martes, 11 de octubre de 2016

Indio Solari / Tsunami. Un Océano de Gente




Furor por Tsunami! 


El documental del Indio Solari realizado por Mario Pergolini en menos de un día, fue visto por cientos de miles de personas e hizo colapsar el sitio web de Vórterix.

11 de octubre de 2016


Tsunami, el documental sobre la vida del Indio Solari realizado por Mario Pergolini, se estrenó el lunes por la mañana. El film está disponible para ver a través de la página web de Vórterix, pero tal fue el furor de los fanáticos del ex líder de Los redonditos de ricota que se colapsó el sitio.

Con dirección de Julio Leiva y Maximiliano Rodríguez, el documental de 90 minutos cuenta con el testimonio del Indio que, vaso de whisky en mano, habla de todo: su enfermedad, la música, su temor a la vejez y su época con los Redonditos, entre otros temas.

En la entrevista, no sólo hay tiempo para las anécdotas, sino también para los silencios y las lágrimas: "¿Qué te emociona?", le preguntó Pergolini en un momento, a lo que el Indio respondió, casi quebrado: "Es una oportunidad muy especial la muerte, para liberarte de tus compromisos y hacer lo que quieras".

Además, Tsunami muestra el detrás de escena del último show que el músico realizó en Tandil, contado por sus protagonistas.

"Por primera vez en un mano a mano en cámara con Mario Pergolini. Una producción original de Vorterix grabada el 12 de marzo en su último show histórico de Tandil, donde convocó a más de 200 mil personas. Además de la entrevista, el documental mostrará imágenes nunca vistas de cómo es su show por dentro", reza la sinopsis.

La película, que se estrenó vía streaming el lunes feriado a las 10, hacia el mediodía ya había sido vista por más de cien mil personas, según dijeron desde la emisora. Además, explicaron que Tsunami  estará disponible en la página hasta la última hora del miércoles.





Indio Solari - Tsunami - Documental Vorterix 2016 






Solari: “La decrepitud es una cosa espantosa”



Con gran éxito se estrenó “Tsunami”, documental donde el Indio habla de su enfermedad.

11 de Octubre de 2016 | 01:08


La primera exhibición de “Tsunami. Un océano de gente”, documental que combina fragmentos de un recital del Indio Solari con una entrevista al músico y que desde las 10 de ayer está en la página vorterix.com, fue tan exitosa que no se pude visualizar durante horas porque el sitio de la emisora está colapsado.

“#Tsunami es un éxito total, tengan paciencia hasta que cargue el player. Y sino, pueden verla hasta el miércoles a las 23.59”, se anunció desde la cuenta de Twitter de la emisora. El material combina fragmentos del concierto que el ex líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota ofreció en Tandil en marzo de 2016 con una entrevista exclusiva con Mario Pergolini, el valor agregado del documento.

“Lo único que tengo que hacer es no ser fantasma”, disparó frente a la cámara Solari, hombre reacio a las entrevistas, quien se explayó sobre su enfermedad de Parkinson con contundentes frases.

“Es una oportunidad muy especial la muerte. Para liberarte de tus compromisos y hacer lo que quieras”, dijo Solari entregado y abierto, entre sollozos, al ser consultado acerca de su enfermedad.

En esa línea emotiva, añadió que “estoy dejando de fumar para no darle una mano a la bella señora. Ya tengo 67 pirulos. Tengo facilidad para dejar todo tipo de sustancias, pero el alcohol me gusta, me sigue gustando”.

Directo para abordar el mal que lo aqueja, el vocalista contó: “Tengo Parkinson que no es de ahora. No se me manifiesta temblando sino con la rigidez” y enseguida informó que “confundí los síntomas de esta enfermedad con la claustrofobia”.

Para ambientar esa visita a la salud quebrantanda, apuntó que “soy adorador de la juventud y es una cosa que se te escapa de las manos. Me doy cuenta que no sirvo para viejo. No es una sobrevida agradable. El ser humano tiene estos 30 años a costa de una cosa espantosa que para mí es la decrepitud. Uno empieza a ver menos, a escuchar menos, un buen día se cag... encima. La decrepitud no es una sobrevida agradable, te duele todo, qué sé yo. Y yo debo estar entrando en eso, evidentemente”.

Además, Solari deslizó que a pesar de transitar sus últimos recitales, no habrá reencuentro con Los Redondos: “Ya no es tan frecuente (que nos pidan volver)”, afirmó, y disparó que “entiendo (el pedido) pero no han sido testigos de la intimidad de lo que yo he sido testigo. Es una palabra dura, pero es la única que me sale a mí: traición”. Y desde esa certeza fue tajante: “No hay manera, no. A mí me podés cag... con guita, pero no me podés traicionar. Son dos cosas diferentes”.



Indio Solar - Tsunami. Un Océano de Gente - Vorterix 2016




miércoles, 5 de octubre de 2016

Irvine Welsh / Trainspotting Writer



“Me sigue interesando la vida de mis personajes”

El autor de Trainspotting admite que no puede escapar del universo de ficciones que van desplegando, según pasan los años, los personajes de su novela emblemática. “Yo sobreviví, pero perdí muchos amigos a lo largo de los años por la heroína y el sida”, dice.


Por Silvina Friera
Viernes 30 de Septiembre de 2016


La política de los gestos ofrenda un guiño legítimo para la hinchada. La tribuna –imaginaria o real– sonríe cuando mira al pelado escocés, un gigante de brazos tatuados, caminar por las calles de Buenos Aires, gambeteando el polen y los minúsculos objetos voladores que le producen alergia, una anécdota simpática al pie de la biografía de un sobreviviente de la heroína, hijo de un trabajador portuario y una camarera que fue cantante y guitarrista de una banda punk. Sabe que podría haber muerto, como muchos de sus compañeros de escuela, por ese combo letal que fueron las drogas, el alcohol y el virus del Sida para los jóvenes de la década del 80. Irvine Welsh se puso la camiseta de la selección argentina, regalo que recibió el martes pasado, cuando cumplió 58 años. El autor de Trainspotting, la historia de un grupo de amigos –los inolvidables Renton, Sick Boy, Spud y Begbie– que necesita su pinchazo cotidiano de heroína para fugarse de la ferocidad y las miserias de la vida en la Inglaterra neoliberal de Margaret Thatcher, se presentó ayer en el Malba en la octava edición del Filba (Festival Internacional de Literatura). Su mitología como narrador se inicia con una “mentira piadosa” a principios de los años 90. Su amigo Duncan Mc Lean le preguntó si tenía una novela escrita para ofrecer al editor de Secker & Warburg. La lengua elástica de Welsh midió la oportunidad y soltó un “sí”, como si lanzara un cross a su propia mandíbula creativa. Un desafío que lo podría sacar del abismo. Pronto transformaría un puñado de historias escritas, cuentos, algunas notas y esbozos, en su debut literario, Trainspotting, esa galaxia integrada por el “cuarteto” de amigos adictos de la que se desprenderían otros libros.

Aunque hace años que vive en Chicago (Estados Unidos), si estuviera por las calles de Edimburgo, Welsh se pondría la camiseta verde del Hibernian, club escocés fundado por inmigrantes irlandeses del que es hincha. Este año salió campeón después de 64 años de espera. La última vez, allá lejos y hace tiempo, fue en 1952. No es un detalle menor que el escritor nació en 1958 y esta es la primera vez que puede ver campeón a su equipo. En Montevideo, donde estuvo la semana pasada en la versión uruguaya del Filba, se hizo hincha de Peñarol. Acá lo hicieron de Racing, también por otro regalo: la camiseta de la Academia. Pero aquí y ahora, en el hotel de Palermo Hollywood donde se alojan los escritores invitados al Filba, tiene la camiseta de la selección nacional y pide un té verde, no porque sea vegetariano o naturista militante y ande por el mundo predicando las bondades de una alimentación saludable. Reconoce que precisa algo “sano” después de comer “mucha carne roja” en el asado que le organizaron para festejar su cumpleaños. Trainspotting fue publicada en 1993 y llevada al cine por Danny Boyle en 1996. El mismo director filmó la “segunda parte” de la novela –se basó parcialmente en Porno con el título de Trainspotting 2–, que se estrenará en enero de 2017 con el mismo elenco emblemático de actores, veinte años después: Ewan Mc Gregor (Renton), Ewen Bremner (Spud), Jonny Lee Miller (Sick Boy) y Robert Carlyle (Begbie). No hay dudas de que es mucho más que el autor de una “única” novela que pronto se transformó en un clásico de la literatura en lengua inglesa. Desde entonces ha publicado Skagboys, Escoria, Porno, Acid House y La vida sexual de las gemelas siamesas, entre otros títulos. El narrador escocés admite que no puede escapar del universo de ficciones que van desplegando, según pasan los años, Renton, Spud, Sick Boy y Begbie. “Me interesa la vida de mis personajes. Cuando escribía sobre ellos, quería saber qué les iba a pasar en distintos momentos. Esos personajes son para mí como una herramienta en el interior de una caja: yo los voy forjando y a veces los puedo utilizar para distintos trabajos”, dice en la entrevista con Página/12.

–¿Los personajes de Trainspotting se podrían pensar como la prolongación juvenil, en los años ’90, de la consigna punk “no future”?

