miércoles, 5 de septiembre de 2012

John Cage / 100th Anniversary Of His Birth


John Cage: El hombre que enseñó a escuchar el silencio

100 años para celebrar: En Buenos Aires, septiembre será un mes consagrado al compositor: habrá conciertos, un ciclo de cine, teatro y conferencias. En estas páginas, una semblanza del músico, el análisis de su obra y textos de su autoría

Viernes 24 de agosto de 2012
Por Pablo Gianera

En el número de agosto de la revista inglesa Gramophone , el crítico Philip Clark publicó una nota en conmemoración de los cien años del nacimiento de John Cage. La fecha es el 5 de septiembre, pero los británicos parecen ser previsores. Lo que importa, en todo caso, es que, para ilustrarla, el autor del artículo tomó con su iPhone catorce fotos, siempre con el mismo encuadre, del departamento neoyorquino de West 18th Street y la Sexta Avenida, donde Cage vivió con su compañero, el coreógrafo Merce Cunningham. Cage amaba el ruido de Manhattan que entraba por la ventana. Luego el editor de Gramophone le comunicó a Clark que necesitaría solamente ocho de esas imágenes. Entonces Clark distribuyó las catorce impresiones en el piso y decidió que Willow, uno de sus gatos, tomara la decisión editorial.

No hace falta ir más lejos para demostrar la influencia de Cage; basta ese detalle banal, tomado de una publicación periodística. El tamaño de la originalidad puede medirse por el hecho de que ella regula asimismo la forma del homenaje que se le rinde. El procedimiento para homenajear a Cage es un procedimiento cageano; es decir, imágenes que pretendían representar el ruido fueron elegidas por azar, en este caso, los caprichos de un gato; en el de Cage, los designios del I-Ching . He aquí un primer punto: Cage no sólo escribió piezas, sino que también "inventó" procedimientos, como, justamente, la composición por azar. Lo notable es que esos procedimientos, a la manera de su amigo Marcel Duchamp, no son necesariamente prescriptivos, como podían serlo, por ejemplo, los del serialismo integral que dominaba la escena musical durante fines de la década de 1940 y buena parte de la de 1950.

Habría que ver también en qué consistió específicamente la originalidad de Cage. En su breve estudio biográfico acerca del compositor, el investigador David Nicholls aísla tres escenas decisivas. La primera ocurre en el MoMA en marzo de 1943; Cage presentó allí su First Construction (in Metal) , una pieza para gongs asiáticos, cencerros de vaca, yunques, campanas tubulares y tambores de freno de auto. La segunda, en agosto de 1952, en el Maverick Concert Hall, de Woodstock, cuando el pianista David Tudor interpretó el silencio (o abrió el tiempo para la irrupción del ruido) de 4'33'' [ver aparte]; pero el silencio no está vacío y podría suponerse que a Cage le interesaba el silencio sólo en la medida en que habilitaba la percepción del ruido. La última escena corresponde, finalmente, a Reunion , de 1968, obra en la que dos personas juegan una partida de ajedrez en una habitación con sonidos amplificados. Podría agregarse Bacchanale , su primera pieza para piano preparado, esa invención que consistía en insertar entre las cuerdas del piano objetos de metal, madera, goma y burletes y tornillos con tuercas que modificaban, de manera sólo parcialmente determinable, el timbre del piano y aun las alturas. Cada una de estas obras (y de otras, como Radio Music o las cinco Europeras ) postulaban un problema estético diferente, o en ocasiones el mismo problema visto desde distintas perspectivas. El influjo que hasta su muerte, en 1992, Cage ejerció sobre al arte contemporáneo es indisimulable.

Las infinitas consecuencias estéticas que podían derivarse de sus gestos hicieron que la figura pública de Cage fuera más discutida que su obra, aun cuando esta categoría (la de obra) puede ser ciertamente impropia para referirse a su música. El uso del azar y la indeterminación, el happening , la danza, la performance y el arte multimedia, todo esto procede de él, pero nada, sin embargo, cayó con la fuerza de lo imperativo. A cualquiera que haya escuchado la voz de Cage le resultará difícil imaginarlo en una barricada vanguardista. En sentido estricto, publicó un solo manifiesto, "The Future of Music: Credo", el texto que inaugura su libro Silencio y que consigna: "Estemos donde estemos, oímos sobre todo ruido. Cuando lo ignoramos, nos molesta. Cuando lo escuchamos, nos resulta fascinante". La primera conclusión de la frase implica una expansión sin precedentes de los sonidos disponibles para la composición musical; la segunda, que la música no es sino "sonido organizado". Cage entraba en una constelación de la que participaban también el "arte del ruido" de Luigi Russolo y los futuristas italianos, Edgard Varèse y su compatriota Henry Cowell, precursor en el uso no convencional del piano, pero la originalidad de Cage y el modo en que organizó su poética lo sitúan un poco al margen. Perseguía sobre todo una música sin intenciones. "Tengo emociones pero no trato de volcarlas en mi música", se lee en el volumen Conversing with Cage compilado por Richard Kostelanetz.

Hacia fines de la década de 1940, Cage organizó en el Black Mountain College, donde dictaba clases, un festival alrededor de la figura de Erik Satie -su mayor maestro a la distancia y su mayor obsesión- que incluyó, entre otras actividades, una representación de Le piège de Méduse . "En medio del festival -contó después del compositor-, dicté una conferencia que oponía a Satie y Beethoven y descubrí que Satie, y no Beethoven, tenía razón." ¿Cuál era para Cage la razón que tenía Satie y le faltaba a Beethoven? Es evidente que la cuestión no se dirime en el terreno craso del gusto. Beethoven constituye para Cage toda una idea de la música; una idea regida por la dependencia estructural de la armonía, algo -la armonía- de lo que había empezado a desinteresarse ya desde sus tempranos estudios con Arnold Schönberg.

La escritura en palabras de Cage no resulta ajena a esta variedad radical del pensamiento. Su famosa "Lecture on Nothing" ("Conferencia sobre nada"), de 1950, es un buen ejemplo. La conferencia no está destinada a la mera presentación de ideas estéticas; ella misma constituye la puesta en forma de una poética. Como señala James Pritchett en The Music of John Cage -el estudio que acaso por primera vez se ocupó de Cage exclusivamente como compositor-, "Lecture on Nothing" es la primera de las conferencias del músico que recurre a un formato inusual y que demanda cierta interpretación performática. La conferencia deviene así una pieza de música, que usa la misma estructura y los mismos métodos que una composición musical. Escrita de esa manera, la conferencia no es ya un vehículo de información sino más bien una demostración concreta de ideas. Observaría Cage más adelante: "Mi intención ha sido con frecuencia decir lo que tenía que decir en una manera que lo ejemplificara; eso le permitiría al oyente experimentar lo que tenía que decir más que simplemente escucharlo". La fórmula recurrente de la conferencia lo vuelve explícito: "I have nothing to say and I am saying it and that is poetry as I need it" ("No tengo nada que decir y lo estoy diciendo y esa es la poesía que necesito").

Entre 1958 y 1961, Cage dejó de escribir partituras (o scores ) en el sentido estricto del término y empezó a hacer lo que Pritchett denomina acertadamente "herramientas": piezas que no describen eventos de manera determinada o indeterminada sino que presentan en cambio un procedimiento mediante el cual pueden crearse esas descripciones o partituras. Water Music , por ejemplo, pretende ser una pieza de música pero introduce elementos visuales de un modo que permite que se la experimente como teatro. La acciones del pianista (verter agua en distintos recipientes, usar un silbato que funcione con agua) mantienen un interés no sólo sonoro sino también visual. La música se acercaba al teatro. Una noche de 1959, en Italia, ante la locución estridente del host Mike Bongiorno, Cage presentó Water Walk en un programa de televisión en el que había ganado previamente un concurso de preguntas y respuestas sobre micología, una de sus imprevistas erudiciones. Cage cumple, durante 3'10'', una secuencia de acciones cronometradas. Con la indiferente gravedad de Buster Keaton, hace silbar una olla a presión, riega una maceta en una bañadera, toca unos clusters en un piano, oprime un pato de hule, activa una licuadora, se sirve un aperitivo con soda y enciende una radio. El público se ríe a carcajadas. Quizás pensaran que Cage era otro lunático televisivo, tal vez un poco más extravagante, pero no muy distinto de los que tocan música con un corcho en la boca. Esa breve emisión televisiva consumó en vivo la transformación del intérprete en performer , una transición casi irrelevante en inglés porque el performer es ya un intérprete. El arte del siglo XXI todavía no se recuperó de lo que Cage hizo con el del siglo anterior



John Cage (Time and Space) Interview on Silence and Music.


John Cage: La poesía de la nada


Se encontraba a un paso de cumplir los 80 años cuando una congestión cerebral truncó su vida el 12 de agosto de 1992, en Nueva York. A 20 años de su aniversario luctuoso, su música sigue manteniendo el vigor y el aura de misterio y misticismo de los artistas estadunidenses más abstractos e influyentes del siglo XX. El 5 de septiembre habría cruzado el umbral de los cien años.


