en marcha Experience Hendrix Tour 2010, la cuarta edición de la gira bienal en la que grandes de la música actual rinden homenaje a Jimi Hendrix. En esta gira, que comenzará el 4 de marzo en Santa Barbara (California) y finalizará el 27 de marzo en Atlanta (Georgia) después de 17 conciertos, actuarán artistas que han grabado y compuesto música inspirada por Jimi Hendrix, como Joe Satriani, Jonny Lang, Eric Johnson, Kenny Wayne Shepherd, Brad Whitford (de Aerosmith) o Living Colour, entre otros.

http://www.abc.es/20100111/cultura-musica/publican-canciones-ineditas-jimi-201001111406.html
Valleys of Neptune by Jimi Hendrix. Recorded at Olympia Studios 22 Feb. 1969?
The Jimi's New Album Coming out March 9th 2010
Jimi Hendrix - Valley Of Neptune (New Track)

viernes, 8 de enero de 2010

Rocky Marciano / The Brockton Blockbuster

Rocky Marciano, un boxeador de leyenda.

El sueño americano del campeón blanco de los pesos pesados.

15-nov-2009

Andrés Gómez-Quintero Moreno

La maravillosa y épica trayectoria del único púgil imbatido en la historia de los pesos pesados. Un luchador blanco en una categoría dominada por la raza negra.

Rocco Francis Marchegiano nació un 1 de septiembre de 1923 en Brockton, Massachussets, en el seno de una familia de emigrantes italianos de clase media baja. Su padre, Pascuale, trabajaba en una fábrica de zapatos. Marciano entró bastante tarde a la práctica del boxeo. De hecho, su interés inicial recaía en el mundo del béisbol, donde fue rechazado en dos pruebas para jugar de pitcher por la escasa velocidad que imprimía al lanzar la bola.

Inicia la práctica del boxeo a la edad de 23 años, cuando la mayoría de los boxeadores ya llevan años de carrera pugilística. La andadura de Rocky empieza, entonces, por mediación de su amigo Allie Colombo, quien persuadió a un manager de la ciudad de New York, Al Weill, para que fuese éste el encargado de llevar su carrera profesional.

Al acepta el encargo de dirigir la carrera profesional de Marciano después de escuchar el sabio consejo del veterano entrenador Charlie Goldman, forjado en su experiencia durante más de 300 combates, quien se da cuenta del potencial de Rocky observando el gran poder de pegada en las distancias cortas del púgil italoamericano.
Un boxeador heterodoxo, un pegador.

Rocky Marciano poseía un estilo de lucha poco ortodoxo, grandes deficiencias en su balance y equilibrio. Su estilo como boxeador era rudimentario y se basaba en perfilarse hacia la derecha para ir avanzando mediante golpes de su mano izquierda y poder acercarse lo suficiente para sacar en la distancia corta su demoledora e impactante derecha, capaz de noquear a sus adversarios con un solo golpe.

Sus principales cualidades eran tres. La primera su gran pegada: el mayor pegador de la historia posiblemente en relación a su peso 85-88kg. La segunda era aún mayor, la capacidad de encaje de los golpes, lo que le posibilitaba ganar combates habiendo recibido más impactos que sus adversarios. La tercera es la gran intensidad y ritmo de golpes que era capaz de imprimir en fases determinantes del combate. Propiciada por su fe inquebrantable y sus ansias de llegar a la victoria.
http://boxeo.suite101.net/article.cfm/rocky_marciano_un_boxeador_de_leyenda


jueves, 7 de enero de 2010

Syd Vicious / "No One is Innocent"

¿Mató Sid a Nancy?

Liam Allen
BBC


Al cumplirse el trigésimo aniversario de la muerte de Sid Vicious, se estrena en los cines londinenses el documental "¿Quién mató a Nancy?" del periodista y director Alan G. Parker, quien -según su creador- refuerza la hipótesis de que el bajista de Sex Pistols no mató a su novia Nancy Spungen en 1978.

El 2 de febrero de 1979, Vicious, de 21 años, fue encontrado muerto en un apartamento de Greenwich Village, en Nueva York, por su madre, Anne Beverley.

El músico falleció debido a una sobredosis de heroína después de una fiesta en la que celebró su libertad bajo fianza, lograda un día antes. El roquero punk enfrentaba un juicio por el asesinato de su novia en octubre del año anterior.

Tras su muerte, la policía cerró el caso del asesinato de Nancy Spungen.

Parker dijo que desde entonces el público asumió que Vicious, cuyo verdadero nombre era John Ritchie, mató a su novia.

En 1985, mientras Parker trabajaba como periodista especializado en rock punk, la madre de Vicious le pidió que probara la inocencia de su hijo.

"Para ser honesto, creo que esta cinta empezó a realizarse a partir del día en que murió la madre de Sid en 1996", expresó el director de 43 años.

Desde entonces, Parker dice que la petición de Anne Beverley se convirtió, para él, en "su último deseo".

Acusaciones

El cuerpo de Spungen, de 20 años, fue hallado el 12 de octubre de 1978 en una habitación del hotel Chelsea de Nueva York, donde había estado residiendo junto a Vicious. Vestida sólo con su ropa interior, había sido varias veces apuñalada en su abdomen.

Empleados del hotel dijeron que Vicious había llamado por teléfono para dar la alarma y luego corrió por la escalera diciendo: "Le pasó algo a mi chica".

Ese mismo día fue arrestado y acusado de asesinato.