–Yo creo que cuando empezó el punk los que éramos jóvenes entonces todavía gozábamos de un buen estilo de vida, aunque nos rebeláramos contra lo burgués. Pero después vino (Margaret) Thatcher y la situación social y política cambió radicalmente y no se podía seguir con la postura del punk. Me refiero a que el punk no podía ser una protesta vacía cuando estallaron las huelgas mineras, el desempleo creció a un ritmo enloquecido y muchos se empezaron a preguntar qué demonios estaba pasando en el país. Lo que sucedió fue que se destruyó el trabajo sindicalizado con la introducción de las nuevas tecnologías. Thatcher intentó quebrar a los sindicatos, armó a los militares, le dio a la policía más poder que nunca. Esta “guerra de clases” bastante prolongada culminó en la lucha de los mineros del carbón. La policía reprimió por primera vez una de las manifestaciones y fue una gran derrota del conjunto de la clase trabajadora contra el poder del Estado. Y terminó con la democracia pluralista en Gran Bretaña porque después, todas las instituciones, incluidas las de los partidos de izquierda y el partido laboralista, fueron cooptadas por este nuevo Estado liberal hasta el 2008, cuando estalló la crisis económica mundial.

–¿Qué significó para usted, que viene de la clase trabajadora, que los trabajadores perdieran su lugar en el mundo con las políticas de Thatcher?

–Thatcher destruyó la comunidad en la que yo crecí, donde todos tenían trabajos, dinero y una vida digna. No grandes trabajos ni mucho dinero, pero tenían lo suficiente para poder vivir. Todo eso fue reemplazado por las drogas. Yo sobreviví, pero perdí muchos amigos a lo largo de los años por la heroína y el Sida, pero también por el consumo de cocaína y por el alcoholismo. Muchos de mis amigos no tenían otro horizonte que no fuera abusar de las drogas y del alcohol. Perder amigos muy joven no es algo natural, no resulta “normal”; cambia tu perspectiva acerca de la cuestión moral. La mitad de mis compañeros de la escuela están muertos: murieron en la adolescencia o cuando tenían veinte años. En Muirhouse, el distrito de Edimburgo donde me crié, hubo una epidemia de muertes por consumo de heroína, que tiene que ver con la historia y la dinámica del lugar. Los que vivieron en suburbios más de clase media no perdieron tantos amigos y esas comunidades están más equilibradas. Pero esta experiencia de pérdida, no sólo para el individuo, sino para toda la comunidad, genera un gran estrés postraumático; es una cuestión sin precedentes y la comunidad no tiene mecanismos para lidiar con tantas muertes jóvenes. Este tipo de experiencia, esta transición dramática y violenta, le ha dado forma a mi trabajo y a mi sensibilidad como escritor.

–La mayoría de los escritores británicos son de familias de médicos, profesionales, diplomáticos, son hijos de las clases medias. No hay casi escritores que vengan de la clase obrera o de los sectores populares, ¿no?

–Sí, esto es verdad en Inglaterra. Para ser escritor tenés que haber estudiado en Oxford o en Cambridge y venir de una familia que tenga muchos libros. Pero es muy distinto en Escocia, en Irlanda, en general en la zona oeste, porque la tradición literaria es mucho más oral. En Escocia hay una tradición de educar a la clase trabajadora que empezó con la reforma de John Knox, que estableció las escuelas confesionales donde todos los hombres de la clase trabajadora podían leer y escribir. Y estoy hablando de más de cuatro siglos atrás, del 1600, además siempre hubo más alfabetización en Escocia que Inglaterra. La rabia, la frustración y la bronca de los escoceses se canalizó a través de la escritura, algo que empezó a ser muy importante a partir de los años 70.

–¿Por qué Trainspotting se convirtió tan rápidamente en un clásico de la literatura inglesa?

–Yo creo que es una novela que trata de la transición de un tipo de sociedad a otra: el cambio de un mundo con empleo a un mundo capitalista donde el valor del trabajo ya no existe más. La tecnología está destruyendo el trabajo pago. Eso afecta muchísimo a la clase trabajadora, especialmente los trabajos manuales. De eso trata Trainspotting, la novela continúa impactando en muchos lectores cada vez más jóvenes porque eso que le pasaba a la clase trabajadora en la década del 80 con la tecnología ahora también le está pasando a la clase media, que tampoco puede vivir de su trabajo. La transición del mundo también le ha llegado a la clase media, que antes parecía estar a salvo. Y la gente está muy confundida y enojada y supongo que esta es una de las razones principales por las cuales mi novela sigue interesando y se sigue leyendo.

–¿Por qué después del Brexit tuiteó que “el Reino Unido será en la escena mundial un juguete peculiar, el 51º Estado de la América fascista de Trump”?

–Lamentablemente es algo que podría pasar... El neoliberalismo se está cayendo a pedazos desde 2008. Pero durante su extenso dominio, ha destruido a todos los políticos de izquierda y ha cooptado a los socialdemócratas. Lo más dramático para mí es que la gente piensa que un estado fascista-imperialista es la única opción para el cambio. Pero no es en realidad una opción para el cambio, sino que es más de lo mismo.

–¿Qué hubieran votado los protagonistas de Trainspotting: a favor del Brexit o en contra?

–Ufff… es difícil responder esta pregunta porque eran jóvenes en los 80. Ahora serían tipos de mediana edad. Si los personajes hubieran podido ascender a la clase media, es muy probable que hubieran estado en contra del Brexit. Si pertenecieran todavía a la clase trabajadora, hubieran votado a favor del Brexit. Pero no se puede plantear tan binariamente porque los escoses somos diferentes. Escocia está más investida de una idea de Europa de lo que está Inglaterra. Esto es histórico y cultural. Antes de la unión de Escocia con Inglaterra, Escocia tenía comercio con los países bálticos y con Europa. Escocia siempre tuvo una relación muy cooperativa con el resto de los países europeos, no fue una relación imperialista. Escocia mira más hacia Europa, mientras que la relación de Inglaterra con el resto del mundo ha sido a través del imperialismo. Este modo de vincularse impacta en la mirada que tenemos los escoceses acerca del mundo.


Irvine Welsh - Skagboys



martes, 4 de octubre de 2016

César Aira / Der Argentinische Autor Eröffnet Internationales Literaturfestival Berlin 2016



Un Discurso Breve


El pasado 5 de septiembre, correspondió a César Aira (Argentina, 1949), inaugurar el Festival Internacional de Literatura de Berlín. Lo hizo con un magnífico y evocativo texto, que ofrecemos a los lectores del Papel Literario. Aira, además de notable traductor, es reconocido como el prolífico gran maestro de novela breve en nuestra lengua

César Aira

Septiembre 25 2016 - 12:01 AM


De niño, yo atesoraba lo que no entendía, lo que quedaba sin explicación, la gema rara que brillaba en medio de la ganga trivial de lo claro y sabido. No fui el único. Hay un instinto que conduce a los niños a lo inexplicable, supongo que como parte de su proceso evolutivo. Quizás hoy a los niños se les explican demasiadas cosas, se los estimula a entenderlo todo y se les dan los instrumentos para responder al instante a sus preguntas. Esta actitud también puede ser parte de un proceso evolutivo de la sociedad, destinado a impedir la reproducción de soñadores improductivos. Esas salvaguardas no se habían alzado en el tiempo y el lugar donde pasé mis primeros años: un pueblo de gente de campo a la que lo último que se le hubiera ocurrido habría sido estimular a sus hijos al conocimiento, más allá de mandarlos a la escuela y dejar que se las arreglaran solos en ella.

Puedo decir que me dejaron en paz perseguir mis misterios, que no tenían nada de trascendentes. Misterios a mi medida, que no comentaba con nadie por temor a que lo develaran y perdiera su deliciosa oscuridad. Recuerdo que en una revista había una publicidad de un jabón, del que se decía que era el que usaban nueve de cada diez estrellas de Hollywood. Yo empezaba sintiéndome escandalizado de la crueldad de los redactores de esa publicidad, de poner en evidencia a esa pobre mujer, la número diez, denunciarla de un modo tan público a la vez que solapado. Es cierto que no decían su nombre, pero las otras nueve harpías lo sabrían, lo mismo que todo el implacable mundillo de chismorreos de Hollywood. En el cine, trataba de adivinarla en las actrices, trataba de ver más allá del personaje que interpretaba su verdadera personalidad de rebelde. La buscaba entre las actrices secundarias, inclusive entre los extras: la exclusión discriminatoria de la que era objeto por culpa del maldito jabón hacía improbable que le dieran papeles estelares. Pronto me cansé de compadecerla. Razonaba así: si ella tenía la fuerza de carácter para resistirse a usar ese jabón que usaban todas las demás, también podría resistir y vencer la malevolencia que se le dirige al que muestra el valor de ser distinto. Me identificaba con ella, esa rebelde amazona desconocida y sin nombre.

Yo también me creía distinto. En medio de chicos que buscaban desesperadamente certezas; yo buscaba enigmas que no tuvieran respuesta, era un «connaisseur» de lo desconocido. Mucho después me enteré de que no era tan original. Leí en alguna parte que uno de los héroes de mi juventud, John Cage, en su infancia apreciaba solo lo que no entendía, y descartaba lo que entendía como banalidades indignas de un niño inteligente. Yo no era tan radical, porque me di cuenta pronto de que la vía regia a la lejanía y el misterio era lo que tenía más cerca, entregado a mi vista y mi comprensión. Mis investigaciones me llevaron a los libros, y la lectura se volvió mi ocupación favorita, desde entonces y para siempre, hasta hoy. La lectura fue y sigue siendo inagotable en el don de otros mundos, pero también estuvo habitada por una nostalgia. Porque inevitablemente la lectura asidua terminó convirtiéndome en ese personaje banal que es el Hombre Culto, el hombre de las respuestas, siempre al borde de convertirse en el aburrido sabelotodo. Los libros me aclaraban cuestiones que yo habría preferido mantener en un suspenso de oscuridad: progresivamente iban desvaneciéndose los enigmas; eso también les pasó a muchos. Recuerdo que una poeta decía la tristeza que había sentido cuando la palabra «cartílago» dejó de ser lo que ella había creído durante toda su infancia: un caballero con una armadura de acero con la espada desenvainada en lo alto de un acantilado, y a merced de su creciente información se transformó en un pedestre tejido en el cuerpo del hombre y los animales.