El Ángel Exterminador • 5 Septiembre 2012 - 2:43am — Miriam Canales

México • Como músico, filósofo, pintor y hasta padre del happening dejó un legado considerable, valioso para algunos, pretencioso para otros. Sus primeras obras se perdieron, pero su música se caracterizó por la influencia de la filosofía oriental como el budismo zen y el antiguo texto chino I Ching, plasmados en piezas como Prelude for meditation (1944), como herramienta fundamental a lo largo de su obra. Son conocidas también otras actividades a las que era asiduo como la meditación y la micología o el estudio de los hongos. Oriundo de Los Ángeles, California, y nacido en 1912, Cage aprendió su arte de maestros como Henry Cowell y Arnold Schoenberg, quien le preguntó si estaba seguro de dedicarse el resto de su vida a la música. No pudo jurarlo, pero ésta “fue generosa con él”, según reveló al periodista Rob Tannenbaum en una entrevista en conjunto con Brian Eno con quien trabajó cercanamente bajo el sello independiente Obscure Records.

Desde 1939 hasta 1970, Cage compuso sonatas, conciertos y música percusiva para danza moderna donde tuvo un papel importante el coreógrafo estadunidense Merce Cunningham. El trabajo de Cage serviría como piedra angular para los orígenes de la música aleatoria y la electrónica desde su primer obra: First Construction in Metal (1939) hasta Solo No. 43 (1970).

De Marcel Duchamp a 4:33


Su pieza quizá más famosa y controvertida es 4:33 (1952). Consiste en tres movimientos sin tocar una sola nota de piano. Desde su etapa universitaria fraguó cómo materializarla, pero creía difícil definirla en un contexto occidental. Una vez que decidió presentarla ese mismo año en un concierto en Woodstock Nueva York, Cage cerró la tapa del teclado y esperó 4 minutos y 33 segundos sin emitir sonido alguno. Volvió a levantarla ligeramente para marcar el final del primer y el segundo movimiento. La obra causó confusión y hasta la fecha algunos la califican de extraña y presuntuosa. Cage se justificó en la premiere: “No entendieron su objetivo. No existe eso llamado silencio. Lo que pensaron que era silencio fue porque no sabían cómo escuchar. Todo estaba lleno de sonidos accidentales. Podías oír el viento golpeando fuera durante el primer movimiento. Durante el segundo, gotas de lluvia comenzaron a golpetear sobre el techo, y durante el tercero la propia gente hacía todo tipo de sonidos interesantes a medida que hablaban o salían”


El artista francés Marchel Duchamp también fue otra de sus influencias. Cage profesaba una admiración especial por su trabajo, pero desde su primer encuentro en 1942 no se atrevió a manifestarlo. Fue hasta años después que tuvo la determinación para pedirle que lo instruyera en el ajedrez, juego del que poseía una destreza notable. Es conocido el performance que montaron en marzo de 1968 en Toronto, Canadá, donde acompañados por Teeny, esposa de Duchamp, combinaron la música con una partida que llegó a extenderse hasta la madrugada, provocando una vez más en su audiencia, azoro, incomprensión y hasta aburrimiento. A él dedicó en 1947 la pieza Music for Marcel Duchamp.


Orbit, Zappa, Eno, Sonic Youth y su legado

Un acercamiento a los tiempos actuales plagados de rock y pop reciclados fue en el año 2000 cuando el disco Pieces In A Modern Style, del productor inglés William Orbit, incluyó una pieza suya a la par de compositores clásicos como Beethoven, Vivaldi y otros más contemporáneos en un sonido electrónico ambient. Había llegado a mis manos en los fríos días de diciembre de 2004 para nunca más irse y seguir explorando los confines abstractos de sus obras.

Los antecedentes electrónicos de Orbit con artistas como Madonna, Blur y U2 no sólo lograron transformar In a Landscape (1939) en una pieza en estilo moderno, sino en un piano melancólico inmerso en tintes cósmicos con un toque personal y característico. Esta pieza también se utilizó para musicalizar el tráiler de la película El aviador (2004), de Martin Scorsese. Artistas como Brian Eno, Frank Zappa y bandas como Sonic Youth y Stereolab y hasta el músico inglés electrónico Aphex Twin también reconocen la aportación de Cage en sus respectivos trabajos.


John Cage: Music for Marcel Duchamp (1947)

viernes, 31 de agosto de 2012

Malcolm Browne / The Great Photojournalist Behind The Iconic Monk Thich Quang Duc



Malcolm Browne, fotógrafo del sacrificio de Tich Quang Duc


El hombre que hizo conocer al planeta entero el sacrificio del monje Thich Quang Duc y que mas tarde fuera premiado con el mayor galardón para periodistas de su país, el Pulitzer. El gran fotoperiodista Malcolm Browne murió el lunes pasado, a los 81 años

 Fotografía 31/08/12


El día anterior a los acontecimientos, los periodistas extranjeros recibieron un llamado de la pagoda de Xa-Loi, en Saigón: debían ir a un lugar determinado al día siguiente, porque algo “muy importante sucedería”.

A la mañana siguiente, el 11 de junio de 1963, un monje llamado Thich Quang Duc, vestido con una túnica y sandalias, se sentó en la calle en posición de loto sobre un almohadón, fue rociado con nafta, encendió un fósforo y se lo acercó a sí mismo. Ardió, ardió sin moverse, sin soltar un grito de dolor, sin abandonar en ningun momento su posición.

De todos los convocados, concurrió un solo fotógrafo, Malcolm Browne: las imágenes que tomó dieron la vuelta al mundo e hicieron que John F. Kennedy reconsiderara, durante la guerra de su país con Vietnam del Norte, su política de protección al presidente de Vietnam del Sur Ngo Dinh Diem, que prohibía el budismo. El tirano fue derrocado poco después.

Browne, el hombre que hizo conocer al planeta entero el sacrificio del monje budista Thich Quang Duc, fue premiado con el mayor galardón para periodistas de su país, el Premio Pulitzer. Desarrolló luego la mayor parte de su carrera en el New York Times. Fue herido, fue expulsado de varios países, fue un hombre comprometido con su trabajo. El lunes pasado, a los 81 años, este gran fotoperiodista murió.


La historia de Thich Quang Duc


La mañana del 11 de junio de 1963, un fotógrafo de 30 años llamado Malcolm Browne se acercó al cruce del boulevard Phan Dinh Phung y la calle Le Van Duyet, en el centro de la ciudad vietnamita de Saigón (hoy, Ho Chi Minh) y esperó. Lo que veía era lo habitual: una protesta de monjes y monjas budistas en contra del gobierno católico de Ngo Dinh Diem, que los reprimía y les impedía profesar su credo. Disparó algunas fotos distraídamente; sin embargo, suponía que algo distinto, algo especial, iba a ocurrir esa mañana. De hecho, la noche anterior había recibido una llamada diciéndole eso.


Browne, que trabajaba para Associated Press, y David Halberstam, un periodista de The New York Times, ya estaban por irse decepcionados cuando un automóvil frenó en medio de la calle. De él bajaron tres monjes. Uno de ellos, Thich Quang Duc, se sentó sobre el pavimento con una caja de fósforos en la mano; los otros tres comenzaron a rociarlo con gasolina.

La enorme llamarada que se generó cuando Duc encendió un fósforo comenzó a poner fin a la vida del monje y lanzó al estrellato mundial a Malcolm Browne, que para entonces ya disparaba frenéticamente su cámara.


Los testigos, que al igual que Browne no atinaron a tratar de evitar el espectacular suicidio de Duc –el fotógrafo contaría años más tarde que el remordimiento lo atormentó durante mucho tiempo–, afirmaron poco después que, mientras el fuego ardía, el monje no había movido un solo músculo, algo únicamente explicable por la notable auto-disciplina que había alcanzado en sus constantes prácticas de meditación. 


Lo que buscaba Thich Quang Duc con su inmolación era llamar la atención al mundo sobre la represión que el gobierno católico de Diem ejercía sobre el pueblo budista, que era mayoría en Vietnam.


El represor católico había recibido poco antes el apoyo explícito de los Estados Unidos –entonces presididos por John Kennedy–, que lo habían ayudado a llegar al poder con la idea de que era el mejor modo de impedir que el país cayera bajo el control comunista.


Pero cuentan que, poco después del sacrificio de Duc, cuando el presidente Kennedy tuvo la foto de Browne en sus manos –aún antes de que los diarios la publicaran–, decidió que Diem tenía los días contados.


Durante la segunda mitad del año, otros cinco monjes budistas ofrecieron su vida por la misma causa que Thich Quang Duc. Y para diciembre, el régimen de Diem había sido depuesto, Nguyen Van Thieu presidía Vietnam en su lugar, Kennedy había sido asesinado y, en los Estados Unidos, la opinión pública empezaba a unirse en bloque en contra de la guerra.


A comienzos de 1964 Malcolm Browne ganó el premio Pulitzer (otorgado por la Universidad de Columbia en colaboración con el Patronato del Premio Pulitzer, creado en 1917) a la mejor fotografía periodística del año. En 1968 se unió a The New York Times y en 1972 se convirtió en su corresponsal para Sudamérica. En 1991 cubrió la Guerra del Golfo.


http://www.taringa.net/posts/info/2487143/La-historia-del-monje-quemado-vivo.html

sábado, 25 de agosto de 2012

Von Freeman / I Left My Heart In Chicago



Von Freeman, la alargada sombra del jazz

Saxofonista decano de la escena musical de Chicago

Yahvé M. de la Cavada - 24 Ago 2012

Fama y fortuna son conceptos alejados de la trayectoria natural del jazzman. Hay quienes saben exprimir sus recursos, moverse con los flecos de las modas que atañen al género o ser un eterno equilibrista entre lo popular y lo intelectual para mantenerse cerca del gran público. Otros, simplemente, quieren tocar música.