Parker, quien ha escrito dos libros sobre el bajista de Sex Pistols, afirmó que no creyó que Vicious era inocente hasta 1999, cuando empezó a recopilar más versiones de lo sucedido aquel 12 de octubre.

El periodista agregó que la cantidad de gente con quien habló para su documental, incluyendo a aquellos que dicen haber estado en el hotel Chelsea y a los que aseguran que participaron de la fiesta de Vicious la noche en que murió, han confirmado su nueva postura de que el músico era inocente.

"Realmente, el peor título en el mundo para este filme es '¿Quién mató a Nancy?'. Se debió llamar '¿Quién no mató a Nancy? y he aquí 500 razones por qué", indicó el director.


"Inconsciente"

Parker expresó que su cinta explora un número de teorías que apoyan la noción de la inocencia de Vicious.

Una señala que el músico habría tomado 30 analgésicos y estaba "inconciente" por más de siete horas, incluyendo el tiempo en que Spungen fue asesinada, lapso en el que además se perdieron US$24.000.

También se asegura que sólo cuatro de sus huellas digitales fueron halladas por la policía en la habitación del hotel, a pesar de que la pareja había estado viviendo allí por semanas.

Entonces, ¿quién mató a Nancy Spungen?

Parker afirmó que los testimonios recogidos en su cinta sugieren que el asesino fue alguien llamado Michael. "No sabemos su apellido, sólo sabemos que andaba en el medio", dijo el director y agregó:

"Estaba exhibiendo mucho dinero, y se jactaba de que había robado en la habitación y que Sid estaba ahí y que Nancy estaba muerta y todo eso. Gente también lo vio en la noche, y tenemos declaraciones de testigos".

"Fue visto en la habitación, fuera de la habitación, en otro piso del Chelsea, jactándose de haber reunido todo ese dinero, que mostró envuelto en el lazo de pelo de Nancy", señaló Parker.

La motivación inicial para el filme, la petición de Anne Beverley para que Parker limpiara el nombre de su hijo, inevitablemente atraerá acusaciones de que la cinta está básicamente orientada a cumplir el deseo de la madre del músico.

"Para ser honesto, puedo entender que cualquier persona lo vea así, pero no quiero ir por ese camino por la simple razón de que no tiene sentido hacer el documental si tengo esa intención", dijo Parker.

El director admitió que es un gran fanático de Pistols, "pero no soy tan fanático como para querer modificar la historia", añadió.

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/misc/newsid_7865000/7865864.stm

Who Killed Nancy (Trailer)- Sid & Nancy by Alan G. Parker

miércoles, 6 de enero de 2010

Billy Cobham / Master Drummer

Billy Cobham, el presente de una leyenda del Jazz.

Abril de 2009 / Página12

Por Diego Fischerman

Había tocado con Miles Davis y fue parte de la mítica primera formación de la Mahavishnu Orchestra, junto a John McLaughlin y Jan Hammer. Pero si algo puede dar una pista de hasta qué punto la figura del baterista Billy Cobham revolucionó el ambiente musical a comienzo de los ’70 bastaría con notar quiénes fueron los dos guitarristas que participaron, en 1973, de su debut discográfico solista, el ahora legendario Spectrum: John Scofield, que muy poco después se convertiría en una de las grandes estrellas de su instrumento, y Tommy Bolin, que de allí iría directamente a Deep Purple y a una muerte temprana, cuando tenía apenas 25 años.

Con un estilo explosivo y una técnica deslumbrante, Cobham, un panameño criado en Nueva York, cambió el papel de la batería en el balance de fuerzas de un grupo de jazz, o de jazz rock, como comenzaría esa nueva música de la que fue uno de los artífices principales. Treinta años después y tan activo como entonces, el baterista llegará a Buenos Aires para tocar junto a su grupo el próximo miércoles en el Teatro Gran Rex.
En un show que contará como invitado al quinteto del trompetista argentino Mariano Loiácono (del que forman parte Ramiro Flores, Hernan Jacinto, Pablo Motta y Oscar Giunta), Cobham estará al frente de un grupo integrado por Jean-Marie Ecay en guitarra, Fifi Chayeb en bajo, Christophe Cravero en teclados y violín y Marco Lobo en percusión. “En los ’70 la batería se convirtió en un vehículo poderoso al cual las bandas aprendieron a seguir”, dice en una charla mantenida con Página/12 antes de comenzar la gira que lo llevará también a Brasil, Chile y Uruguay y que inaugura la temporada de este año de Contemporánea, que más adelante traerá al guitarrista Kurt Rosenwinkel, Brad Mehldau (a cinco años de su última actuación en Buenos Aires y por vez primera haciendo un concierto de piano solista), la cantante y compositora africana Angelique Kidjo, Wayne Shorter, Chano Dominguez y The Yellow Jackets con Mike Stern. “Quizá la batería no fuera vista como la fuerza dominante por parte del público –completa Cobham–, pero, en algunas circunstancias, ese elemento de liderazgo ya había aparecido y era evidente en los trabajos de músicos como Louis Bellson, Buddy Rich o Tony Williams.”

–¿Qué antecedentes reconoce en su manera de concebir el trabajo percusivo?
–Mis raíces afrolatinas tienen un papel central en mi estilo. Cada cosa que uno experimenta en la vida se refleja en la música que crea.