Demasiado humano

Fui un lector doble, y me pregunto si no serán dobles todos los lectores, si la disociación de mundos en la que consiste la lectura no es lo normal. Pero mi duplicación fue particular: por un lado buscaba la distancia del hermetismo, para generarme nuevas perplejidades: surrealistas, gongoristas, oscuros filósofos que eran para mis oídos como un rumor disonante de la lengua de los pájaros. Ni siquiera retrocedía ante libros en idiomas que conocía poco y mal, para provocarme el delicioso escalofrío de lo incomprensible. Pero había otra vertiente, en la que el distanciamiento encontraba su límite en la cercanía, o contigüidad, de la identificación masiva con lo humano, demasiado humano, del viejo realismo.

Las novelas de piratas, mosqueteros y buscadores de tesoros se continuaron en Zola, en Dickens. Allí encontraba otro nivel de misterio, refinado, transfigurado, por transfigurador de lo real. Balzac era más misterioso que Mallarmé, porque me devolvía al misterio de mí mismo, a mis deseos y ambiciones y temores. La oscuridad se escondía en la claridad, había que extraerla de los hechos cotidianos, como un malentendido. Por eso cuando la lectura cristalizó en escritura también hubo una duplicidad, inerradicable. El vanguardismo esotérico al que había aspirado oyendo el «Pierrot Lunaire» o a Cecil Taylor se quedó a medio camino, injertado en lo viejo, que es lo que se lee, mientras que lo nuevo está ahí para escribirlo.

Conservé lo viejo por lealtad a la lectura. Lealtad y gratitud, porque algunos tenemos mucho, o casi todo, que agradecerle. Una de mis citas favoritas es una frase de Fontenelle, «No hay pena que se resista a una hora de lectura». En realidad no es siquiera necesario tener una pena para experimentar el poder consolatorio de la lectura. Pero esa hora no se da gratis y sin más, con solo abrir un libro. Hay que hacer un largo aprendizaje para traerla de muy lejos, de las primera lecturas cuando nos parecían un milagro, para efectuar el milagro nuevo de una tregua en el proceso de resolución de problemas y persecución de objetivos en los que consiste la vida adulta. Creo que Fontenelle se refería a la lectura hedónica y sin propósito, la misma de la que se jacta todo buen lector, aunque mienta. Si se lee por placer hay que obedecer a las leyes del placer, la primera de las cuales, y la única, es la ley de la libertad. Libertad de los condicionamientos en que se encierra a la lectura, en sus utilidades: instruir, informar, refinar el gusto, estimular la reflexión.

El placer de leer puede prescindir de todo eso, en un nihilismo feliz. Ahora bien, el nihilismo es un camino sin retorno, y la libertad que se le otorga al placer puede tomar caminos imprevisibles. Uno puede hacer cosas tan blasfemas como cansarse de Shakespeare, de Kafka, de Henry James, y ponerse a leer novelas policiales. Tal cosa es menos infrecuente de lo que se confiesa (doy fe). Tiene sentido que la lectura elegida en ese caso sean las novelas policiales.

Conflicto de lealtades

Quien se ha pasado la vida leyendo a los clásicos, antiguos y modernos, ha vivido bajo el signo de la relectura, que está implícita, se la haga o no, en toda buena literatura. Hay una duplicación del tiempo en la lectura, la necesidad del segundo punto con el que establecer la perspectiva y adjudicar el valor. La novela policial es por excelencia lo que no se relee, ya que es su propio «spoiler», y el lector se saca de encima esa duplicidad temporal que constituye a los clásicos. Pero el juicio de valor, aun sin la perspectiva que le da la relectura, es inevitable. Le pedimos calidad hasta a la lectura menos pretenciosa; de hecho, a esa se la pedimos más que a otras, porque no viene certificada de antemano.

Aficionado como soy a las novelas policiales, y agradecido como estoy al denso olvido que me proporcionan, las juzgo con severidad. A Agatha Christie la encuentro pesada, a Margery Allingham la admiro sin reservas pero por momentos lamento que fuerce la nota moralista. Y con Dorothy Parker tengo un conflicto de lealtades: no comprendo por qué Borges no se cansaba de hablar mal de ella. Edmund Crispin no se esfuerza lo suficiente, John Dickson Carr se esfuerza demasiado. Simenonentra en la categoría de genio, pero tiene el defecto de no ser el seudónimo de un profesor de Oxford. Y cuando algo me gusta en exceso, como me está pasando recientemente con Lee Child, tengo que preguntarme con severidad: ¿es realmente tan bueno como me parece? El juicio tendrá que ser instantáneo, hecho sobre la marcha, con el mismo suspenso y la misma resolución brusca de la que trata el texto.

De todos modos, la apreciación del valor literario es inevitable. Aun extraviado en los absorbentes laberintos del crimen, cuando lo único que me importa es saber quién de los sospechosos resulta ser el asesino, me sigue importando que sea buena literatura. Parece inconsistente pedirle calidad literaria a las lecturas que se hacen por puro placer, después de que uno se ha desprendido de pretensiones culturales, y sin embargo es imposible no pedírselo.

Los libros nunca son libros a secas: siempre son buenos o malos, o algo dentro de la extensa gama intermedia. La literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, está ahí para ser juzgada. La calidad no es un color más que se le aplica cuando los materiales ya están en su lugar, sino uno de los elementos constitutivos, el verdadero argumento del texto, más allá del aparente. Más que un elemento constitutivo, yo diría que es el elemento generador; si no hay una promesa de excelencia no vale la pena empezar siquiera. Eso me ha llevado a pensar que la calidad ya está anticipada en la literatura; en realidad, no podría ser de otro modo, tratándose de una actividad sin ninguna función que la justifique ante la sociedad; necesitada de ser buena para existir, tiene que disponer en sus premisas de los instrumentos para serlo.

Tengo al respecto una teoría, que no creo que nadie vaya a aprobar, pero ya he dejado de buscar consenso. Me la sugirió un viejo libro de una psicoanalista argentina, Isabel Luzuriaga, que propone que la inteligencia puede actuar contra sí misma y sabotearse desde adentro. La autora era una especialista en niños con problemas de aprendizaje, y había notado una situación paradojal en sus pequeños pacientes.

Mecanismos de supervivencia

En los niños el aparato cognoscitivo está preparado y predispuesto a absorber los conocimientos, de un modo natural, se diría biológico. Los niños aprenden sin proponérselo especialmente, les es difícil rechazar el saber que va hacia ellos. De modo que el niño que no aprende debe hacer un esfuerzo especial para no incorporar los conocimientos, debe poner en juego una inteligencia superior a la del niño que aprende, para obstaculizar lo que su constitución física y mental le ofrece irresistiblemente. El motivo por el que hace esto está en traumas o inhibiciones que la psicoanalista estudia y que pueden ser discutibles, pero el mecanismo en sí parece muy plausible. Tanto que se lo podría llevar a otros terrenos, y el de la literatura es un terreno fecundo para esta clase de transportes.

Podría decirse que el escritor está predispuesto naturalmente a escribir bien, porque su oficio, la literatura, necesita de la calidad para existir; la literatura no sirve para nada que no sea ofrecer el placer que produce, y este placer está asociado al juicio de calidad que hará el lector, como antes lo habrá hecho el autor. Luego, el escritor sin hacer ningún esfuerzo especial, dejándose ir naturalmente en el impulso inicial, escribirá bien. Hará algo bueno si se entrega a la literatura, a los mecanismos de supervivencia que tiene la literatura para no extinguirse en un mundo que no la necesita.

En un mundo donde todo debe cumplir una función, la literatura, consciente de su inutilidad, sabe que su única chance de persistir es producir placer y admiración. De ahí que se las haya arreglado para que todos los que la practiquen lo hagan bien. Para escribir mal en cambio el escritor deberá penetrar en esos mecanismos, de modo de poder trabajar en contra de ellos, y si quiere hacerlo necesitará una perspicacia y un empeño heroicos. Pero conociendo la indolencia característica del escritor, su psicología del menor esfuerzo, lo más probable es que seguirá su tendencia natural y escribirá bien. Ese es el motivo de que haya tan pocos escritores malos y llamen tanto la atención cuando aparecen, aunque esos cisnes de gran rareza aparecen poco, porque son expertos en el ocultamiento.

No es que yo esté haciendo el elogio, ni siquiera irónico, del mal escritor. En todo caso haría la defensa del escritor no bueno, en vista de que, como pasaba con las actrices de Hollywood, nueve de cada diez escritores usan la buena literatura, y los libros bien escritos son la marea que inunda las librerías y que es tan eficaz para quitarle a uno las ganas de leer. El automatismo de escribir bien provoca un desaliento al que combatimos de distintos modos.

Por supuesto, nadie quiere escribir mal, porque está mal visto, además de que exigiría un esfuerzo sobrehumano, mal pago. El otro modo, que es el que se acepta en general, es el de escribir «mejor». A eso nos dedicamos en definitiva los escritores, y con esta dedicación introducimos en nuestro trabajo el factor Tiempo. A la «impasse» de lo bueno y lo malo la ponemos en movimiento con la experiencia y el aprendizaje. De ese modo completamos la dualidad clásica de Vida y Obra.