En las estrechas y muy concurridas autopistas del jazz, el héroe no es el que más llama la atención, sino el que se mantiene fiel a sí mismo y a su arte, aquel que solo mira al frente en su constante forcejeo con el indómito mundo de la improvisación. El eterno impulso de llegar más allá siempre es algo íntimo y personal. El auténtico músico de jazz sabe que las metas las pone uno mismo, y que estas deben estar en movimiento. En este juego, alcanzarlas es perder; y ganar, mantenerse siempre en el camino.

Von Freeman (Chicago, 1923), saxofonista decano de la escena de Chicago, representa mejor que nadie esa figura, ya casi mítica, del jazzman libre de impurezas. Su saxo sonó durante generaciones, junto a grandes nombres y a sencillos trabajadores de la música. Cualquiera dispuesto a subir a un escenario de la ciudad del viento pudo haberse topado con él; “Chicago es una ciudad difícil de abandonar”, dijo en más de una ocasión. Y sí, lo es.

Freeman, como muchos otros, se negó a admitir la indiscutida hegemonía jazzística de Nueva York y decidió permanecer siempre al abrigo de su Chicago natal. Su ambición iba más allá de grabar discos y girar por el mundo, aunque pudo haberlo hecho en muchas ocasiones. “Hay más grandes músicos por aquí. Viven y mueren aquí y nadie les conoce fuera de la ciudad, pero hay más que en ningún otro lugar”.

El saxofonista comenzó su carrera a principios de los años cuarenta junto a Horace Henderson (hermano, a su vez, del gran Fletcher Henderson). En la segunda mitad de la década tocó regularmente junto a sus hermanos George y Bruz en el Pershing Lounge, acompañando a grandes solistas de paso entre los cuales estuvieron tres de los puntales de su estilo: Coleman Hawkins, Lester Young y Charlie Parker. La mezcla del tono musculoso de Hawkins, la elasticidad del fraseo de Young y la fluidez narrativa de Parker fue la base sobre la que Freeman desarrolló uno de los estilos más originales de su época, terriblemente avanzado y moderno.

¿Por qué entonces su nombre no está destacado en las enciclopedias? Una vez más, porque Freeman solo quería tocar; grabar no era una prioridad para él.

Fue el fabuloso saxofonista Rahsaan Roland Kirk quien se encargó de animarle a registrar su primer disco, Doin’ it right now, en 1972. Freeman ya tenía 50 años, lo que no evitó que el álbum, producido por el propio Kirk, fuese una pequeña joya oculta del jazz. Resultaba difícil considerarle un precursor a esas alturas, aunque sus improvisaciones angulosas, su caprichoso sentido del tiempo y una entonación que a veces rozaba el desafine descubrieron al mundo a un solista muy personal.

A lo largo de su vida, Freeman tocó con todos, desde Sun Ra a Otis Rush, Jason Moran o Steve Coleman (que siempre le ha mencionado como una gran influencia). Dio trabajo a pianistas debutantes que estaban destinados a ser muy grandes (Ahmad Jamal, Andrew Hill, Muhal Richard Abrams…) y tuvo un hijo —Chico Freeman— que emergió a finales de los setenta como uno de los grandes saxofonistas de la época. Y todo lo hizo, como quien dice, sin salir de Chicago y sin dejar de tocar en directo, al menos, cinco noches a la semana.

Von Freeman falleció el 11 de agosto, con 88 años, en su amada ciudad. A día de hoy, sigue siendo una voz original e influyente, un ejemplo de pureza, compromiso y libertad. “No me preocupan el dinero ni la fama, porque no gano casi nada y no soy famoso. Soy libre”.

http://cultura.elpais.com/cultura/2012/08/24/actualidad/1345845066_821281.html

jueves, 23 de agosto de 2012

Fogwill / El Último Maldito de la Literatura Argentina



La larga risa de todos estos años

Fogwill fue, sin duda, el último maldito de la literatura argentina. Sus archivos privados, a los que Ñ accedió en exclusiva, permiten inmiscuirse en sus peleas, sueños, novelas inéditas y un desesperado diario íntimo escrito a finales de los ‘80.


Literatura 17/08/12
Por Diego Erlan


Cuando Vera abrió la puerta del departamento de su padre en Palermo, se enfrentó a un escenario de catástrofe: libros apilados en cada uno de los escalones que conducían a la habitación, una o dos o tres computadoras, cables desordenados, un escritorio lleno de papeles, lápices, biromes, marcadores, cuadernos, brújulas, relojes y una calculadora. Un desorden apabullante. En ese escritorio donde su padre trabajaba también encontró una hoja impresa, sin título, que le llamó especialmente la atención. Era una especie de poema: “No estás/ yo estoy aquí contigo/ aunque estamos lejos/ tú estás siempre en mi corazón/no estás sola”. Vera se dio cuenta de que se trataba de “ You are not alone ”, una canción de Michael Jackson que su padre había traducido para su hermana más chica. Pero también, de algún modo, era una carta de despedida.

Fogwill había muerto.

Después de ese 21 de agosto de 2010, los hijos mayores, Vera y Andy, tuvieron que lidiar con el universo que giraba en torno a la muerte de su padre: trámites, deudas, recuerdos, amigos que la llamaban para avisarle que la página web estaba caída. Tuvieron que buscar los documentos, la partida de nacimiento, avisarle a todos los bancos donde Fogwill tenía cuenta (y cuyos saldos estaban en cero) de que nunca más podría pagar los créditos que había pedido. Un hijo nunca está preparado para el día en que se muere su padre. Aunque en este caso, Fogwill había dejado algunas claves. Porque en su particular retórica el escritor entendía que el lugar de los muertos es un espacio que a través de la historia fue disputado entre las instituciones religiosas, familiares y políticas. Decía que el estado moderno y su compleja trama de reglamentaciones sanitarias, censales y forenses representó un triunfo de la política sobre los otros ámbitos en pugna que llegó a parecer definitivo. Pero al promediar el siglo XX –explicaba– la empresa capitalista y el sistema financiero intervinieron con éxito en la disputa y de ser meros proveedores y contratistas de un estado omnívoro pasaron a ser oferentes y titulares de la poderosa industria de la administración privada de la muerte y del procesamiento –conservación o reducción a polvo– del cadáver humano. Un Fogwill puro. Por eso la familia no sabía qué hacer: si cremarlo, enterrarlo en un cementerio privado o tal vez buscar otro en Quilmes. Vera recordaba que alguna vez su padre le había dicho que en cuanto muriera lo podían tirar a la basura y asunto terminado, pero pocos estaban preparados para desprenderse tan fácilmente de él y resolvieron enterrarlo en un cementerio de Ezpeleta, en Quilmes, cerca de una bodega familiar. Fue un lunes. El día anterior, en el velatorio en la Biblioteca Nacional, Vera se reencontró con una amiga archivista, Verónica Rossi, y entonces entendió lo que tenía que hacer.

“Estoy inhabilitado para el matrimonio: no hay gente viva que haya perdido tantas cosas, casas, muebles, armas, cámaras, ropa, diskettes, discos y libros como yo. Hace veinte años me resigné a vivir sin biblioteca, lo que me preserva de cualquier compromiso con simulacros críticos y académicos. Escribir me parece más fácil que evitar la sensación de sinsentido de no hacerlo. Navegué mucho, planté unos pocos árboles y crié cinco hijos. Pensar al sol, navegar y generar hijos y servirlos son las actividades que mejor me sientan: confío en seguir repitiéndolas”, decía el escritor en 1998 cuando publicó esa magnífica pieza de autobiografía que incluyó en la edición española de su obra reunida. “Acá lo que dejó, lo dejó por algo”, dijeron los hijos al ingresar al departamento. Había cosas que Fogwill guardó durante setenta años. Las cartas, por ejemplo. “Son más o menos cuatrocientas cartas divididas por destinatario escondidas en bolsas de supermercado”. No se notaba que tuvieran valor. “Cartas importantes, o importantes para él al menos, metidas dentro de una bolsa de supermercado guardada en una valija que estaba ubicada debajo de otra valija abajo de las pesas del gimnasio”, cuenta Vera. Por ejemplo: siete bolsitas con cartas de Osvaldo Lamborghini escritas en hojas de cuaderno Rivadavia. Vera recuerda lo que su padre le explicaba de chica: eso no se toca. “Pero necesito una bolsita para poner la malla mojada”, decía Vera. Y él se lo repetía: no-se-toca.

Ahora, dos veces por semana, Verónica Rossi llega a Malba, donde Soledad Costantini les abrió un espacio para que pudieran descifrar los papeles secretos de Fogwill. Hace ya casi un año y medio que Verónica empezó a ordenar este archivo, con la colaboración inestimable de Magdalena Arrupe del departamento de literatura del museo, y aún le queda otro año donde se dedicará al material digital: los mails que enviaba o recibía, la música que escuchaba, los documentos perdidos en su computadora. “Este es un patrimonio de la literatura de un país”, dice Vera. “Hay una gran cantidad de cosas que hacen que éste sea, para bien o para mal, un personaje relevante en nuestra cultura”, dice. Y aunque no tengan recursos siente que es una obligación rescatarlo. “Una de las cosas más grandiosas de mi papá es que no daba clases de literatura: porque para él el arte no se podía enseñar”, concluye Vera, que es actriz, dramaturga y directora de cine.