–Si los ’70, cuando su nombre surgió en el mundo del jazz, pueden ser vistos como una época revolucionaria, ¿cómo definiría este momento, para la música en general y para usted como músico?
–La música es el reflejo sonoro de la vida, en tiempo real. Todo aquello que la música deja traslucir, todo lo que allí se documenta, tiene que ver con su época. Tal vez la revolución no esté tan en la superficie en este momento como hace años, pero eso no quiere decir que no haya revoluciones. Y los artistas, además, siempre estamos queriendo cambiar y, por lo tanto, a la puerta de alguna revolución.

–En estos días ha reaparecido una nueva versión de “Return To Forever”. ¿Piensa que hay, en la actualidad, un renacimiento o una revalorización de ese sonido?
–Mi impresión es que se trata de algo un poco artificial, pensado más para satisfacer nuevamente a los seguidores de aquella música que por una necesidad creativa personal. Por supuesto, Chick Corea tiene todo el derecho de hacerlo y de revisitar su plataforma musical, pero no creo que vaya a tener el mismo efecto que el original.


–¿Cuáles fueron, para usted, los discos y los músicos más influyentes? Si tuviera que hacer una lista con los que más placer le da escuchar, con los que más le gustan, ¿serían los mismos?
–Hay cantidades. Y en mi caso la lista tiene que ver con los que más placer me dieron y me siguen dando. Creo que, además, se trata de discos objetivamente influyentes: A Love Supreme de John Coltrane, The New Tango de Astor Piazzolla con Gary Burton, ESP de Miles Davis, Wave de Tom Jobim, Speak Like a Child de Herbie Hancock, First Circle de Pat Metheny, el Concierto para orquesta y El Mandarín maravilloso, de Bela Bartok, El pájaro de fuego, de Igor Stravinsky, A Night In Tunisia, de Art Blakey, John Coltrane meets Johnny Hartman, Atomic Basie, de Count Basie.
–¿Nota en los músicos más jóvenes un espíritu similar al que tenían usted y sus contemporáneos en el momento en que comenzaron a tocar? Tanto si la respuesta es afirmativa como en caso contrario, ¿a qué lo atribuye?
–En realidad no recuerdo otra cosa que las ganas de tocar. Y supongo que las ganas son las mismas. Toco con gente joven y ellos tienen tantos deseos como yo de hacer música que suene nueva y sorprendente. Creo que si uno se sorprende puede hacerlo con los demás. Tal vez haya menos movimiento que hace treinta años, pero dudo que haya menos creatividad. Es posible que, simplemente, el estilo de comunicar sea otro. Hoy, mediante Internet, todos están en contacto con todos. No son necesarias las grandes concentraciones de gente ni los festivales multitudinarios.

http://www.desdeabajo.info/index.php/actualidad/internacional/4210--entrevista-al-baterista-billy-cobham-el-presente-de-una-leyenda-del-jazz.html

martes, 5 de enero de 2010

El Gitano Sandro / Fuego de América

El muchacho de Alsina que quería ser Elvis

De jopo y patillas, se lanzó haciendo covers en castellano de éxitos en inglés.

Martes 5 de enero de 2010

"Gracias al rock dejé las calles, las navajas y las cadenas, y agarré una guitarra. Dejé la campera de cuero y las pandillas. El rock me salvó. Me salvó quizá de que fuera un delincuente." (Sandro)

Jopo a lo Elvis y chaqueta de cuero eran parte de la estética de un Sandro que estaba fascinado con el sonido beat de Inglaterra y el rocanrol de los 50. Ya había cantado boleros, tangos y valses peruanos cuando, con unos muchachos de Avellaneda, formó Los de Fuego. Originalmente integrado por Miguel "Lito" Sánchez, Carlos Ojeda, Héctor Centurión y él, Roberto Sánchez, comenzaron tocando en fiestas privadas hasta el debut oficial, el 6 de mayo de 1962, en el salón La Polinesia de Valentín Alsina.

Influenciados por Billy Caffaro y los Teen Tops mexicanos, el grupo comenzó a hacerse notar cuando Roberto Sánchez, encargado de la guitarra y de los coros, pasó al frente como Sandro. Los de Fuego comenzaron haciendo covers de buena calidad de los clásicos del rock anglosajón, pero en español: The Beatles, Elvis, los Rolling Stones, Jerry Lee Lewis, Paul Anka y The Animals.

El carisma de Sandro convenció a las autoridades del sello CBS para grabar dos simples como solista. En 1964, ya con Los de Fuego, grabó una versión en español de "Hay mucha agitación", de Jerry Lee Lewis en el EP Al calor de Sandro y Los de Fuego, junto con "Las noches largas", "Twist de Mamá Gansa" y "Viajero solitario". A mediados de ese año, "Pipo" Mancera los invitó a Sábados circulares.

La explosión fue inmediata. La sonoridad rockera del combo y el histrionismo incendiario de Sandro, sus expresiones de éxtasis y sus movimientos pélvicos causaron sensación y polémica. Hubo un intento de censura, pero Mancera amenazó con renunciar, y Sandro y Los de Fuego volvieron a encender la pantalla de Sábados circulares. 1965 es el año de la consagración. Sandro y Los de Fuego grabaron su primer LP, con versiones de Los Beatles ("Te conseguiré", "Anochecer de un día agitado"), Jerry Lee Lewis ("Hay mucha agitación"), Buddy Holly ("Peggy, Peggy"), Elvis ("En mi mente"), al que siguió Al calor de Sandro y Los de Fuego. Pero ese mismo año, llegó la disolución de Los de Fuego.