Esta cuestión de la Vida y Obra la resumió Felisberto Hernández, con melancólico humor uruguayo, en una frase que me persigue hace años: «Cada vez escribo mejor», dijo, «lástima que cada vez me vaya peor». Lo primero era solamente programático, lo segundo sombríamente realista. Es difícil para un escritor ser objetivo cuando se trata de su obra, ya que el juicio no puede hacerlo sino con el mismo instrumento con el que la escribió. Pero es bastante previsible que se pueda escribir mejor, ya que en una actividad que se practica a lo largo de los años sería difícil no adquirir en forma creciente alguna habilidad.

¿Por qué nos torturamos?

Al escritor todo le sirve para aprender, porque la literatura puede aprovechar hasta el menor accidente de la experiencia, incluidos los no experimentados. Y, lo que es más importante, el aprendizaje le sirve, porque siempre está a tiempo de escribir algo más. En la Vida también se aprende, casi no se hace otra cosa que aprender, pero el aprendizaje no sirve porque la oportunidad de poner en práctica lo que se aprendió, oportunidad que no es otra cosa que la juventud, ya quedó atrás. La objetividad que tan raramente asiste al escritor para evaluar su obra, viene servida en bandeja de plata cuando se trata de evaluar su vida.

Felisberto tenía motivos para justificar las dos cláusulas de su afirmación. Su largo y lento aprendizaje de escritor culminó con la muerte y una obra maestra inconclusa. Y por otro lado su vida de músico ambulante, su pobreza, su neurastenia y sus cinco esposas sucesivas explican por qué dijo lo que dijo. Y entre los dos términos también hay una relación causal, porque uno de los elementos que empeoran la vida, aun para los que no son músicos ambulantes o han tenido cinco esposas, está el esfuerzo por escribir mejor, que nos ensombrece la existencia con la insatisfacción, las dudas, el temor a haber tomado un camino equivocado.

¿Por qué nos torturamos así? ¿Por qué no nos conformamos con el simple Escribir Bien que se nos da naturalmente? Los lectores se conformarían con lo que nos sale más fácil. No solo se conformarían sino que lo apreciarían más, porque ese producto entraría en el paradigma de lo esperable y convencional, que es lo que querían leer, y no los textos cada vez más raros que nacen de la intensificación que comporta la busca de lo Mejor.

En cuanto a los críticos, lo más probable es que los irritemos por sacarlos de su rutina y crearles complicaciones. ¿Quién nos mandó a querer escribir mejor? ¿Por qué no escribimos novelas comunes y corrientes, como todas las demás? Nos ponemos a todo el mundo en contra, y sin embargo persistimos en ese trabajo que se hace cada vez más difícil y nos hace más difícil la vida.

Creo que hay una razón para que hagamos algo tan injustificadamente masoquista. La vida va empeorando paulatinamente, las trampas que nos tiende se van haciendo más barrocas, y necesitamos habilidades nuevas y más perfeccionadas para dar cuenta de ella. Es un compromiso creciente que crea un círculo vicioso. Tanto va empeorando la vida que debemos hacer más y más para redimirla en la Obra. Y cuanto mejor escribimos peor nos va, porque en el trabajo perdemos más y más oportunidades de felicidad, y lo Mejor no alcanza nunca a lo Peor, como la carrera de Aquiles y la Tortuga.

El tiempo es el telón de fondo contra el que se representa esta comedia. No puede asombrar que el tiempo, a pesar de ser la más deprimente de las categorías mentales, esté en el centro de los intereses del escritor. Nuestro trabajo, que no necesita capital ni mano de obra, es tiempo-intensivo, no solo por el tiempo que lleva escribir sino porque de un modo u otro el tiempo termina siendo el tema del que se trata. Es en vano negarlo: su triunfo está asegurado de antemano porque cualquier batalla que se libre contra él se hará dentro de él.

Cuando Borges intentó una Refutación del Tiempo, la dio por nula ya desde el título, al calificarla de Nueva. Y no todos, o mejor dicho casi nadie, tiene el virtuosismo de Proust en el manejo del tiempo, que perdió durante toda su vida de snob ocioso, para recuperarlo en su obra, intacto y sin uso, prístino como un buen diamante en el que se reflejaban todos los colores y aromas de los años en los que se lo ignoraba todo y el mundo era un tesoro de enigmas.

Tren en la noche

Cuando el protagonista de su libro ofendió inocentemente a una condesa al decirle que su casa es tan hermosa como una vieja estación de tren, no sabía, que no lo puede saber un niño, que la comparación que estaba haciendo era inadecuada, y que nada podía gustarle menos a una condesa que su casa evocara una vieja estación de provincia. Pero él estaba dejando una señal para cuando lo supiera, como los niños dejan piedritas en el camino del bosque, para orientarse en el camino de regreso en el tiempo, cuando escribiera, por lejos que lo hubiera llevado ese tren en la noche. Opuesto a Proust en su estrategia con el tiempo, el Dr. Johnson escribió en su juventud y dejó de hacerlo cuando empezó a cobrar la pensión que le otorgó el Rey. Lo dijo famosamente: «El que escribe por otro motivo que el dinero es un idiota». Se dedicó entonces a perder el tiempo en las tabernas y en el salón de la señora Thrale, rodeado de un selecto público que registraba todo lo que hace el hombre a lo largo de su vida, la guerra, el amor, el trabajo, el placer, lo hace solo para ocupar el tiempo, y por ningún otro motivo. Pero los motivos así excluidos son todos los motivos por los que hacemos las cosas, y si aplicamos al escritor la exclusión johnsoninana, encontraremos al dandi supremo que se habrá sacado de encima todas las motivaciones tradicionales de su trabajo: el compromiso con su sociedad y su tiempo, el testimonio de su experiencia, la crítica a los males del mundo, la expresión de su ser interior, y todo el resto de la quincalla que tanto ha pesado sobre su paz espiritual. Para él solo existiría un tiempo que sin su trabajo quedaría vacío, un tiempo que hay que ocupar, como se ocupa, después de un largo asedio, la ciudad de los sueños.


http://www.el-nacional.com/papel_literario/discurso-breve_0_926907474.html


El escritor argentino César Aira abrió el Festival de Literatura de Berlín 2016 (EFE)




miércoles, 28 de septiembre de 2016

Miles Davis / 25 Years After, Remembers a Legend on The Anniversary of His Departure




25 años de la muerte del influyente e innovador Miles Davis.


Por José María Alvarez-Monzoncillo 

Publicado: 22/09/2016 07:16 CEST 


El 28 de septiembre de hace veinticinco años murió, de forma extraña, Miles Davis. Entró en un hospital de Santa Mónica en Los Ángeles con una neumonía, y falleció de un infarto. Enfadado y furioso. Es un músico al que todo el mundo conoce. Muchos no saben que lo han escuchado; otros lo han escuchado pero no recuerdan ni cómo suena. Y, como suele pasar con todo, tiene detractores y seguidores que lo consideran un genio o, simplemente, un ruido insoportable.

Un tipo extraño. Entre macarra hipster y pijo inmaculado. Siempre atormentado. Su propia definición en su autobiográfica: "Rebelde y negro, inconformista, frío y con estilo, airado, sofisticado, añade el rasgo que quieras: yo era todas esas cosas y más". Me lo imagino en la puerta del Hotel Plaza de Nueva York, con su impecable Ferrari, discutiendo con la policía con un turbante, pantalones de serpiente y abrigo de piel de oveja en compañía de una mujer atractiva. "Miles was always the hippest guy around", dijo de él Herbie Hancock.

El "príncipe de las tinieblas" o "el brujo" eran algunos de sus apodos, nacidos de su mal carácter y de su prolija capacidad de innovación. Nació en una familia rica del medio oeste que pudo permitirse enviarle a estudiar a una gran escuela de la Gran Manzana para cumplir su sueño. Otro ejemplo de fracaso escolar que termina en genio. Tuvo una familia normal, aunque su padre dentista rompió, de un puñetazo, dos dientes a su madre.

Aficionado al boxeo, frágil físicamente, presumía de sus golpes. Fue padre prematuro, y apenas tuvo relación con sus hijos. Desde joven aficionado a los trajes de Brooks Brothers, más tarde al elegante proceso de vivir dentro de trajes a medida italianos. Parecía un recién graduado de la Ivy Leage. Más tarde, al igual que su música, su atuendo fue más rupturista y estrafalario: kimonos, turbantes, psicodelia, pieles de serpiente, gafas gigantes de Gucci, etc. Esa estética está muy conseguida en el reciente biopic Miles Ahead, la película de Don Cheadle. Su armario iba por delante de la moda y el arte, e indicaba los cambios de su música. "Sastrería disfuncional" fue la manera de definirlo por parte del sastre de los Rolling Stones.

Gran fumador, incluso mientras tocaba en aquellas inolvidables sesiones de los años cincuenta y sesenta. Mujeriego, misógino y cruel con las mujeres, era un antisocial que nunca se permitió grandes amigos ni entre sus grandes admiradores. Aficionado al bourbon y a las veladas de boxeo. Adicto a los analgésicos. Mal alimentado. Vivió con serios problemas de garganta, de estómago y con dolor en una cadera. Pisó la cárcel por no pagar la pensión de su hijo. Iba con Ferrari y pistola por Manhattan. Y en un ambiente perverso, entre malas compañías, cayó en la heroína y, más tarde, en la cocaína. Encontraba la tranquilidad en las drogas y en el sexo. Más personaje que persona. Tenebroso y brillante. Neurótico y tierno a la vez.

No era un gran trompetista (vaya atrevimiento por mi parte, pido disculpas), pero sonaba de forma rara, única y característica. Metálica gracias a una sordina Harmon, pero con un tono meloso y seductor. Tierna quizá. Nunca estuvo a la altura de los virtuosos de este instrumento: Louis Amstrong, Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Wynton Marsalis, Clifford Brown, Freddie Hubbard o Donald Byrd. Ni tampoco fue un gran director de orquesta como Duke Ellington o Benny Goodman. Pero nada de esto pareció importarle.