Entre los papeles clasificados hasta ahora pudieron identificar cartas de César Aira, Juan José Saer, Héctor Viel Temperley, Alberto Laiseca, Leónidas y Osvaldo Lamborghini y Leonardo Favio. Otras que no están firmadas ni tienen fecha y hay que hacerles un estudio caligráfico. Lo bueno, dice Vera, es que Verónica puede entenderles la letra. Y eso es porque cursó caligrafía en la carrera de historia, se especializó como archivista en Italia y trabajó para la Fundación Rockefeller y el MoMA. En parte, esta correspondencia permite profundizar sobre las relaciones entre esa constelación de autores que comenzaron a gravitar en la literatura argentina de los años 70, 80 y 90. “Mi viejo también documentaba las disputas”, dice Vera. Contra Coca-Cola cuando le dieron el premio por el relato “Muchacha punk”; contra Juan Forn y Planeta por el final que le cambiaron en una de sus novelas; contra un perro que lo había mordido y le contagió rabia. Aquí hay un material interesante: todas las discusiones estéticas que mantuvo Fogwill con las editoriales sobre la edición y el recorte de su obra. “Esa es una de las cosas que quiero preservar: la manera como mi viejo defendía sus textos”, concluye Vera.

“Este es un trabajo largo porque hay que entender su lógica y respetarla”, aporta Verónica. Ordenar el archivo en su desorden. O, como dice la especialista, “recuperar los archivos manteniendo el alma de la persona”. Fogwill estudió medicina hasta tercer año pero se recibió de sociólogo a los 23, se desempeñó como investigador de mercado y experto en marketing y publicidad y en una de sus empresas, Ad-Hoc, hasta se dio el gusto de contratar (al menos por un tiempo) a poetas como Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher. Así le fue.

El 15 de enero de 1980, por ejemplo, Fogwill le escribe una carta a Germán García donde reconoce lo que aprendió de él en algunas clases en el bar La Paz. Hay un rasgo de estilo en literatura, la manera como los sonidos se van hilando en su variedad, se deslizan, se enlazan, se sobrepasan, triunfan siempre proyectados hacia adelante, “incluso a través de momentos de total desorden en su prosecución”, como decía William Carlos Williams. Ese es el “cuerpo rítmico único” de la escritura fogwilliana, tal como observó Arturo Carrera. Y con ese mismo estilo están escritas sus cartas donde no faltan chicanas personales u observaciones punzantes sobre política nacional. Le dice Fogwill a Germán García: “Lo más lúcido que leí sobre política en Argentina fuera de Terragno y alguna nota mía, está en Literal 1. Literal es una cueva de pavos, ex novias, chupamedias, mal escritores. Un papelón. Lo mejor que publicó en literatura es lo de Lamborghini. De sicoanálisis no opino. La Escuela Freudiana es una entidad ridícula como la Asociación Argentina de Dirigentes de Empresa. Ni siquiera es el Insituto Di Tella del análisis, porque aquel tenía más elegancia. Prefiero a los lacanianos que a los kleinianos porque son más marginales. El psicoanálisis ha de ser cosa marginal pero es muy chiquito en relación a la filosofía y a la literatura por eso yo no soy sicoanalista ni analiticólogo. Ni simpatizante de Lacan ni amigo de lacana. Lástima que tanta gente ande desperdiciada en eso. Yo me analizo por razones sicoanalíticas, no porque no se me para ni porque no gano plata ni por insomnio ni por sicosomático. Tal vez por sicosíquico. La literatura, la filosofía, la guita, son las tres cosas más parecidas al poder real, y a veces se pueden trastocar en él. Yo me quedo en el goce del parecido y espero con esmero que la corriente sólo me desemboque. Sino mala leche”. La carta sigue y en la segunda página (todas incluyen un membrete personal) Fogwill le recomienda: “Tendrías que leer mis últimas novelas para ver qué diferencia hay entre la literatura escrita con placer para el goce de leer de los que saben, de la escrita con malestar para el sufrimiento de los que creen leer y no saben que hay goce”.

También delata admiración una misiva de Fogwill a Osvaldo Lamborghini enviada al Gran Hotel América Larre donde el autor de El fiord había conseguido hospedarse. Dice Fogwill: “te comenté que releyendo el Sebregondi después de varios años descubro que no hay en mi obra post 1973 nada que valga quince guitas que no haya sido producto de tu obra. Hay uno que otro plagio que se filtra inadvertidamente. Involuntariamente.” Sin embargo, Ricardo Strafacce documentó en su biografía sobre Lamborghini la guerrilla postal que mantuvieron cuando estaban por publicarse sus poemas en el sello Tierra Baldía a causa de las erratas. Esta carta, quizás irónica de Fogwill, es posterior: “Ahora leí la bella edición de tu obra que acaba de presentar Tierra Baldía. Esta nueva lectura es distinta. Ahora parecen existir más esos mismos poemas que si antes movían ahora acaban por prender la odiosa llama del sentido. Un curso de literatura por pocos mangos. Eso es. Pero vos adivinaste mi deseo: tu obra tendría que ser relegada por otros quince o veinte años. ¿Quién se va a poner a escribir sin espanto después de vos? ¿Queda algo por decir?” La carta que Fogwill recibe de Aira sigue esa línea. Aunque esté sin fecha y pueda arriesgarse que haya sido escrita a finales de los años 70, expone de qué manera esos autores se leían, criticaban y respetaban desde el primer momento de sus carreras. Aira le agradece la apreciación sobre Ema, la cautiva y confiesa que le estaba haciendo falta algo así, aunque en ese momento la considera una novela fallida. También le confiesa que ningún editor quiere publicarla y él, a su vez, no tiene la fuerza ni “cierta dosis de insistencia” para hacerlos ceder. Por lo pronto, considera que la novela que Fogwill le pasó (¿es posible que se refiera a La buena nueva, que se publicó recién en 1990?), es un gran mecanismo de ambigüedad en el género, entre libro de viajes y novela familiar, “una especie de Tristram Shandy post-capitalista y sobre todo pospsicologista, casi demasiado buena como para obstruir ese gran aprendizaje que es el fracaso”

Fogwill soñaba con cementerios


Fogwill tenía seis direcciones de mail. Una página web. Y Vera estuvo varias semanas intentando recuperar el material que estaba subido en el sitio. Pero le resultó complicado porque su padre no había contratado al típico server. Había conocido a un hacker en Córdoba, que vivía en un lugar donde no llegaba la señal de Internet y que los martes iba a un almacén y sólo allí se lo podía ubicar. Después de un tiempo pudo recuperar el material, la infinidad de mails de escritores jóvenes, editoriales, ejecutivos de bancos. Entre ellos había uno del poeta, crítico y editor de La Voz del Interior, Carlos Schilling, en el que decía que había leído sus “textos sobre los sueños” y le habían parecido la forma justa de que los sueños resulten interesantes: “entre la introspección psicológica, el ensayo y el simple cuento matinal de quien se despierta todavía iluminado por lo que acaba de ver con los ojos cerrados”.

Ya en una entrevista que le dio a Leila Guerriero en 2008, Fogwill se refería a una carpeta con páginas manuscritas. “Son todos sueños míos –explicaba–, que anoté en 1971. ¿Acá qué dice? No sé. ‘¿Por qué se produce el degradé?’. Eso. Lo leo y de golpe hay una palabra clave que me permite reconstruir el sueño”, le dijo. Y la periodista describió unas hojas donde no hay letras ni palabras sino algo ilegible, “algo licuado, algo que no parece escrito por una mano humana”. Esos sueños, escritos durante años en cuadernos de apuntes, Verónica los encontró entre las cajas del archivo. La gran ventana de los sueños, título que Fogwill eligió para el libro que había dejado armado y que posiblemente se publique el próximo año, reúne sus visiones oníricas y funciona para el lector como una exploración de su mente: se trata de las memorias de su inconsciente. Tal vez sea el mapa (y una de las claves) para entender parte de su lógica. Hay elementos que se repiten: el mar, los escritores célebres, las regresiones a la infancia, los cementerios-bosque. Fogwill mismo explica ahí que los sueños de cementerios son “riquísimos en sensaciones visuales y táctiles en los que tengo oído sólo para palabras –ni el ruido de hojas y ramas movidas por el viento escuché– y en los que, como en todos mis sueños, no registro sensaciones olfativas”. Reflexiona que tal vez así vivamos los humanos: como conciencias llenas de olores percibidos, “pero memorias vacías de olor y sueños privados de olor, de lógica y, casi sin excepción, de colores”. Y termina así: “Aún traicionados por el relato y agrupados por un insensato afán clasificatorio, siguen conservando algo de su verdad para quien los narra. Contemplo mis sueños como los personajes de aquellos sueños contemplaban a sus muertos.”