Al comenzar 1966, Sandro lanzó El sorprendente mundo de Sandro, que incluye temas interpretados con distintas bandas: Los de Fuego en las últimas grabaciones; los Black Combo (bautizada así en honor al bajista de Presley e integrada por reconocidos músicos de jazz) y con la orquesta de Oscar Cardozo Ocampo. En su cuarto álbum, Alma y fuego, comienza a orientar su música hacia ritmos más latinos y baladas románticas. A mediados de 1967, lanzó su último álbum de la etapa rockera, Beat latino. Cambió la chaqueta de cuero por el esmoquin y la corbata, y los jeans, por los pantalones acampanados.

Conservó, sí, el pelo largo, las patillas y los movimientos a lo Elvis y seguía frecuentando La Cueva de la calle Pueyrredón, donde se cruzaba e intercambiaba con músicos del incipiente rock nacional.

Con el paso del tiempo, esos guiños al rock nacional se hicieron presentes una y otra vez. Primero cuando invitó a cantar a Pappo en su programa de televisión, a fines de los 80. Y, más tarde, en los años noventa, hasta se dio el gusto de cantar con Charly García para una serie de presentaciones en Mar del Plata.

El tributo rockero llegaría en 2000 con el disco en el que participaron Divididos, Los Caballeros de la Quema, Los Visitantes, León Gieco, Bersuit, Los Fabulosos Cadillacs y hasta Molotov. Esa mirada retro al repertorio de Sandro se consolidó con el relanzamiento de los cinco discos rockeros del muchacho de Valentín Alsina: Sandro y Los de Fuego; Al calor de Sandro y Los de Fuego; Alma y fuego; Presentando a Sandro, y Beat latino.

Cinco momentos

Los de Fuego. Con ellos registró una versión en castellano del famoso "Hay mucha agitación" (Whole Lotta Shakin? Goin? On), de Jerry Lee Lewis.

Cambio de estética. A fines de 1966, salió su cuarto álbum Alma y fuego, en el que ya comienza a notarse un cambio de orientación musical hacia ritmos más latinos.

La Cueva. Lugar que Sandro frecuentó y donde se gestó una parte esencial del rock argentino.

Tango 4. En 1991, participó en el disco de Charly García y Pedro Aznar.

Tributos. Los homenajes rockeros llegaron a partir de 2000. En uno de ellos, participaron Divididos, Caballeros de la Quema, Visitantes, León Gieco, Bersuit Vergarabat y Los Fabulosos Cadillacs.

Gabriel Plaza
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1218510
Tango 4 - Garcia - Aznar - Sandro - Rompan todo - (1991)

lunes, 4 de enero de 2010

Soundgarden/ Vuelve el Grunge de Seattle

Confirmada la reunión de Soundgarden

Saturday, 02 January 2010 12:23
Chris Peterson-Fernández

Chris Cornell ha anunciado ayer día 1 de enero de 2010 a través de un mensaje en MySpace la reunión de Soundgarden. El breve mensaje decía "El descanso de doce años ha terminado y la escuela está de vuelta. Los caballeros de la mesa sónica cabalgan de nuevo". Del texto no se pueden inferir cuáles son los planes de la banda, aunque suponemos que aparte del disco de rarezas que se anunció hace algunos meses, Soundgarden realizarán una gira de reunión. De momento se ha lanzado una página web que informará sobre la actualidad del grupo: http://www.soundgardenworld.com/.

Los rumores sobre una posible reunión de Soundgarden comenzaron en marzo de 2009, cuando en un concierto de Tom Morello en Seattle todos los miembros de SOundgarden salvo Cornell (Kim Thayil, Ben Sheperd y Matt Cameron) interpretaron junto al cantante de Tad tres canciones de la banda. Posteriormente el propio Cornell comentó que le habría encantado estar presente, pero que aunque todo era posible, nadia había hablado de una reunión como tal. Otras fuentes sin embargo habían filtrado que el equipo de la banda se encontraba ya trabajando para la reunión que se celebraría durante este año 2010, lo que parece confirmarse ahora cuando en los primeros minutos del nuevo año se ha hecho pública la noticia.

Soundgarden - Badmotorfinger - Face Polution

domingo, 3 de enero de 2010

Page,Edge & White / It Might Get Loud


Domingo, 3 de enero de 2010

CINE › JIMMY PAGE BRILLA EN EL DOCUMENTAL IT MIGHT GET LOUD, JUNTO A THE EDGE Y JACK WHITE

La cumbre de la guitarra eléctrica

El ex guitarrista de Led Zeppelin retorna al candelero con el film dirigido por Davis Guggenheim, que aquí se vio en el último In-Edit, y ya se habla de una gira solista para el año próximo. Pero de nuevo disco, por ahora, no hay noticias.