Fue un mediocre beboper (disculpas de nuevo). Lo suyo no eran las Bing Band. Era un músico "errático e inexperto", según señalaba la crítica de la revista DownBeat en la década de los cincuenta. Basta con escuchar alguna grabación de él con Bird, Coltrane o Dizzy para entender la dificultad de tocar un instrumento. Nunca superó la música de trance y airada de Coltrane, la tristeza de Chet Baker, la habilidad de Dizzy, la suavidad y generosidad de Hawkins o el loco lirismo de Bird. Lo suyo era un sonido "frágil y puntiagudo" como dijo Ben Ratliff, crítico de jazz del New York Times.

Desde esa perspectiva cabe preguntarse: ¿cómo terminó siendo un personaje epítome del cool y un icono del jazz que cambió la historia del género? Tuvo tres golpes de suerte fruto de su tenacidad. Acercarse a Bird cuando llegó a Nueva York a estudiar música a la Juilliard School of Music, que abandonaría muy pronto al no estar preparado para la enseñanza canónica, siendo solo capaz de tocar con libertad. A éste lo conoció siendo muy joven en St. Louis en una de sus giras. Bird era un genio que tocaba para pagar sus vicios en una espiral autodestructiva alocada de alcohol, heroína, cocaína y pollo frito. Miles llegó a darle dinero e incluso hospitalidad en Manhattan. Fue su oportunidad. Y a la sombra del pájaro, en los albores del bebop, tocó el solo de Now's the Time de forma magistral. Su sonido era raro y sincrético con ciertas reminiscencias africanas. Su segundo golpe de suerte fue firmar con Columbia Records a partir de una gran actuación en Newport Jazz Festival de 1955, tras las recomendaciones de Gil Evans, compositor que le consideraba su amigo. Evans le enseñó los arreglos y los secretos de la composición y del estudio. Accedió a un sello importante que conocía las recetas del marketing en el creciente mercado de la música. Y un tercer golpe le permitió alcanzar velocidad de escape hacia la estratosfera: fue su suprema intervención en televisión interpretando So What en el programa de referencia de vanguardias artísticas de la CBS, dirigido por Robert Herridge.

En 1959 llegó su álbum seminal Kind of the Blue. Una obra maestra que cambio la historia del género según la crítica especializada. Obra cumbre del jazz modal. Un icono. El mejor disco para hacer el amor en palabras de Herbie Hancock. Ha sido el más vendido de la historia del jazz. Un sexteto legendario que cambió el jazz para siempre, siendo capaces de mantener su influencia en el resto de los músicos del género e incluso de otros géneros durante décadas: Bill Evans-Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Julian "Cannonball" Adderley, John Coltrane y el propio Miles Davis.

Su genialidad se basaba en la improvisación y en la innovación permanente que se transformaba en esa innata capacidad de formar quintetos y de liderarlos con mano de hierro. Erudito e inconformista. Perfeccionista obsesivo. Siempre cambiando de carril. Provocador. Únicamente a través de su música se puede entender la naturaleza y la belleza del remix. "Un gran agitador" como diría Diego Manrique o el "sonido del dolor" para Nando Saldà. "El ayer está muerto" o "La vida debe vivirse hacia delante, pero solo puede entenderse hacia atrás" son dos frases clave que delatan su compleja personalidad, y reflejan los caminos que siguió su música. No sólo cambió el jazz pues influyó en todos los estilos y géneros. James Brown escuchaba sus discos obsesivamente cuando pasaba por etapas de inactividad creativa. Pink Floyd se inspiró en muchos de sus temas. Sentó las bases del hip-hop, influyó en el funky y, por supuesto, contribuyó a la mezcla de estilos con grandes coloridos y matices. Se acercó al flamenco, a la bossa y a las músicas árabes e hindú. Permanentemente descubriéndose entre chute y chute. La maldición de la renovación permanente.

De su primera etapa aprendió casi todo. Al lado de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Coltrane, Hawkins. Una época donde los blancos pagaban por ver a los negros tocar de forma virtuosa y muy rápida, al modo de Charlie Parker. Pero él era el bepop. Representaba el triunfo de la música de los desfavorecidos que habían aprendido a tocar libremente sin ningún canon. Sin partitura. Era la evolución del góspel y del blues, de los ritmos del alma negra africana. La propia esencia de la improvisación. Y, por supuesto, el espíritu bohemio de la Swing Street (52st West).

Luego empezó a experimentar con un modo más orquestado y arreglado al lado del compositor Gil Evans. Era el cool jazz. Su disco Walkin', de 1957, en Prestige Records, anunciaba la llegada del hard bop con acordes ampliados del bebop. A su lado de nuevo músicos increíbles: pianistas como Monk y Horace Silver, y el saxofonista Sonny Rollins.

Con un nuevo quinteto (John Coltrane en el saxofón tenor, Red Garland al piano, Paul Chambers al bajo y Philly Joe Jones en la batería), hizo una aparición triunfal en el Festival de Jazz de Newport de 1958 que le dio fama y prestigio. De esa época, finales de los cincuenta, trabajando con nuevos músicos en su grupo, con una garganta ronca y con un sonido de trompeta más débil, llegaron discos memorables: Miles Ahead (1957), Porgy and Bess (1958), Sketches of Spain (1960) y la banda sonora de la película de Louis Malle, Ascenseur Pour l'Echafaud.

Las escalas modales (en lugar de acordes) y su nuevo fichaje al frente del piano, Bill Evans, dieron lugar al comentado mejor disco de jazz de todos los tiempos King of the Blue (1959). Era el modal jazz. Estado de ánimo y tensión melódica. Un nuevo estilo en los sesenta. Pero con nuevos músicos. Nunca perdió esa gran habilidad de rodearse de los mejores. Esta vez Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams. Sus discos iban a su aire: E.S.P., Miles Smiles, The Sorcerer y Nefertiti. Era el free jazz.

Pero el jazz comenzaba a convertirse en objeto de nostalgia. Ya era objeto de estudio de los académicos, y había entrado por la puerta grande al Carnegie Hall y al Lincoln Center. Había encontrado su legitimidad. Miles ya no quería oír "lo del jazz", él prefería hablar de música social.

Los años dorados del rock desplazaron al jazz y Miles Davis giró de nuevo a finales de los sesenta: incorporó teclados y guitarras eléctricas. El Miles eléctrico. Era el jazz fusion. Discos rupturistas y extraños: In a Silent Way y Bitches Brew (1969). Nuevos discos con nuevos músicos de los setenta, junto con la decadencia física y los efectos de las drogas, le llevan a una época de silencio (1975-1980). Vivió en una mazmorra (en sus propias palabras) en una casa sucia. Se inyectaba heroína y cocaína en la pierna (speedball). Y avanzaba su degeneración física con la incorporación de nuevas adicciones: a las píldoras, como el Percodan y el Seconal, a la Heineken y al coñac.

Volvió en los ochenta reinventándose una vez más con nuevos discos: The Man With the Horn (1981), Decoy (1984), You're Under Arrest (1985), Tutu (1986), Music From Siesta, Amandla (1988), etc. Y logró el reconocimiento internacional. Ya había dejado los trajes impecables. Era más ecléctico. Adicto al popelín. Había llegado el desestructuralismo. Y apadrinaba (o se nutría) de una nueva amalgama de grandes músicos como Dave Holland, Keith Jarrett, Chick Corea, Jack DeJohnette, Joe Zawinul, Dave Liebman, Gary Bartz, Bennie Maupin, Sonny Fortune, John McLaughlin, Kenny Garret, John Scofield, Adam Holzman, Robert Irving, Marcus Miller, Marylin Mazur, Mino Cinelu o Al Foster. Las nuevas promesas también hablan se su influencia ante el perro guardián de la ortodoxia del swing, Wynton Marsalis.

Brujo, tenebroso, bronco, irascible, genial y estrafalario. Él mismo dijo en una ocasión sin modestia en una recepción en la Casa Blanca que "había cambiado el destino de la música cinco o seis veces". Pensaba que la música que no avanza está muerta. Y acabó tocando el silencio. Pero en el fondo era un sonido de dolor, un pozo melancólico de su alma enferma. Era el jazz en toda su extensión.


http://www.huffingtonpost.es/jose-maria-alvarez-monzoncillo/25-anos-de-la-muerte-del-_b_12115676.html


Miles Davis - Blue in Green - Kind of Blue (1959)



martes, 12 de julio de 2016

Christian Scott aTunde Adjuah / Stretch Jazz Against Phenomenally Dark and Evil Attitude




Jazz y Política

El jazz como denuncia del racismo policial.A propósito de Ku Klux Klan Police Department, de Christian Scott aTunde Adjuah

Domingo 10 de julio | 
Por Juan Duarte

Escuchar la banda del joven trompetista negro Christian Scott aTunde Adjuah puede producir de todo, menos indiferencia. Desde el comienzo, su música conmueve, hace emerger sensaciones viscerales, estremece por momentos, por momentos da lugar a ritmos y melodías festivas y dionisíacas, y por momentos convoca tensiones propias de la lucha, de la épica. Al mismo tiempo nos lleva a paisajes sonoros y emocionales que pueden también resultar familiares al amante de ciertas bandas de rock como Joy Division o Radiohead. Hay algo en ese paisaje musical que de alguna manera interpela al oyente.