Los años de la rata

¿Este catálogo de sueños fue el único descubrimiento del archivo? “Yo tengo descubrimientos todos los días –reconoce Vera–, pero desde la parte familiar”. Sin embargo, hubo algo más. En el medio de uno de estos cuadernos, Verónica comenzó a notar que Fogwill cambiaba el tono de sus textos, repetía ciertas palabras y se refería a personas de su entorno. “No eran sueños”, se dijo. Son veinte páginas donde pueden leerse frases como “Días paralizados por el viaje de la rata”. “Ir a Franck”. “Cocino solo”. “En el mercado no sólo pienso sobre el efecto de los chinos”. “Cómo limpiarse”, “Diálogo con Vera. ¿Por qué no le escribo? Sale bronca”, “Librarme de la rata”, “Dónde me caí”, “Vera solidaria, ¿hasta dónde?”, “Paralizado hasta las cuatro” o en un Post-it amarillo se lee: “¿Puedo no tener razón alguna?”. Cambiaba el color de la lapicera o incluso modificaba la letra. Hay páginas escritas en rojo donde la caligrafía, de algún modo, describe su ansiedad. “Ese es el año en el que mi viejo quería dejar la cocaína”, recuerda Vera. Lo recuerda porque fue el año en que ella se fue a vivir sola y porque al poco tiempo su padre le pidió ayuda porque no tenía dónde quedarse. Es una especie de diario íntimo que llevó Fogwill durante 1988. Diferente de cualquier otro diario de escritor que pudiéramos conocer. Vera intenta descifrar una parte de estos escritos y Verónica la ayuda: “Balance: de todo el nido el único serio y adecuado fue FF [Francisco Fogwill, uno de sus hijos]. Renata reparó. Elsa ennobleció. Francisco Amó. Vera pagó. Andrés pagó y facturó. R. Jakoby atendió.” ¿Escribía Jacoby con k? “Vos no sabés cómo escribía mi papá”, dice Vera. “Se sacaba”. Hay archivos en su computadora en los que en vez de leerse “las” se lee “lllllllllllllllllllas”. “No le importaba nada, escribía sin detenerse”. Además a los teclados siempre los tenía rotos. Tal vez porque le faltaba la tecla “i” utilizaba la “o”. Y en algún momento corregiría. ¿Cómo escribe un escritor sin un teclado que funcione?, se preguntaban. Por eso a Vera le costó tanto entender algunos de los libros que dejó sin publicar.


Un día, mientras desarmaban la casa de Palermo, Verónica encontró un original anillado de cientos de páginas. Se lo dio a leer a Vera pero más o menos por la mitad ella comprobó lo que suponía: “Esto no es de mi viejo”, se dijo. Lo que pasa es que en el texto aparecía la palabra “retrete” y Fogwill nunca utilizaría esa palabra. “Mi viejo no iba a escribir nunca frases como ‘una mujer deliciosa’. No. Escribiría: ‘una mina que está para garchar’. Una sabe cómo pensaba y cómo escribió.” Para rastrear esos textos, Vera confió en algunos de los amigos escritores como Damián Ríos o Ignacio Echevarría, a quienes Fogwill les daba sus libros en proceso.


Lector de originales


Damián Ríos es editor, escritor y vive en un departamento en el barrio de Once donde acumula, en un par de armarios de su habitación, cientos de originales anillados de escritores consagrados o desconocidos. Como director de la editorial Interzona en su primera etapa, a Ríos le tocó padecer a un Fogwill obsesionado con la literatura argentina, porque estaba pendiente de lo que se publicaba, “por lo que funcionaba, por el canon como campo de tensión”, confiesa el editor. Una de las enseñanzas que le dejó Fogwill, y que puede encontrarse en su literatura, su correspondencia y su mito, es que pensar todavía es posible. Y pensar literariamente significaba utilizar procedimientos que están en el núcleo del lenguaje: él pensaba a través de figuras retóricas, rimas, aliteraciones. Fogwill se trasladaba hasta el Siglo de Oro para pensar, y ese es uno de los mayores desafíos para la traducción de una obra que por ahora tiene tres nuevos libros: La gran ventana de los sueños, La introducción y Nuestro modo de vida.


Descubierta en Chile a través de una amiga del autor, Nuestro modo de vida sería la primera novela escrita por Fogwill a principios de los 80. Está tipiada prolijamente (seguramente por su secretaria), ordenada en una carpeta y con una leyenda en la portada que avisa: Borrador. Habría una versión posterior, corregida, de 1981. Incluso casi el setenta por ciento de sus páginas están tachadas en diagonal con marcador negro. El problema es que esa versión posterior no se encuentra por ningún lado. Narra la vida de un matrimonio de clase media que vive en lo que hoy llamaríamos un barrio cerrado. “Produje Nuestro modo de vida en un intento de plagiar La Luz Argentina, bella novela del narrador argentino César Aira. Un par de temas centrales –la cuestión de la pareja y el problema de la división entre lo de afuera y lo de adentro– parecían insuficientemente desarrollados en la obra de Aira y me propuse avanzar sobre ellos a partir de dos indicios: el jadeo del personaje, asociado a sus trastornos respiratorios me conducía a la cuestión del límite entre la interioridad y la exterioridad del cuerpo del varón; la peculiar psicopatología de su mujer, Kitty, me brindaba la posibilidad de acceder al tema del límite entre la interioridad y la exterioridad de la institución familiar”, escribe Fogwill en el prólogo de esa obra. “Pero no se trata aquí del adentro y el afuera del cuerpo, ni del adentro y el afuera de las familias. Mi objeto, si se lo alcanza a detectar en la obra, es el límite entre el adentro y el afuera de la familia como alegoría del límite entre el adentro y el afuera de la vida humana.” En ese momento no sabe muy bien si realmente lo pudo conseguir y concluye con uno de sus movimientos característicos: “Quizá una próxima novela de Aira lo revele”.

Es una novela contemporánea a Los pichiciegos, explica Damián Ríos. Y también a su mayor etapa de producción de cuentos como “La larga risa de todos estos años” ¿Por qué entonces comienza con la intención de entrar en tensión con César Aira? “Fogwill quiere posicionarse: se había dado cuenta, antes que nadie, de que Aira iba a ser el escritor más importante de la Argentina”, explica Ríos, y por esa razón quiere discutir con La Luz Argentina, cuya primera edición (y por ahora la única, del Centro Editor de América latina) es del año 1983. Como en La experiencia sensible o en varios cuentos de la misma época, Nuestro modo de vida es una novela dedicada a describir los consumos y el estilo de vida de la clase media acomodada. Es una novela en la que el Fogwill sociólogo está mucho más presente que el Fogwill poeta. Hay una escena en la que el personaje, que tiene oficinas por Catalinas, mira el ventanal y el puerto viejo y alucina restaurantes. “Si se lo piensa en términos empresariales –dice Ríos–, Fogwill tenía visión. Lo que pasa es que él se empobreció por la literatura. Más allá de lo romántico que pueda sonar esto, Fogwill entró a la literatura por un error: porque un día escribió ‘Muchacha punk’, un cuento que le salió bien y se entusiasmó. Había sido un empresario exitoso. Por eso, ubicarse en la piel del empresario le salía. Son textos que tienen el punto de vista del que tiene poder.” La introducción , por su parte, tiene según Ríos otra particularidad en la narrativa de Fogwill: un personaje femenino totalmente diferente a cualquier otro personaje femenino que Fogwill haya construido. Terminada algunos años antes de morir, La introducción comienza con un viaje: “Su cabeza permanecía fuera de toda contemplación, libre de cualquier atribución de estilo. Estaba allí como si constatar la armonía y las inarmonías del movimiento mecánico de otras cabezas fuese la única misión que tenía en el mundo y, por ello, el único motivo que lo habría llevado a abordar el ómnibus y a emplazarla allí, consigo, en la penúltima fila de asientos”, escribe Fogwill al principio de este relato de un hombre que viaja en ómnibus a Las Termas de Flores, una obra del siglo XXI, como explica su autor en el prólogo, que “se limita a narrar lo que hacen, piensan, desean y padecen sus personajes, humanos del tercer milenio con deseos, acciones, sufrimientos y pensamientos que rondan la banalidad, aunque siempre algo provoca que una banalidad narrada termine pareciendo más digna de atención que la que cotidianamente habita el lector”. La soberbia de la ciencia médica está en el fondo de la historia, una medicina científica que “es absolutamente eficaz y satisface el ideal humano de bienestar, felicidad y longevidad que parece un artículo tácito de la constitución del Estado Moderno”. El personaje de la mujer aparece casi al final y según Ríos será una delicia para los análisis críticos: porque es una mujer poderosa, inteligente, independiente económicamente, muy seductora pero que no está caracterizada como una puta ni como una chica mucho más joven, como solía hacer Fogwill, sino como una mujer más grande que prácticamente somete al narrador. Un Fogwill con peluca.