Por James McNair *

El Gibson Guitar Studio del West End londinense es, naturalmente, una cueva de Aladino de instrumentos musicales. Hoy, sin embargo, un ocupante eminente de su lounge de artistas está discutiendo la guitarra virtual. “Cuando salió el videogame Guitar Hero pude ver que sería bueno para papá y los chicos en Navidad”, dice Jimmy Page. “Pero en términos de la relación con tocar de verdad la guitarra, tiene más que ver con jugar al pinball. Cuando los de Guitar Hero estaban intentando que Led Zeppelin se involucrara, querían los multitracks de nuestras grabaciones originales. Entonces les dije: ‘Está muy bien divertirse un poco, pero no sean tontos’.” Aunque Page va a cumplir 66 el 9 de enero, todavía tiene estilo. Un pañuelo acicalado al cuello hace resaltar su elegante campera de cuero negra y su cabello se ve apropiadamente distinguido desde que abandonó la tintura para hombres. A su derecha está Davis Guggenheim, el director de It Might Get Loud, un nuevo documental en el que aparecen Page, The Edge (U2) y Jack White (The White Stripes), que en Buenos Aires se vio en la última edición del festival In-Edit. “Podría decirse que nuestra película es la antítesis del Guitar Hero”, dice Guggenheim, cuyo currículum también incluye una biopic de Barack Obama. “Cada uno de nuestros tres guitarristas tiene una voz brillantemente individual, pero en Guitar Hero uno debe replicar una parte ya existente. ¿Cuán aburrido es eso?”

Más allá de la interpretación de “Whole Lotta Love” con Leona Lewis en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing –y por ser el encargado de la inducción de Jeff Beck, su viejo compañero de los Yardbirds, al Salón de la Fama del Rock and Roll en abril pasado–, It Might Let Loud pone a Page en el candelero por primera vez desde el show de reunión de Led Zeppelin en el O2 Arena de Londres, en diciembre de 2007. El film fue rodado principalmente en la capital inglesa, Dublín y Franklin (Tennessee), y puede ser visto como una biopic tripartita de Page, The Edge y White. La vuelta de tuerca es el desenlace de la película. Incluye una “cumbre de la guitarra”, al principio tentativa pero finalmente juguetona, con los tres intérpretes intercambiando riffs y opiniones. “Toda la gente del negocio me dijo ‘Jimmy no va a hacerlo, ni siquiera lo intentes”, recuerda Guggenheim. “Pero realmente queríamos a Jimmy, así que sí lo intentamos, y su gente me invitó a discutir mis ideas.” Page dice que fue el esquema “tangible aunque abstracto” de Guggenheim lo que lo atrajo, y hace notar que el enfoque “de arreglárselas por las suyas” del director involucró capturar sus expresiones y las de sus compañeros mientras subían al escenario para la cumbre. “A Edge lo había conocido brevemente en el O2, y a Jack y a mí nos habían entrevistado juntos sobre viejos músicos de blues para una revista”, agrega el guitarrista con voz suave. “Igual estaba un poco nervioso por la cámara.”



Nacido en Heston, Middlesex, en 1944, James Patrick Page es el héroe de la guitarra de los héroes de la guitarra. Su estilo y su enorme pila de riffs inolvidables son una influencia clave en incontables grandes, desde Eddie Van Halen hasta Slash. Incluso las más leves búsquedas en YouTube entregan material de Page tocando skiffle y siendo entrevistado en el Huw Wheldon Show en 1957, cuando tenía 13 años. Allí, la pregunta “¿qué querés hacer cuando dejes la escuela?”, recibe la entonces totalmente inocente respuesta de “investigación biológica”, hoy cargado de una cierta ironía dadas sus aventuras (muy) posteriores con groupies en la época de Led Zeppelin. Antes de formar la banda junto a Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham en 1968, Page ya había salido de gira por Estados Unidos con The Yardbirds, la banda innovadora de la British Invasion que también hizo despegar las carreras de Eric Clapton y Jeff Beck. Pero todavía antes de eso, Page ya había tenido una ocupada carrera como sesionista, en la que su versátil trabajo guitarrístico había formado parte de discos tan emblemáticos como el debut epónimo de The Kinks y el “tema Bond” cantado por Shirley Ba-ssey para Goldfinger. Pero fue Led Zeppelin –el coloso autor de “Escalera al cielo”, que podía tocar cualquier cosa mejor que casi cualquiera, según Keith Moon– quien ganó el corazón de Page. Y eso, para bien y para mal, ha continuado hasta el presente.

Dado que Page fundó la banda y produjo los nueve álbumes de estudio de Led Zeppelin, su status de “el que mantiene encendida la llama” es comprensible. La incidencia de sus igualmente dotados compañeros de banda fue crucial, pero podría decirse que la imaginación de Page, primariamente, fue la que impulsó su carrera estelar, aunque finalmente tirante. La adicción a la heroína de Page en los tiempos de Presence (1976) dejó huella (aunque no en la fantástica música del álbum), pero él finalmente la venció. Mucho más complicada, personal y profesionalmente, fue la repentina muerte de John Bonham en 1980, que atomizó a Led Zeppelin hasta esa reunión única en el O2 en 2007, en la que su hijo Jason tocó la batería. Después de ese show, Page tenía la esperanza de una gira subsiguiente de Led Zeppelin, pero el compromiso de Plant para el concierto del O2 había sido largamente basado en ser un único tributo al fallecido Ahmet Ertegun, el presidente de Atlantic Records que también era un amigo cercano de la banda. Plant también tenía en sus manos un álbum exitoso –y más tarde ganador de Grammys– a dúo con Alison Krauss.