El ensayista y activista por los derechos civiles (entre un largo etcétera) Leroi Jones señala, refiriéndose al jazz y su crítica, que “la música de los negros es esencialmente la expresión de una actitud, o una colección de actitudes, acerca del mundo, y solo secundariamente sobre el modo de hacer música.[...] Las notas de un solo de jazz, cuando aparecen, existen como tales por razones que son musicales pero solo de manera concomitante. Los alaridos de Coltrane no son ‘musicales’, pero son música, y una música muy conmovedora. Los gritos de Ornette Coleman son musicales solo una vez que se comprende la música que su actitud emocional intenta crear. Esta actitud es real, y quizás sea el aspecto más singular e importante de su música.”

En el caso del joven trompetista de Nueva Orleans y de su joven banda, ese mundo lleva la marca de la opresión, persecución y violencia policial de los negros afroamericanos en Estados Unidos, tal como pusieron nuevamente arriba de mesa los nuevos casos de brutalidad policial racista la semana pasada, y que ha dado lugar a movimientos de lucha como #BlackLivesMatter.

Christian Scott aTunde Adjuah, a sus 33 años, ya es un músico, compositor y productor de jazz consagrado. Dirige una joven banda de tremendos músicos (Elena Pinderhughes, flauta; Braxton Cook, saxo alto; el exquisito Lawrence Fields, piano; Dominic Minix, guitarra; Kris Funn, contrabajo; y el alucinante Corey Fonville en batería) con la que gira por el mundo y con la que ya lleva grabados 8 discos. Forma parte de una generación de nuevos músicos de jazz norteamericanos tan disímiles como talentosos, entre los que podemos incluir a Robert Glasper, Kamasi Washington, Esperanza Spalding, Thundercat y su hermano Ronald Jr, entre otros, que comparten un afán por ir más allá las fronteras tradicionales del género, y acercarse a géneros populares en la juventud. Lo que significa, el lector ya habrá adivinado, que transitan por el universo del hip hop. En esto no hay originalidad, ya que es un camino que en su momento recorrió el último Miles Davis, que lejos de respetar las fronteras preestablecidas, encontró en el hip hop una estética y una energía bullendo desde una juventud oprimida. Por cierto, en este otro universo, hay un planeta con un campo gravitacional musical común enraizado en esa opresión racial alrededor del cual orbitan estas nuevas estrellas, se trata de Kendrik Lamar.

Pero en el caso de aTunde Adjuah sus influencias van más allá, y constituyen claramente su música, a la que él mismo llama, marcando esta amplitud, “stretch jazz”: “Estamos tratando de estirar –no reemplazar– las convenciones rítmicas, melódicas y armónicas del jazz para abarcar todas las formas, lenguajes y culturas posibles”, dice en uno de sus discos. Así, además de las notable amplitud de referencias dentro del jazz, desde las más obvias (Miles, Coltrane, Monk, etc.) hasta las del latin jazz, lo vemos tocando con raperos y portando su remera de Joy Division como un estandarte mientras algo de la oscuridad de la banda británica se cuela en sus composiciones. También lo podemos encontrar de repente compartiendo escenario con Tom Yorke y Flea y su banda Atoms For Peace, tocando “The Eraser”. De hecho, el cantante de Radiohead es una de sus referencias musicales, comparten una amistad y su propia versión del tema es estremecedora.

Pero aquellas son solo algunas fuentes de inspiración del torbellino interior que levanta el “stretch jazz” de aTunde Adhjuah cuando lo escuchamos. La fuente, retomando a Leroi Jones, hay que buscarla en esa relación con el mundo social del artista. Y en este caso, ese contexto se hace explícito, y nos encontramos una búsqueda conciente del jazz como forma de expresión de denuncia, crítica y lucha: “Una de las cosas que me molesta de una gran cantidad de músicos es que sé que a diario ven una gran cantidad de cosas jodidas pasando, y tienen sentimientos sobre esas cosas. Pero en lugar de escribir sobre eso, ves canciones en sus álbumes llamadas ‘silla roja’... me importa un carajo una silla roja... Cuando la gente mire atrás dentro de 30 años y trate de averiguar lo que teníamos que decir, o cómo nos sentíamos acerca de cualquier cosa, no lo sabremos, porque la música se está plagando de ‘sillas rojas’.” (1)

En la mayoría de los temas, los títulos de los temas hablan por sí solos: “Danziger”, por ejemplo, hace referencia a los disparos policiales desde el puente Danziger seis días después de que el huracán Katrina azotara New Orleans, que se llevaron la vida de dos afroamericanos e hirieron a otros cuatro, ninguno de los cuales estaba armado ni había cometido ningún delito. Esta búsqueda estética abarca a toda la banda: una vez, grabando “Dred Scott”—inspirada por la historia del esclavo que demandó por su libertad ante la corte suprema y perdió, sufriendo una muerte cruel por tuberculosis— algo faltaba. “Habíamos grabado tres o cuatro veces —recuerda Kris Funn, el bajista—. Él paró toda la sesión y se puso serio como la mierda… prácticamente nos dio una biografía de 10 minutos de Dred Scott, y nos dijo ‘ahora pónganse en sus zapatos, y pongan el instrumento en sus manos. Y como sea que se sientan, pongan eso en su interpretación.’”

Las raíces esclavistas de la opresión del pueblo afroamericano son obviamente parte del universo de Christian Scott aTunde Adjuah, y el lo plantea de entrada: siguiendo una tradición bastante extendida en los 60s y 70s (recordar a Muhammad Alí, o el mismo Leroi Jones, que adoptó el de Amiri Baraka), agregó dos apellidos africanos al original legal. “Acepto el hecho de que ‘Scott’ sea parte de mi linaje y de mi historia —dice—, y no soy el tipo de persona ve en el nombre algo inherentemente malo, negativo o malicioso solo porque este viene de alguien que compró a tu familia. Pero en el otro extremo también reconozco que mi historia va más allá de los Estados Unidos.”

Proveniente de una familia humilde de artistas (padre artista visual, hermano director de cine, y un tío, Donald Harrison Jr., reconocido saxofonista alto, que lo inició en el instrumento), cuenta a quien quiera oir (se pueden leer varias entrevistas en la web) cómo sintió de chico la opresión de ser afroamericano. Cuando tenía diez años, por ejemplo, su amigo Byron murió en sus brazos luego de una balacera: “me afectó enormemente, porque era mi amigo. Pero eran todos mis amigos. Me acuerdo de ser chico y que te digan ‘cuando tengas 18, todos tus amigos van a estar muertos o en la cárcel’. Y vos pensás que es una broma cuando sos chico. Cuando tenés 14 y ves que pasa de verdad, te afecta.”

“Ku Klux Klan Police Department” (“Departamento de Policía Ku Klux Klan”, como se nombra popularmente a la policía por su racismo) abre el tremendo Yesterday You Said Tomorrow (Ayer Dijiste Mañana), su octavo disco, y el trompetista aprovecha en cada presentación en que puede para explicar el origen de la canción (y trata de hacerlo con todas, al punto de editar un disco con introducciones a algunos de sus temas). A continuación transcribimos su relato y dejamos al lector frente a frente con la música de Christian Scott aTunde Adjuah.

“Esta es una canción que compuse sobre un tema realmente serio. Cuando compuse el tema, este se encontró en realidad con un montón de desprecio de mucha gente en esta cultura en particular. Nosotros tocamos Stretch Music, que es como llamamos a nuestra música, pero básicamente es una forma de jazz, y el tema fue compuesto a partir de una experiencia que tuve en mi barrio de Nueva Orleans con un grupo de oficiales de policía. Me arrastraron una noche, me apuntaron con sus armas sin ninguna razón, diciéndome que me desvista y que me tire al suelo, y –supongo– que los deje hacer lo que sea que quisieran hacerme. No había hecho nada malo, estaba volviendo a casa de una actuación con una gran banda llamada Soulive, este auto de policía sigue al mío por 9 cuadras, me tiran el vehículo encima, y lo próximo que se es que mi auto está todo rodeado, los jefes de policía salen del auto y me ponen un revolver en la cabeza, me dicen que salga del auto, me saque la ropa y me tire al suelo. No había hecho nada malo así que les pregunto por qué me están deteniendo, y me dicen que me calle, que ellos eran mis jefes, la autoridad, y que iba a hacer lo que ellos dijeran. A lo que les digo que yo pago mis impuestos y que no los considero mis jefes, y que me tienen que decir por qué me detienen. […] Lo próximo que me dice es que si no obedecía mi madre me iba a tener que buscar en la morgue. Al rato aparecieron oficiales de más alto rango, así que tenía varias patrullas apuntándome a las 3 am. Finalmente me permitieron irme.

Volví a casa de mi madre en Nueva Orleans, con una mezcla de sensaciones: enojado, pero también herido. Pensando en porqué lo habían hecho, vinieron a mi mente un montón de insultos racistas que me tiraron esos oficiales […] Volví a casa… Y después de pasar una noche terrible decidí que lo más inteligente que podía hacer era componer un tema que representara con precisión el rango de emociones que sentí en ese momento, de modo de iluminar a mucha gente que estas todas todavía pasan.[…] Yo nací en Nueva Orleans, y las cosas que ví y sentí mientras crecí contrastan con la brutalidad policial con la que veo hoy. La primera vez que escribí el tema, la gente me miraba como si estuviera siendo sensacionalista, como si lo que estaba diciendo no fuera cierto. […] Y es loco porque desde otras culturas te hacen ver como si todos acá fuéramos parte de un elemento criminal, y esta fuera nuestra vida normal, y nos mereciéramos lo que nos pasa. Completamente falso. […] Vamos a tocar este tema convencidos de que esta nueva generación tiene la oportunidad de crear su propia realidad… si no empezamos ahora, mis hijos o tus hijos van a heredar esa situación. Entonces, este último tema es un tema sobre el abrumador racismo contra los latinos, negros en especial afroamericanos que en este país específicamente distingue a la policía, y se llama ’Ku Klux Klan Police Department’.”

http://www.laizquierdadiario.com/El-jazz-como-denuncia-del-racismo-policial



Christian Scott  -  K.K.P.D.  -  Yesterday You Said Tomorrow  (2010)



lunes, 4 de julio de 2016

Jorge Luis Borges / 30 Años Sin La Pluma Mayor




“Soy un anarquista conservador”

Entrevista inédita con Borges: Un chico de 15 años le pidió al escritor en 1982 una cita para un trabajo de la escuela y para su sorpresa se la concedió. Ahora, 30 años después de la muerte del escritor de 'El Aleph', aquella entrevista sale a la luz.