El último agitador


Puede arriesgarse una teoría: el espacio físico de Fogwill como un reflejo de su cabeza, y su obra, como una estética del caos. Mugre, papeles revueltos, bolsas de supermercado, teclados a los que les faltaban teclas o una laptop con restos de chocolate y otras sustancias que los bienpensantes identificarían como after-shave. Eso también podía extenderse a su computadora: un monitor estallado en íconos de documentos de Word. ¿Tenía que vivir en ese escenario para poder escribir? Damián Ríos propone analizar cómo funcionaba la cabeza de Fogwill y cree que no hubiese podido dedicarse a la literatura siendo empresario o publicista. Necesitaba un cambio espiritual y ese cambio a la vez debía ser físico. “Fue un tipo que no quiso seguir con su carrera de empresario, que tampoco quiso seguir una carrera académica, un tipo que decidió oponerse al orden, a la típica imagen de intelectual con su biblioteca, a la típica imagen de esos escritores correctos, prolijos, que consideraba burócratas. Por eso se desprendió de todo”. Al final de su vida, le quedaban poco más de mil libros. “Había algo vital en el despelote que era su vida”, analiza Ríos. “Todo lo que se encontraba ahí y que parecía desperdicio era algo que estaba vivo.” Porque era un poema a medio escribir o una carta que había recibido y estaba por responder o un diskette con el libro de un autor inédito. Durante mucho tiempo, Fogwill tuvo en una mesa ratona las hojas impresas de un libro de poemas, Punctum, de Martín Gambarotta, porque consideraba que había más pensamiento crítico en uno de sus pasajes que en toda la obra ensayística de Horacio González. En ese desorden, según Ríos, encontró Fogwill un lugar mucho más potente para pensar lo político, lo social y lo literario.

Aquellos que lo conocieron recuerdan que Fogwill fue uno de los últimos escritores argentinos que irradiaron un verdadero entusiasmo y una verdadera fe por la literatura. “Quizás pasaban seis meses que no hablabas y te llamaba para preguntarte qué estabas escribiendo, en qué estabas trabajando –dice Ríos–. Su literatura no importaba: quería empujarte a escribir porque escribir era una obligación moral, porque si no escribís está todo mal, porque si no escribís escriben los otros y si los otros escriben se pudre todo”.





El libro de los sueños

Prólogo escrito por Fogwill a su libro “La gran ventana de los sueños” , todavia inédito.

Claro que vivo. Pero esto es provisorio. Permanente es lo que no vivo. Se dice: “Ay... ¡Si uno pudiera..!” Pero no. No pudiera, uno. Y aunque se pudriese conjugando como es debido, uno jamás podría. Y si alguien sí, nos duele. O huele mal. Siempre duelen o huelen mal los poderes del otro. ¿Y el poder de uno? Envíen a alguien ya mismo a buscarlo y verán que poder es más o menos fácil: se puede lo posible. Lo difícil es poder poder, poder hasta que se pueda poder lo que no se puede. Mas no se da. Y si se da cuando uno llega hasta el punto de acariciarlo, justo es ahí cuando o donde no se lo permiten. No se le permiten. Lo, le, la, me, te: permutaciones del permiso del otro que nunca se llega a conseguir. ¡Y algunos creen que el español ha suprimido las declinaciones! Rosa, rosae , rosarum , rosastre , la, le, lí, lo, a él. Formas del roce entre uno y la palabra. Y entre uno y otro: el infinito divisible. El resto es silencio. Mmmmmmm de mudo. La mutación del alma, más buena letra y a otra cosa. Por ejemplo, al relato. Había una vez que yo soñé algo y lo olvidé. Ese sueño y sus no imágenes me siguen hasta hoy, cuando han pasado casi treinta y nueve años. A eso se llama vivir, o haber vivido, pendiente de un olvido. Es natural ahora, cuando el olvido roe las neuronas, pero aún recuerdo que aquella vez, hace casi cuarenta años, soñé y olvidé y desde entonces pienso que el grueso de la memoria se compone de cosas negras hechas de puro olvido. La memoria está llena de olvido, llena de olvido, vacía de sí, llena de olvido, casi hecha de puro olvido. Uno mismo termina hecho de puro olvido. La idea era recordar los sueños. Durante un tiempo me propuse recordar los sueños, es decir, olvidar el menor número posible de sueños. Joven, pronto imaginé que bastaba tomarlos en serio y recordarlos al despertar y evocarlos un par de veces rato después de despertar, para fijarlos en la memoria. Por un tiempo. Parece que el sueño sucede en un espacio (¿será la mente, la conciencia, el interior..?) al que vendrían a caer los sueños siguientes para desplazarlos a otro lado. La nada oscura. A veces pienso –y es como un sueño ese pensar–, que si realmente uno tomase con toda seriedad el propósito de recordar los sueños y se aplicase a ello y se esforzase, podría llegar a recordarlos a todos. Es decir, recordaría incluso a los que fueron olvidados. Al menos su nombre, “sueño del pato que habla”, “sueño del zapatito de la bailarina”, etc. Pero venimos hechos de una materia incapaz de esforzarse mucho y muy poco propensa a tomarse alguna cosa con seriedad. Por eso, si uno quisiera recordar los sueños, podría anotarlos al despertar y ejercitarse en aprender a despertar en el momento justo de haberlos soñado: abrir esa ventana. Alguien se estará preguntando porque este relato de una muestra de cosas soñadas se llama “la gran ventana de los sueños”. Ahora yo también me pregunto porque razón elegí ese título. Es cierto que me gustó usar la palabra “ventana” y después de elegirla veo que alude a una ventana rara, que no se abre a ninguna parte

Es decir, se abre al sueño: pura imagen y tiempo que no suceden en lugar alguno. Y que ahora, malamente, se reproducen sobre papel como simulando una obra. Y tal vez sean una obra. Obra del sueño u obra del dueño, siempre será más original que cualquier intento de ficción. Cualquiera –y a mí me ha sucedido– puede volver a escribir o a reescribir la obra de otro, pero nadie podrá resoñar tus sueños ni soñar los suyos con tu propio estilo de soñar, o de escuchar tus sueño

miércoles, 1 de agosto de 2012

Arthaus Musik & DBN / Südwestrundfunk Jazz-Verzeichnisse



Registro del jazz en estado puro

Se trata de grabaciones en vivo de algunos de los nombres más importantes del jazz, dificilísimas de conseguir hasta el momento. Los primeros CD son de la orquesta de Benny Goodman, el quinteto de Canonball Adderley y el sexteto de Gerry Mulligan

Miércoles, 1 de agosto de 2012
Por Diego Fischerman

El jazz se compone de planificación e imprevistos, en distintas proporciones según el caso. Pero lo innegable es que, en una música donde la interpretación ocupa el verdadero lugar de la autoría y en que la improvisación tiene un papel preponderante, todo es, en cierta manera, irrepetible. Las grabaciones en vivo son, en ese sentido, objetos privilegiados. Allí lo que perdura es eso que, en su momento, tenía la excitación que le daba su propia condición de fugacidad. Jazz en estado puro, podría decirse.

En medio de un panorama donde la mayoría de los sellos grandes se ha retirado de la edición de cualquier material discográfico que se aleje de lo masivo (o de la ilusión de conseguirlo), una distribuidora argentina, Belgrano Norte, licenció la marca alemana Arthaus Musik. Nada demasiado extraordinario, si no fuera por la naturaleza del catálogo que acaba de comenzar a editarse en este país: grabaciones en vivo de algunos de los nombres más importantes del jazz, dificilísimas de conseguir hasta el momento y publicadas con excelente sonido. La avanzada de la colección, además de un notable DVD con Chick Corea y Friedrich Gulda (el pianista que Martha Argerich idolatra desde su niñez), incluye tres CD. Uno, grabado en Friburgo el 15 de octubre de 1959, recoge una actuación de la orquesta de Benny Goodman con la extraordinaria Anita O’Day como cantante; otro es un registro de una presentación del quinteto de Canonball Adderley –con Joe Zawinul como pianista– en Stuttgart, el 20 de marzo de 1969; y el tercero está dedicado al concierto que el 22 de noviembre de 1977 ofreció, en esa misma ciudad, el sexteto de Gerry Mulligan.

Los discos de Adderley y Mulligan pertenecen a una serie bautizada Legends Live y el de Goodman a la colección Bigbands Live. Y en todos los casos, las grabaciones pertenecen al archivo de la Radiodifusión del Sudoeste Alemán (SWR). Más allá de la excepcionalidad de la edición y de su valor documental, las tres publicaciones capturan momentos de gran interés en la carrera de cada uno de esos artistas. La actuación de la orquesta de Goodman, prácticamente rindiéndose homenaje a sí misma, incluye solistas separados del clarinetista y director por al menos una generación. Y allí coexisten el flautista Jerry Dodgion con Flip Philips en saxo tenor, el trompetista Jack Sheldon, Red Norvo en vibráfono y Russ Freeman en piano. Y entre muchos puntos altos descuellan el scat de O’Day en el medley final y las exquisitas versiones de “Honeysuckle Rose” y “Body and Soul”. En el caso del quinteto de Canonball Adderley –que se completa con Nat Adderley en trompeta, Victor Gaskin en contrabajo y Roy McCurdy en batería– corresponde a la misma época en que Zawinul grababa junto a Miles Davis In a Silent Way y apenas unos meses anterior a la formación de Weather Report, por lo que funciona como una exacta instantánea tomada en el instante preciso que antecede al huracán. El grupo de Mulligan, a fines de la década de 1970, con un brillante Dave Samuels en vibráfono, George Duvivier en contrabajo, Thomas Fay en piano, Mike Santiago en guitarra y Bobby Rosengarden en batería, sonaba –y suena aquí– con relajación y swing ejemplares en un repertorio que incluye clásicos de Mulligan como “Line for Lyons” o “Night Lights” y algunos temas más recientes, como la bellísima “Song for Strayhorn”.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/7-26004-2012-08-01.html

lunes, 30 de julio de 2012

Tommy Bolin / The Definitive 'Teaser' Collector's Deluxe Edition Box Set



Rock Guitar Legend Tommy Bolin

Gets The Box Set Treatment 3 CD "THE DEFINITIVE TEASER" Includes Remastered Version Of The Classic Album & 2 CDs Of Alternates And Outtakes