Puede que el bajista John Paul Jones tuviera mucho más apetito por una gira de Led Zeppelin, pero desde entonces ha sido revigorizado por Them Crooked Vultures, el supergrupo de Top 20 que los incluye a él, a Dave Grohl (Foo Fighters) y a Josh Homme (Queens of the Stone Age). Así que, ¿dónde deja todo esto a Page? ¿Tiene él nueva música en camino o se ha resignado a recolectar estatuillas en las ceremonias de premiación que insistentemente honran a Zeppelin? “Es desafortunado que cualquier cosa que quiera emprender se ligue a lo que sea que Robert Plant y John Paul Jones estén haciendo”, dice Page, un tanto malhumoradamente. “Tengo intenciones de hacer música el año próximo y tengo mucha música nueva para presentar, ¿okey? Lo único para decir es que debería haberlo empezado hace un año. Así que vengo con un atraso de un año en lo que vengo haciendo. ¿No está tan mal, no es cierto? Algunos aspectos de este negocio pueden ponerse demasiado complicados, pero me las he arreglado para hacer mi camino entre todo eso y ver el modo de llevarme bien con eso, gracias a dios.”


It Might Get Loud incluye un promisorio instrumental nuevo de Page llamado “Embryo 2”. También ha habido reportes online acerca de una gira solista del violero y una fecha en el concierto inaugural del Show of Peace en Beijing (hay planes para televisarlo y se esperan 100 mil espectadores) ya ha sido confirmada para el 17 de abril. De todos modos, lo que quieren los fans es un álbum de material nuevo, algún destello avanzado de la brillante mente musical que alguna vez apiló capa sobre capa de guitarras imaginativamente orquestadas durante el curso de una tarde. Ya pasaron diez años desde el último disco de Page, Live at the Greek by Jimmy Page and The Black Crowes, y, con todo lo bueno que era, ostensiblemente se trataba de un concierto con lo mejor de Led Zeppelin. La disposición de los Crowes a ponerles naftalina a sus propias canciones y emprender Live at the Greek fue otra medida de la alta estima en la que se tiene a Page y a Led Zeppelin. Al ver It Might Get Loud está claro que Jack White y The Edge también ven a Page como El Capo. Es interesante, sin embargo, que en lugar de sentirse más confiado a partir de esto, Page parece sentir el peso opresivo de las expectativas. “Cuando empecé la jam session con ‘Whole Lotta Love’, lo hice por una especie de energía nerviosa”, dice. “Fue muy espontáneo y no hubo escotillas de escape.”


En agosto de 2009, uno de los héroes guitarrísticos de Page, Les Paul, murió a los 94 años. “Les te llenaba de regocijo cuando te lo encontrabas”, dice el guitarrista acerca de la leyenda criada en Waukesha, Wisconsin. “El tenía un carisma y un encanto maravillosos, y si no fuera por su intervención, la ciencia de la grabación de audio simplemente no estaría en el nivel en que está hoy.” Aunque Page es uno de una legión de guitarristas en elegir la guitarra eléctrica Gibson inventada por Les Paul, incluso más allá de eso, es fácil ver por qué él se llevaba bien con el hombre nacido como Lester William Polsfuss. Como Page lo hizo después, Les Paul era un maestro de las partes de guitarra en capas y sus innovaciones en el campo de la grabación en tracks múltiples y procesamiento de efectos les dieron a tipos como Page y Jimi Hendrix la posibilidad de tomar el testigo y correr.

La escena más conmovedora del documental de Guggenheim es una en la que Page regresa, casi seguramente por última vez, a Headley Grange en Hampshire, el edificio del siglo XVIII en el que Led Zeppelin escribió y grabó “Escalera al cielo”. Conseguir acceso fue un golpe maestro, ya que los actuales dueños de la casa están comprensiblemente cautelosos con la clase de fans de Zeppelin ciegamente fervientes que, en 2007, se robaron una puerta delantera instalada años después de la última vez que estuvo la banda. Vagar por los sagrados pasillos de Headley y tocar la parte de mandolina de “The Battle of Evermore” parece abrir algo dentro de Page y él habla en voz alta sobre el momento en el que se pondrá demasiado débil como para levantar una guitarra. “Uno simplemente intenta mantener muy, muy lejano ese día, fuera de la vista”, dice tranquilamente.

The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/5-16534-2010-01-03.html

It Might Get Loud - A Davis Guggenheim Film

sábado, 2 de enero de 2010

Jamboree 50 Anys & Tete Montoliú


50° ANIVERSARIO DE UN LOCAL EMBLEMÁTICO DE BARCELONA

Las bodas de oro del Jamboree

El mítico club de jazz de la plaza Reial, en el que han actuado leyendas como Bill Coleman, Lou Bennett, Chet Baker, Elvin Jones y Tete Montoliu, celebra medio siglo de música en directo

Por IMMA FERNÁNDEZ (BARCELONA )

A sus puertas se han apostado a lo largo de los años camellos, drogadictos, indigentes, chorizos, prostitutas... La variada fauna de la plaza Reial dando la nota. Y aun así, el Jamboree sigue hoy, medio siglo después de su inauguración oficial, un 9 de enero de 1960, como pilar y templo del jazz en Barcelona. Fue un quinteto liderado por Tete Montoliu quien descorchó esta cava que en su primera década acogió a leyendas del género como Bill Coleman, Lou Bennett, Chet Baker, Elvin Jones, Dexter Gordon...

«Es un club con alma; a los músicos les encanta tocar aquí porque dicen que sienten que entre estas paredes han pasado muchas cosas», sostiene Pierre Bechet, su director artístico. Pasaron cosas como que a Ava Gardner unos marines le robaron su chaqueta de armiño, que luego recuperó la policía. Así lo cuenta Ángel Gómez, el primer director del local, que abrió de la mano del empresario Joan Rosselló.