Madrid - Junio 16 2016 

Claudio Pérez Míguez


Cuando cursaba el tercer año de la escuela secundaria, en Don Bosco, partido de Quilmes, en la provincia de Buenos Aires, con quince años de edad, la profesora de literatura, una española llevada de pequeña a Argentina y muy admiradora de la obra de García Lorca, Josefa Iglesias de Fanelli, pidió como trabajo práctico que eligiéramos a alguien para hacerle una entrevista.

La literatura y la figura de Borges, tan controvertida en la Argentina de aquellos años, ya había llamado mi atención, por lo que tuve la idea de hacerle a él ese reportaje. Ni yo ni mi entorno próximo teníamos contactos literarios, por lo que pensé ver si encontraba su número en la guía telefónica. Buscando por Borges, encontré que estaba, todavía, a nombre de su madre, Leonor Acevedo de Borges, que ya había muerto. Aún recuerdo el número: 42-2801. Inmediatamente llamé, me atendió Fanny Úbeda, la señora que se encargaba de la casa, y me dijo que Borges estaba de viaje.

Como el plazo para la entrega del trabajo transcurría, buscamos a otras personas para cumplir con la tarea, pero cuando faltaban dos días, se me ocurrió intentarlo de nuevo. Me volvió a atender Fanny, y cuando yo esperaba hablar con alguien para explicarle mi idea y que este se lo trasladara a Borges, ella le pasó el teléfono directamente a él, que habiendo escuchado mi propuesta me dijo: "Venga mañana o pasado, 10 o 10 y media". Esa misma noche preparé las preguntas. Se las mostré a mi padre para que me diera su opinión sobre el cuestionario, y me dijo por qué en lugar de tratar de hacer una entrevista imitando a la que le hacían los periodistas, buscando generalmente alguna declaración explosiva que diera un titular, no trataba de encararla desde mi punto de vista, viendo lo que pudiera interesarme a mi edad. Me pareció un buen consejo y traté de reformularlo de esta manera.

Como el trabajo había que presentarlo en equipo, invité a mis compañeros, varios me acompañaron, y por supuesto estuvimos en su casa el día siguiente a las 10.

Este encuentro me permitió seguir frecuentándolo en su domicilio, llevarlo a dialogar a mi colegio, a mi casa, y un gran número de encuentros que seguramente definieron mi gusto por los libros y lo literario. Pero esto ya es otra cosa, en lo que nos concierne, la entrevista fue realizada en el piso de Borges, en la calle Maipú 994, de Buenos Aires, el 29 de julio de 1982, más de un año antes del retorno de la democracia a Argentina. El resultado es el que transcribimos a continuación, y que se conservó inédito hasta la fecha. "A mí se me hace cuento" que ya han pasado más de tres décadas de ese día y que se cumplan 30 años de su muerte. "El tiempo que los mármoles empaña", cambia muchas cosas y otras no, su palabra sigue iluminándome.

¿Podría contarnos cómo estaba constituida su familia?

Sí. Mi madre era criolla, era católica, pero católica a la manera argentina, es decir, más una cuestión social que teológica. Mi abuela inglesa, era de tradición protestante, predicadores metodistas. Ella sabía de memoria la Biblia. Ud. le recitaba un versículo cualquiera y ella le decía, sí, Libro de Job, capítulo tal, versículo tal y seguía adelante. Entre los protestantes hay mucha gente que conoce de memoria la Biblia. En los hoteles, por ejemplo en Inglaterra, en Escocia y en Nueva York también, siempre en el cajón de la mesa de luz hay una Biblia. Y además las citas bíblicas que serían pedantescas en castellano, son comunes en inglés. La gente continuamente está citando versículos de la Biblia o frases bíblicas, y eso no resulta pedante. En cambio, en los países católicos resultaría forzado. De modo que mi abuela era muy religiosa, metodista.

La familia de mi madre era católica, como dije, a la manera de los países latinos, de un modo superficial. Mi padre era agnóstico, es decir, librepensador, y nos llevábamos todos muy bien, eso jamás provocó una discordia.

Que más puedo decir de mi familia. Mi padre era profesor de Psicología, en el Colegio de Lenguas Vivas, y yo recuerdo exactamente lo que ganaba, él era abogado además, era Secretario Civil. Él tenía que dar dos clases de Psicología por semana en Lenguas Vivas y le pagaban 100 pesos al mes. Cien pesos al mes era dinero entonces, y ahora corresponde más bien a la literatura fantástica. Cien pesos no significan nada. En ese tiempo sí, todo era mucho más barato que ahora. Yo recuerdo que el dólar estaba a 2 pesos con cincuenta centavos. Creo que actualmente ha subido el precio, ¿no? Nuestra moneda es la mas baja del mundo, creo.

Por el lado de mi padre y mi madre, era una familia militar, mi abuelo el Coronel Francisco Borges se hizo matar, realmente, en la batalla de La Verde, que ocurrió cerca del pueblo de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires. Mis abuelos hicieron la campaña de la independencia, luego las guerras civiles, la guerra con el Brasil, todo eso.

Ahora, por el lado de mi abuela inglesa, no. Eran predicadores y profesores.

¿Qué estudios realizó usted?

Pocos. Yo estudié en el Collège de Ginebra, estudié y tengo mi bachillerato. Ahí había dos materias principales, que eran el francés y el latín. Yo comprendí que si estudiaba bien francés y latín podía prescindir de las otras materias, lo cual ha hecho que yo sea extraordinariamente ignorante, ya que estudié física, botánica, mineralogía, zoología, música, gimnasia, química y no sé absolutamente nada de ellas. Historia sí me gustaba. Pero historia en Suiza no es una materia obligatoria, es optativa. Si usted quiere puede estudiar historia Suiza, si no, no. Yo estaba interesadísimo en conocer la historia de Suiza ya que yo estaba ahí, entonces la estudié. Sí son obligatorias, la historia antigua, la moderna, etc, pero no la Suiza.

Ese es el único título que tengo, los demás son títulos Honoris Causa, que no son más que generosidades, soy Doctor Honoris Causa de Tucumán, de Nueva York, de universidades italianas, colombianas, mexicanas, luego de Harvard, de Oxford, de la Sorbona, pero creo que no puedo llamarme Doctor ya que estos doctorados Honoris Causa son un favor que le otorgan a uno y que por supuesto agradezco, ya que es un honor, aunque no sé si lo merezco.

Personalmente solo puedo decir que soy bachiller del Collège de Calvino en Ginebra.

¿A qué edad toma conciencia de su vocación literaria?

Yo no sé. No recuerdo una época sin leer ni escribir. Yo siempre estaba leyendo y escribiendo. Ahora mi padre me dijo que solo leyera lo que me interesaba, que no leyera un libro por el sentimiento del deber, porque era famoso. Que leyera solo cuando me interesara, y que solo escribiera cuanto tuviera una necesidad de hacerlo. Que escribiera mucho, que rompiera mucho y que no me apresurara a publicar, ya que publicar no es parte necesaria del destino de un escritor.

¿Cómo llega a publicar su primer libro?

Mi primer libro lo publiqué tardíamente, yo tenía 24 años. Se llamó Fervor de Buenos Aires, y se publicó aquí, en Buenos Aires. Mi padre me dio 300 pesos que me permitieron la impresión de 300 ejemplares. No se puso en venta, lo repartí entre mis amigos. A mí me gustaba mucho. Pero, en realidad, era el cuarto libro que escribía. Había escrito tres antes, que curiosamente, destruí. Tal vez debería haber destruido ese también.

¿Cómo surgen sus obras? ¿Se sienta a escribir sistemáticamente o lo hace cuanto siente la necesidad?

Eso es muy complejo. Yo siento que hay algo que quiere que yo lo escriba, y yo trato de disuadirlo. Pero si hay un tema que vuelve, un argumento de un cuento o un poema que vuelve, entonces lo escribo. Me parece un error buscar temas, hay que dejar que los temas lo busquen y lo encuentren a uno. Si no salen libros fabricados.

Creo que todo el mundo escribe así, aunque los periodistas, no, ellos buscan temas. Y, por ejemplo, un escritor que admiro mucho, Capdevila, escribió un libro sobre las catorce provincias argentinas, es muy raro que todas le interesaran, y menos que le interesaran favorablemente. Eso es ponerse a fabricar un libro. Yo por ejemplo he escrito un poema al agua, y no se me ocurrió escribirle al fuego, a la tierra y el aire. Sería una cosa mecánica. Escribí un poema al agua porque me interesaba. De modo que buscar temas es un error. Hay escritores que se proponen escribir sobre la vida de los campesinos de tal sitio, y así salen los libros.

¿Cuál de sus libros prefiere y por qué?