23 Jul 2012 WDM Group PR Network 

SANTA MONICA, Calif., July 23, 2012 /PRNewswire/ -- Rock guitar legend Tommy Bolin will be honored with a box set release of his lauded solo release "THE DEFINITIVE TEASER"—a 3 CD collection featuring a re-mastered version of his classic album along with 2 CDs of outtakes and alternates.  The project was produced by Greg Hampton and Johnnie Bolin.  In the annals of rock history, Tommy Bolin occupied a brief, but shining stint as a brilliant guitarist who wowed those in the know with his mastery of many genres—rock, fusion, funk, reggae and heavy metal among others.   Along with a much lauded solo career that, pushed the boundaries of rock/jazz fusion, Bolin played with The James Gang and Deep Purple which set him up for major solo guitar stardom which was cut short by his untimely death in 1976.  Along with the 3 CD TEASER BOX SET, 429 Records will release a  5 CD set, "THE DEFINITIVE TEASER COLLECTOR'S EDITION" which will also include the 2 CD Deluxe version of GREAT GYPSY SOUL—a collection of Bolin songs recorded by a top notch roster of players who signed on to pay tribute to Bolin.  Produced by Greg Hampton and Warren Haynes, it's a remarkable project that brings together major players who actually perform alongside Tommy Bolin's playing and vocals from the recording outtakes to  "TEASER."  Peter Frampton, Warren Haynes (a key supporter of the project), Nels Cline, Steve Lukather, Steve Morse, Brad Whitford, Joe Bonamassa, John Scofield, Derek Trucks, Glenn Hughes and Myles Kennedy all contribute to this amazing project.  "THE DEFINITIVE TEASER"  and COLLECTOR'S EDITION will be released by 429 Records on July 31st.

Tommy Bolin was the quintessential guitar prodigy who focused his talents within the burgeoning rock/metal scenes of the early 70s as well as mastered a highly lauded jazz fusion technique catching the attention of rock tastemakers and guitar legend peers.   It was just a matter of time before Bolin was making a name for himself playing on projects as diverse as Billy Cobham's "Spectrum" project (considered one of the great jazz fusion recordings of all time), replacing Joe Walsh in the James Gang, playing session work on seminal fusion projects by Moxy and Alphonse Mouzon, to replacing Ritchie Blackmore in Deep Purple.   With the release of his second solo album "Private Eyes," what should have been a red letter moment for Bolin, opening up for Jeff Beck in Miami, sadly turned tragic as Bolin was found dead of an overdose shortly after the gig.

Says Warren Haynes: "Many of the guests added after the fact have a close personal connection to Tommy—all share in acknowledging his place in rock history. Watching (and hearing) it all come to fruition some 35 years later was a journey of its own—well worth the travel."

"THE DEFINITIVE TEASER" Track Listing

Disc 1
TEASER—Re-Mastered


1.The Grind
2.Homeward Strut
3.Dreamer
4.Savannah Woman
5.Teaser
6.People, People
7.Marching Powder
8.Wild Dogs
9.Lotus

Disc 2
Alternates and Outtakes


1.Teaser
2.Flying Fingers
3.Cookoo
4.Wild Dogs
5.Chameleon

Disc 3

1.Crazed Fandango
2.People, People
3.Smooth Fandango
4.Marching Powder
5.Homeward Strut
6.Oriental Sky (Lotus)

Track Listing of Deluxe Edition GREAT GYPSY SOUL:
Disc 1

1.The Grind  w/ Peter Frampton
2.Teaser w/ Warren Haynes
3.Dreamer w/ Myles Kennedy and Nels Cline
4.Savannah Woman w/ John Scofield
5.Smooth Fandango w/ Derek Trucks
6.People People w/ Big Sugar and Gordie Johnson
7.Wild Dogs w/ Brad Whitford
8.Homeward Strut w/ Steve Lukather
9.Sugar Shack w/ Glenn Hughes and Sonny Landreth
10.Crazed Fandango w/ Steve Morse
11.Lotus w/ Joe Bonamassa, Glenn Huges and Nels Cline

Disc 2 Bonus CD

1.Flying Fingers w/ Oz Noy and Nels Cline
2.Marching Bag –Movement One w/ Nels Cline, Bolin, Greg Hampton, John Scofield, Sonny Landreth
3.Marching Bag—Movement Two w/ Nels Cline, Bolin, Steve Lukather, Derek Trucks, Peter Frampton
4.Marching Bag—Movement Three w/ Gordie Johnson, Bolin, Nels Cline, Oz Noy, Steve Lukather, Steve Morse, Joe Bonamassa
5.Marching Bag—Movement Four w/ Nels Cline, Bolin, Warren Haynes, Joe Bonamassa, Oz Noy, Brad Whitford, Peter Frampton

http://www.retail-digital.com/press_releases/rock-guitar-legend-tommy-bolin-gets-the-box-set-treatment-3-cd-the-definitive-teaser-includes-remast

jueves, 26 de julio de 2012

Roberto Arlt / Los Siete Locos del Apocalípsis en la Ciudad de la Furia


Roberto Arlt, el octavo loco

Es el cronista siempre relevante, el escritor anarco-marginal, el espejo del lumpen en la Argentina del XX, cuya importancia en el canon nacional es hoy absolutamente indiscutida. A punto de cumplirse 70 años de la muerte del autor de “Los siete locos” se mantiene viva su creencia de que se debe escribir “con la violencia de un cross a la mandíbula”.

Sábado, 21 de julio de 2012
Por Mariana Guzzante (fragmentos de la nota original)

Ya sea que abrieras - digamos en un típico cafetín porteño- el diario socialista La Vanguardia, el conservador La Nación o el progresista El Mundo, esa mañana del 27 de julio de 1942 te hubieras topado con la dura noticia: una emotiva pero corta necrológica anunciaba en los periódicos el fallecimiento del periodista y escritor Roberto Arlt a causa de un “ataque al corazón”.

Claro que El Mundo traía un preciado bonustrack, la última crónica que Arlt envió a la redacción. El autor de las Aguafuertes (esos relatos que  se venían publicando día a día desde el ’37 con éxito de folletín y acidez de sátira) aparecía allí firmando su cotidiana columna un día después del infarto, como si hubiera extremado adrede esa “prepotencia de trabajo” con la que solía legitimarse en vida frente a la crítica que le fruncía la nariz y lo tenía como un advenedizo de la literatura.

La última Aguafuerte se titulaba “El paisaje de las nubes”, una historia protagonizada por un escritor hijo de inmigrantes (como él), bastante criticado (como él), en una ciudad voraz (como la suya).

No, la muerte de Arlt no fue tapa. De hecho, apenas se la mencionó en una edición que sí destacó en primera plana el empate entre Racing y River 1 a 1.

Su segunda esposa (Elizabeth Shine, entonces embarazada de 5 meses de ese hijo que se llamaría también Roberto Arlt, que se convertiría en bibliotecario y que nunca querría hablar sobre la obra de su padre), decíamos Elizabeth Shine, la guapa secretaria del sello que editaba El Mundo por aquellos años y que se casó con él a escondidas por miedo a que la echaran, luego contó que lo último que su pareja le dijo fue “no sé” después de que ella le pidió la hora, a las 10 en punto del domingo 26.

Un detalle macabro subraya la última metáfora arltiana: antes de velarlo en el Círculo de Periodistas para luego cremarlo, debieron sacar el enorme cajón por la ventana del modesto edificio del barrio de Belgrano. Esa imagen, la del féretro de Arlt colgando con unas sogas sobre Buenos Aires fue leída como el lugar que ocupó en la literatura argentina.

¿Podríamos decir que en Arlt hay algo de tango novelado?, le preguntaron una vez a Ricardo Piglia.

“Un tango entreverado con marchas militares, con himnos del Ejército de Salvación, con canciones revolucionarias, una especie de tango anarquista donde se cantan las desdichas sociales y donde se mezclan los elementos de cultura baja: las ciencias ocultas, el espiritismo, las traducciones españolas de Dostoievski, cierta lectura popular de la Biblia, los manuales de difusión científica y de sexología (...). Lo que atrae a Arlt es ese elemento de folletín que hay en Nietzsche y que Gramsci percibía agudamente cuando señalaba las relaciones entre el superhombre y los héroes de las novelas de entregas como Rocambole o el Conde de Montecristo”.

El guapo del 900

Nota autobiográfica: “Me llamo Roberto Godofredo Christophersen Arlt y he nacido en la noche del 26 de abril de 1900, bajo la conjunción de los planetas Mercurio y Saturno”. ¿Godofredo Christophersen? ¿Exceso de romanticismo propio? Sabemos que le gustaba construir su fábula de origen. En esa misma nota, por ejemplo, le adjudica a su astrólogo el certero vaticinio de un carácter “melancólico y huraño”.