Gómez fue testigo de muchas noches de trompetas y saxos desenfrenados, entre copas y cigarrillos: «Venían muchos artistas e intelectuales: Dalí, Miró, Bofill, Serrat, Sagarra... Fue un precedente de la gauche divine, un local abierto, de libertad, en unos años muy duros y represivos». También los de la secreta descendían a las entrañas de la sala para seguir las actuaciones acodados en la barra. «No pagaban entrada y tenían las copas más baratas», revela Gómez, que lamenta el deterioro que ha sufrido el entorno. «En aquella época salíamos de madrugada tranquilamente, pero hoy el barrio es muy complicado».

Concebido a imagen y semejanza de las cavas parisinas, el Jamboree, cuyo término, según
Gómez, remite a fiesta, reunión, en argot de EEUU, hizo honor a su nombre hasta su cierre, en 1970. «Los músicos extranjeros se quedaban semanas seducidos por el sol, la vida barata y el cachondeo», recuerda. El organista de Filadelfia Lou Bennett –que llegó en su luna de miel, con su mujer, Sonia– fue uno de los más asiduos. También un joven Josep Maria Farràs y otras futuras figuras del jazz local acudían a escuchar a sus ídolos. «Bajábamos desde Terrassa cinco metidos en una Isetta y allí estaban Tete, Bennett, Chet Baker... Entonces el público era más minoritario pero más entendido». Para la mayoría, dice, el «jazz era una música de demonios». De antro, humos y alcohol. «‘Ya os vais con los amigos quinquis’, nos decían».

Tras la década prodigiosa llegó el cierre y hubo que esperar más de 20 años para que, tras un par de reaperturas fugaces, el grupo Mas i Mas tomase el timón en 1993. «Al hacer las obras para recuperar la sala, tuvimos que desalojar a los indigentes que dormían allí», rebobina Joan Mas. Desde entonces, nombres extranjeros como Christian Scott, Brad Mehldau, Roy Haynes, Kenny Garrett, y de casa, como Perico Sambeat, Llibert Fortuny y Chano Domínguez, entre otros muchos, han alargado la leyenda del Jamboree. «Según encuestas realizadas, el público de esta sala es el más variado de edad: viene gente mayor, los de siempre, y cada vez más jóvenes. Además, es el público con más títulos universitarios», cuenta Mas, que vaticina a su sala y al género un gran porvenir. «El jazz es un lenguaje universal; aunque sea minoritario es el único idioma que se entiende en todo el mundo. Los discos de Bisbal no se venden en Japón o en África; no los entienden. Los de Tete Montoliu se compran desde Tokio hasta el Líbano».

http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=674859&idseccio_PK=1013&h=



Tete Montoliú


(Barcelona, 28 de marzo de 1933 - Barcelona, 24 de agosto de 1997)


Tete Montoliú fue un músico catalán, pianista y compositor de jazz, el primero que trascendió las fronteras de España y alcanzó el nivel internacional. Ciego de nacimiento, comenzo a tocar piano desde niño, llegando a tocar con numerosos artistas de la talla de Chick Corea, Paquito D'Rivera, Elvin Jones, John Coltrane, Dexter Gordon, Ben Webster, Stan Getz, Stéphane Grappelli o Chet Baker.

A continuación una entrevista a Tete realizada por Paco Montes hace 33 años, más precisamente un 2 de enero como hoy, pero de 1977, vaya este pequeño homenaje a Tete y a todos los grandes músicos como el que han tocado jazz más de una noche, en el mítico Jamboree. (Man)



Tete Montoliú: "Vamos ganando en aficionados, pero no en músicos"

PACO MONTES 02/01/1977

Tete Montoliú ha vuelto a Madrid para estar con nosotros una larga temporada, con la única interrupción de estas fiestas que va a aprovechar para volver al Barcelona y realizar una gira por Cataluña con el saxofonista Joe Henderson. Tete, uno de los máximos exponentes europeos en el arte de tocar siempre bien, nació en Barcelona el 28 de marzo de 1933 y es ciego de nacimiento. Su afición al jazz se la inculcó su madre y germinó en él durante sus estudios de piano en el Conservatorio de Barcelona, durante los cuales empezó ya a demostrar sus extraordinarias cualidades: a los diez años de edad ganó un concurso de interpretación. Gran nadador, simpatizante del Barca, abuelo, ha trasladado su residencia desde Barcelona hasta Arnhem (en Holanda), y ahora en Madrid, hemos sostenido con él una breve charla.-Tete, ¿cuáles han sido las últimas actividades?

-... He participado en los festivales de jazz que organiza la Radiotelevisión de Laaren, y en los de Antíbes, Béziers y Grenoble de este año. He actuado en todos los Clubs de jazz de Holanda, como el Haarlen Jazz Club y el Paradiso, de Amgterdam; en el Taegkeagets, de Aarhus (cerca de Malmöe), y en general en casi todos los de Europa. Por lo que respecta a discos, he grabado para la casa Steeple-Chase, Catalanian Fire, Tête a Tête, Music for Corinne y Pietsie.

-¿Cómo está el jazz en España?-...


Lo veo mal; aunque está bastante mejor desde el punto de vista de los aficionados, en el sentido de que parece que van aumentando; en cuanto a músicos está muy mal.

-De todas sus grabaciones, cuál es la preferida?