Bueno, la mayoría no me gusta. Me resigno a ellos. Aproveché las llamadas obras completas para omitir dos libros. Para mí, mi mejor libro es el que se titula El libro de arena. Es de fácil lectura, es un libro breve, no uso ninguna palabra que requiera el uso del diccionario. Es un libro de cuentos, y otro libro de cuentos que me gusta es El informe de Brodie. El libro de arena es el único del que estoy satisfecho. Tal vez el tiempo juzgue así también y borre los demás, que son realmente borrables borradores.

Pero hay mucha gente que admira toda su obra...

Sí, pero yo no me encuentro entre ellos. Eso es un error, y no sé si agradecerlo, porque no sé si hay que agradecer los errores.

¿Cómo se definiría a sí mismo?

Si yo tuviera que definirme diría un escritor, aunque tal vez sería mejor decir un lector, ya que yo creo ser mejor lector que escritor.

¿Cómo trascurre un día en la vida de Jorge Luis Borges?

Bueno por la mañana si tengo suerte, vienen a verme periodistas de Quilmes. Pero generalmente mis días no son tan favorables, luego duermo una siesta y escribo algo.

¿Qué es para usted la amistad?

Cuando Eduardo Mallea publicó el libro Historia de una pasión argentina, yo pensé: será sobre la amistad, ya que la amistad es la pasión argentina, quizá la única. Yo tengo esa impresión de que la amistad es muy importante para nosotros, lo cual está bien, no?

¿Cómo definiría Buenos Aires?

Yo tengo un poema, en mi último libro, que se llama La Cifra. Voy a citar el primer verso, que es una definición: "He nacido en otra ciudad que también se llamaba Buenos Aires", es decir, que ha cambiado tanto que es otra. Es que uno no llega impunemente a los 83 años. A los 83 años casi todos mis amigos están en La Recoleta. La ciudad ha cambiado enteramente. Yo nací en el centro de Buenos Aires, en la calle Tucumán entre Esmeralda y Suipacha. Toda la manzana, salvo el almacén que estaba en la esquina, era de casas bajas, con azoteas, con patios, con aljibes, había algunas casas altas que se hicieron después, en la calle 25 de Mayo o Reconquista.

¿Qué podría decirle a los jóvenes que se empiezan a interesar por lo problemas del país?

Yo no sé, hay tantos problemas. A lo mejor este país logra salvarse, aunque yo no veo cómo. La situación es mala, y no solo aquí sino en el mundo entero. Tal vez todos los momentos sean terribles y sintamos más este porque está más cerca. Yo no veo salvación posible, y tal vez vayamos hacia la tercera guerra que puede ser la última. Lo que está sucediendo, en el Líbano, lo que sucedió aquí, lo que está sucediendo en Irak o en Irán. Esperemos que no, porque sería un suicidio de la humanidad.

¿Cree que los jóvenes deben interesarse por la política?

Yo no sé. A mí no me interesó nunca la política. Me interesa más la ética. Creo que si cada uno actúa éticamente eso puede tener un efecto político muy grande.

¿Qué forma de gobierno prefiere?

Yo querría un mínimo de gobierno, pero lamentablemente todavía los gobiernos, aún los gobiernos malos, son necesarios. Como la policía, que es evidentemente necesaria. Si fuéramos éticamente perfectos no serían necesarios los gobiernos, que son un peligro, sin duda. Pero yo no puedo opinar en materia política, soy un anarquista conservador. Mi padre era anarquista. Una vez fuimos a Montevideo y mi padre me dijo que me fijara en las banderas, en las aduanas, en los uniformes, en las iglesias, en las comisarías, porque todo eso iba a desaparecer. Nosotros, cuando fuimos a Europa, en el año 14, viajamos sin pasaporte. No había pasaporte, usted pasaba de un país a otro como de una habitación a otra. Luego vino la Primera Guerra Mundial, la desconfianza, el espionaje, y ahora todo ha cambiado, no se puede dar un paso sin identificarse, es muy triste eso. Espero que en Quilmes[1] estén mejor las cosas que en Buenos Aires...

¿Cómo imagina el futuro de Argentina?

Yo quiero pensar que habré muerto, pero creo que vamos barranca abajo. Yo ya no tengo esperanza, ustedes son jóvenes, tal vez tengan esperanzas, yo ya no tengo ninguna.

Muchas declaraciones suyas generan polémica, y hay gente que cree que usted busca ese efecto...

¡Por supuesto que no! El que piense eso no me conoce nada.

Para terminar ¿querría dejarnos algún consejo o mensaje?

Yo no he sabido manejar mi vida, no puedo dirigir la vida de los demás. Mi vida ha sido una serie de equivocaciones. No puedo dar consejos, ando un poco a la deriva, cuando pienso en mi pasado me avergüenza. Yo no doy mensajes, los políticos dan mensajes


[1] Quilmes es un municipio de la Provincia de Buenos Aires, anexado a la Capital y a solo 20 km de ésta. Esto que dice Borges es un chiste.

Claudio Pérez Míguez coordinador del Centro de Arte Moderno de Madrid y Director del Centro Editores.




Pedro Aznar - Al Horizonte de un Suburbio
 (Poemas de Jorge Luis Borges) Caja de Música (2000)


lunes, 27 de junio de 2016

Lionel Messi / El Superhéroe Argentino




Perdón, Leo. Gracias, Crack!


Lunes, 27 de Junio de 2016.

Por Furio Urso

A mediados de la década del 90, un escritor al que entonces admiraba, Alejandro Dolina, declaraba luego de la desafectación de Diego Maradona por dopping positivo de la Copa del Mundo de 1994; que se hubiese sentido feliz por el logro máximo de la Selección Argentina de Fútbol en aquel Mundial, pero decía que lo más importante para él, era que hubiese ganado la Copa del Mundo, Diego Maradona. 

Recuerdo que hubo algo en esa declaración, que no comprendí del todo, al menos en ese momento; como podía tener para alguien, mayor importancia, y hacerle más feliz el logro de un solo jugador (aunque fuese el mejor del mundo), que el de todo el equipo nacional?

Varios años tuvieron que pasar para que pudiese cabalmente comprender ese pensamiento, pero hizo falta que Leo Messi vistiese la gloriosa casaca albiceleste, para que me ocurriese exactamente lo mismo que le ocurrió entonces a aquel escritor. 

Casi sin darme cuenta lo fui notando, en principio porque solo festejaba desaforadamente sus goles, no esperaba tanto que la Selección ganara, aunque lo prefería, claro; pero no tanto como esperaba que Messi ganara. Esa era mi verdadera satisfacción, lo confieso. El resultado del equipo en todo momento fue secundario para mi, el futbolístico triunfo colectivo, era secundario. Algo extraño, teniendo en cuenta que soy poco individualista. Tengo otros defectos y no ese, justamente.

Para los muchos, quienes el triunfo es lo fundamental en el fútbol, la imagen de Messi tenía valor dependiendo de sus títulos ganados, no de su fútbol. Ser el jugador más importante del mundo y probablemente de la historia (méritos no le faltan), y además ser nuestro compatriota, no alcanzaba.

Probablemente eso ocurría, porque los destinos de nuestro país han sido históricamente regidos por el triunfo. Triunfo del individualismo, la persecución, el latrocinio, la venganza, la falsedad, el narcotráfico, la dirigencia deshonesta, el desmedro sistemático de las Instituciones republicanas y democráticas de la Nación, la violación permanente de la leyes, y tantos otros "triunfos" derivados de la falta de educación.

Ayer, Argentina perdió la Final de la Copa América Centenario, llevada a cabo en los Estados Unidos frente a un rival históricamente menor y todos los que esperaban que, a ese "edén" de victorias nacionales, se sumara alguna de Messi con su merecida cinta de Capitán en el brazo, se han quedado con las ganas. Es que ya no tengo dudas, un Superhéroe como el, no podía darle el gusto a los malos. Si Messi ayer salía Campeón de América, fundamentalmente y antes que los buenos, ganaban los malos, créanme. Y no es que no quiso llevarnos a todos con el a la gloria. Es que, no pudo. El jamás se hubiese puesto a pensar, si con quien compartiría el triunfo, fuésemos buenos o malos. Sencillamente intentó, y no pudo lograrlo. De eso se trata el deporte a veces.

Hubo algo, no se que fue, que no lo permitió, y no ha sido justamente el equipo rival. Jamás fue para el, un obstáculo el equipo rival. El verdadero pecado de Messi es haber elegido jugar para su país. Nunca se lo perdonaron. Hubiese recibido mucho menos críticas y maltrato, si hubiese vestido desde el comienzo la Roja camiseta de España. Pero en cambio, el crack respondió al llamado de los suyos, y ese fue el error. Ayer decidió no vestir más la casaca de nuestro país. No puede, vaya si lo comprendo. Y ese hecho, es injusto y muy doloroso, pero sano a la vez. Y también es un hecho poco comprensible para aquellas personas que no tengan mi misma nacionalidad  y la de Monzer al-Kassar.

Ya lejos de toda ironía, necesito agradecerte Leo, por cada segundo de fútbol que me regalaste, vistiendo la camiseta argentina. Es tanto mi orgullo, admiración y tanto mi agradecimiento que no me entran en el pecho. Me apena saber que no hayas logrado tu sueño, que también era, un poco el mío. Pero me alegra que puedas seguir triunfando donde te aman, que es en el resto del planeta. 

Me alegra amargamente que esta vez, hayan perdido los malos y que el, se vaya llevándose consigo todo el fútbol. Y lloro,  porque con el, se lleva una parte del pibe que fui alguna vez.


Gol de Messi - Argentina Vs. Estados Unidos (2-0) - Copa América 2016


Gol Récord Número 55 de Leo Messi  
Máximo Goleador Histórico de la Selección Argentina de Fútbol (2016)