-… Citaré la versión que he hecho del tema What's New que grabé el 15 de febrero de 1976 y que pertenece al álbum Tête a Tête. Cuando la escuché, no pude contener las lágrimas, porque creo que este tema es mi testamento musical...

-¿Quiénes son los mejores músicos que le han acompañado?


-... Mi trío rítmico actual, el que me acompaña en Europa, es decir, el contrabajo danés Nils Henning-Oersted Pédersen y el batería norteamericano Albert «Tootie» Heath, Pero no puedo olvidar la vez que me acompañó Marx Roach, porque fue algo extraordinario...

-¿Y qué músicos, a los que ha acompañado, le han impresionado más?


-... Sobre todo el trompeta Kenny Dorham, el trombonista Slide Hampton y los saxofonistas Benny Golson y Dexter Gordon; por cierto, con este último he tocado recientemente, y lo está haciendo ahora mejor que nunca...

- Finalmente, Tete, ¿cuáles son sus proyectos para 1977?


-... Tengo prevista una gira por el Japón con el trío que antes cité y otra, de dos meses de duración por Estados Unidos, junto a Dexter Gordon...


Esta fue la pequeña conversación con nuestro hombre en Europa, por lo que al jazz se refiere, Un hombre que, a partir del 18 de enero, estará otra vez en Madrid con su humor ácido, su sorprendente humanidad y su nueva alegría de vivir: Tete Montoliú, o el arte de tocar siempre bien.

http://www.elpais.com/diario/

Catalan pianist Tete Montoliu plays his own compositions Blues For Núria recorded at home in Barcelona.

viernes, 1 de enero de 2010

John Barry / Reeditan "Americans"

Un John Barry sin película.

La colección 'Écoutez le cinéma' reedita 'Americans', el disco conceptual del popular compositor británico de la saga Bond .

08.12.2009

La vocación cinéfila de John Barry (1933) se curtió en los cines de su padre en el condado de York. A su cultura cinematográfica, Barry añadiría una educación clásica que pronto se vería sacudida con el descubrimiento del jazz: "Tuve que admitir", reconoce en las notas de este cd, "que se trataba de otra forma de expresión y que era estúpido establecer una jerarquía entre el jazz y el repertorio clásico".

El resto es historia: The John Barry Seven, las listas de éxitos, las películas de Bond, los Oscar (Born free, El león en invierno, África mía, Danza con lobos). Gracias al cine, Barry fue capaz de crear una síntesis entre las diferentes culturas musicales en las que se había educado. En apenas unos años, una serie de éxitos de taquilla lo catapultaron al estrellato de los compositores jóvenes y modernos. Millones de aficionados descubrieron el singular esplendor de sus composiciones: un universo armónico muy poco convencional repleto de sorpresas, melodías pegadizas y un reconocible gusto por timbres y orquestaciones inusuales. Entre el cine comercial y el cine de autor, Barry se convertía en un compositor sofisticado cuyos trabajos más populares hacían poco por esconder una secreta faceta introspectiva y melancólica.

En 1975 Barry tenía 42 años. Estaba viviendo en Mallorca cuando aceptó una oferta para ir a Los Ángeles. Barry aprovechó su visita para componer un LP muy original, con música "vista" exclusivamente a través de sus propios ojos. Tras un 1974 particularmente ocupado (el musical Billy, los filmes The Dove, The Tamarind Seed y The man with the golden gun), Barry afrontaba un proyecto totalmente diferente: Americans surge como una impresión personal sobre las imágenes y los sonidos de Estados Unidos, la visión de un británico sobre el país cuyo imaginario tanto le había influenciado de joven.



En la carrera de Barry, Americans marca una pausa deliberada, un deseo de enfrentarse consigo mismo y de retomar un cierto control sobre su creatividad: "Por ejemplo, comenta, la Yesternight Suite fue concebida e imaginada de la manera que yo quise. En las películas, nunca me hubieran permitido componer una pieza de 17 minutos; de hecho, es una de las piezas más largas que haya escrito nunca. Se trataba de una continuidad que exploraba diferentes atmósferas y que enlaza tonos muy contrastados. Primero la escribí como un boceto, antes de entrar en los detalles de la orquestación, e incluí citas a As times goes by y By myself."

Grabado en Hollywood, Americans contó con dos formaciones, encarnaciones físicas de sus culturas gemelas: una orquesta de 50 músicos y un combo jazzístico. Barry convocó a grandes instrumentistas: el trombonista Dick Nash, el trompetista Tony Terran y el saxofonista Ronnie Lang, protagonista de unos memorables solos que sugieren la idea de soledad urbana y que reaparecerían en el score de Fuego en el cuerpo.
Editado en otoño de 1976, Americans aparece por primera vez disponible desde su publicación original. Para completar esta reedición se han incluido también cuatro piezas de Barry de su época en Polydor, Orson Welles' Great Mysteries, Follow me, The Dove y The adventurer, temas en los que se da rienda suelta a originales ideas instrumentales. A su manera, las diez piezas que conforman este disco actúan como un retrato musical de John Barry a mediados de los setenta. Americans, en particular, puede escucharse como si de un permanente fuego de artificio se tratara, en el que el pulso y la energía jazzísticos permiten destellos de una cierta tristeza sombría y lírica. Un estado de gracia en algún lugar entre el swing y el desencanto.

http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/581675/john/barry/sin/pelicula.html

Goldfinger - The James Bond Theme - John Barry & His Orchestra

jueves, 31 de diciembre de 2009

Cap de Any / Buen 2010!