Ahora bien, recién el año pasado, a 69 de su muerte, se descubrió su partida de bautismo. ¿El nombre verdadero? Roberto Emilio Gofredo. Y si bien es fácil suponer que el último es la errata de Godofredo, el detalle acentúa más aún esa compleja relación con su nombre como “lugar incómodo” en la enunciación de la literatura nacional.

Claro que recordarán, aquí, esa aguafuerte porteña titulada “Yo no tengo la culpa”, en la que Arlt reflexiona sobre lo difícil que resulta acceder al mundo de la literatura para los que (como él) carecen de linaje nacional y arrastran, para colmo, un apellido impronunciable: esas “inexpresivas cuatro letras”, una vocal y tres consonantes vaciadas de toda legitimación social.

Decía de sí: “Uno setenta y dos. Bien vestido y razonablemente alimentado. No soy supersticioso ni creo en brujerías, aunque prefiero evitar a los yetatores. Me gustan las piernas de las mocitas de lindas piernas. No puedo leer si no estoy completamente solo. Soy piadoso con los demás. Y conmigo también. Voy por el mundo en perpetua expectativa (...) Como, duermo, me rasco. Mi copa es pequeña. Pero me gusta beber de mi copa (...) Me llamo Arlt, cargando el acento en la ele”.

Nuestro Dostoievski

El descubrimiento de la ciudad y sus retorcimientos lo convierten en uno de los grandes escritores argentinos junto a Cortázar, a Walsh. Y sí: es nuestro Dostoievski.

Arlt marcó su estilo a partir de la mezcla, del entrevero, y esa es una de las diferencias abismales que mantuvo con Borges, que trabajaba con la elipsis y la precisión.

Arlt y sus personajes vivieron en el lado marginal de la ciudad que describió Jitrik: “Para ellos no hay nada que hacer: Buenos Aires es una enorme campana indiferente donde en cuestión de horas, más o menos, todos esos infelices serán exterminados”.

Puede que sus dos mil aguafuertes que publicó entre 1928 y 1942, el año de su muerte, en el diario El Mundo lo ubicaran en la categoría de escritor popular, pero sus volúmenes de cuentos (“El jorobadito”, “El criador de gorilas”), novelas (“Los siete locos”, “El juguete rabioso”, “Los lanzallamas”, “El amor brujo”), una docena de obras de teatro (“Trescientos millones”, de 1932; “Saverio el cruel”, de 1936; “La isla desierta”, “La fiesta del hierro”, entre otras) y artículos y columnas periodísticas, en El Mundo, Mundo Argentino, El Hogar y Crítica, entre otros medios gráficos, lo ubicaron en el ABC de la literatura argentina.

Creía que un libro debía golpear con “la violencia de un cross a la mandíbula”.

Su ritmo siempre fue el contratiempo. En una oportunidad contó: “El jefe de redacción del diario ha pasado un día a las 9 de la mañana por la redacción, otro a las 3 de la tarde y otro a las 9 de la noche, y me ha encontrado siempre rodeado de papeles, hecho un forajido, con barba de siete días, tijera descomunal sobre el escritorio y un frasco de goma agotándose.

Entonces, se ha detenido frente a mí, diciéndome: ‘¿Se puede saber qué hacés? Escribís todo el día y no entregás una nota sino cada muerte de obispo. He tenido que contarle: ‘Querido jefe, confieso que aquí comienzo y termino mis novelas’”.

Murió en el cuarto de una modesta pensión. “Algún día moriré y los trenes seguirán caminando, y la gente irá al teatro como siempre y yo estaré muerto para toda la vida”.

http://www.losandes.com.ar/notas/2012/7/21/roberto-arlt-octavo-loco-655619.asp




Roberto Arlt, el mejor de todos

26/07/12
Por Juan Mendoza (fragmentos de la nota original)

El 26 de julio de 1942 moría en Buenos Aires Roberto Arlt. Tenía sólo 42 años y su muerte pasó casi inadvertida para la prensa. Por aquellos días los Aliados combatían contra los alemanes en Egipto y empezaba una nueva etapa de la Segunda Guerra. En Argentina fue un domingo “plomizo”, como a él le gustaba llamar a los días nublados. Entre las noticias literarias, las revistas estaban ocupadas en el desagravio a Jorge Luis Borges, por entonces relegado del Premio Nacional de Literatura.

Lo velaron en la misma sede del Círculo de la Prensa donde unas horas antes había ido a votar. En la ceremonia de despedida habló el escritor Nicolás Olivari y el poeta Horacio Rega Molina leyó un soneto. Al día siguiente, el diario El Mundo sacó su última aguafuerte: “Un paisaje en las nubes”. Unos días después el periodista Augusto Mario Delfino escribió: “Lo cremaron en el cementerio del Oeste. Bajo el cielo gris, alzándose en la lluvia, una nubecita de humo blanco anunció el fin”.

Por sus Aguafuertes , la popular columna que escribió desde 1928, se destilaron sus temas: su ácida mirada sobre el amor y la política, el dinero, la traición, las ciencias ocultas, las modificaciones en el paisaje de la ciudad, con sus “chimeneas de carbón”, “sus “torres de transformadores de alta tensión” y las nuevas fantasías y delirios de sus habitantes. Autor de novelas centrales de la literatura argentina y de relatos como los de El criador de gorilas (1941), Arlt también se destacó como dramaturgo, llevando adelante él mismo muchas de sus puestas en el Teatro del Pueblo: obras como África , en 1938.

Como si todavía siguiera escribiendo, con los años su obra se ha agigantado. Es un ineludible punto de referencia para escritores y críticos como David Viñas, Adolfo Prieto, Oscar Masotta, Horacio González, Alan Pauls. Entre los libros sobre Arlt más importantes de los últimos años se destaca Arlt va al cine de Patricio Fontana (2009), un exquisito paseo por las películas y los cines que alimentaron su escritura.

Como crítico, siempre simulaba evitar los bultos de la historia: ir a la trama, destacar la actuación de un actor y esos aspectos que entran en los afiches. Él sencillamente veía otras cosas. Reparaba en algo que aparecía perdido en algún ángulo de la pantalla, y tenía un “caprichoso” sistema para distinguir entre las buenas y las malas películas. Esto le valió que lo terminaran enviando a reseñar las películas de Clase B, acaso las que más le gustaban. Con esa mirada desviada también leía. Y también interpeló a los acontecimientos de su época. Fue el suyo el tiempo violento de entreguerras y el de “la década infame”. Como periodista, en 1931 le tocó “presenciar” el fusilamiento del militante anarquista Severino di Giovanni. Prefirió centrarse en la cara de los que, humillados por la dignidad del condenado ante el pelotón, sólo atinaban a ponerse pálidos y a morderse los labios. El grito de di Giovanni antes de morir contrastaba para él con el frac, los zapatos de baile, la galera de uno de los espectadores. Un tiempo después Arlt lo puso a di Giovanni como personaje de una de sus novelas. Narrar para él también era saber elidir. Podría decirse que su mirada desenfocaba, pero no: enfocaba bien, lo hacía en los pequeños lugares, recalaba en ese detalle apenas perceptible y en el que siempre se acurruca el corazón mínimo de la verdad. Viajó por el interior, por Uruguay y Brasil, y más tarde por España y Marruecos. Escribió sobre todo. Y cuando estuvo a punto de caer en algún precipicio saltó sobre las cosas del mundo con su mirada incisiva capaz de identificar de un solo golpe de ojo cosas que para muchos parasarían desapercibidas.

Cuando alguna vez le preguntaron cuál era el escritor más importante de su generación, Arlt se nombró a sí mismo. Hoy sabemos que fue bastante modesto: venía de otra parte y vio las cosas que sus contemporáneos no.

http://www.clarin.com/sociedad/Roberto-Arlt-mejor_0_743925698.html

domingo, 22 de julio de 2012

Hank Bukowski / Shakespeare Never Did This!


Bukowski: alcohol, mujeres y libros

Publicado: 14/07/2012 10:04
Por Santiago Velázquez (Escritor y Periodista)

Durante los primeros cuarenta años de su vida, la vida sexual de Charles Bukowski fue prácticamente nula. De hecho no salió con ninguna chica durante su época de estudiante en el instituto ni tampoco en la Universidad. Él mismo estaba convencido de que era tan feo que jamás una mujer querría salir ni acostarse con él. Y no era para menos: durante su adolescencia y su juventud, Hank, como le llamaban familiarmente, fue un tipo alto, desgarbado y corpulento, propenso al aislamiento y a la timidez, de carácter huraño y con un terrible problema de acné. Tenía la cara agrietada por los granos, pero también la espalda, los hombros e incluso los párpados, lo que le provocó un complejo físico que fue el blanco idóneo para el escarnio de sus compañeros de clase y el rechazo airado de las muchachas de su edad. No en vano, los profesores del instituto llegaron a pedirle que dejara de ir a clase durante un tiempo por las desagradables pústulas que el joven padecía con virulencia en su rostro.

Si a esto le sumamos que la familia de Bukowski era inmigrante y que llegó a Estados Unidos procedente de Alemania en los años de la Gran Depresión, que el padre era un animal que pegaba brutalmente a su hijo por cualquier motivo y que la madre consideraba que la mujer tenía que obedecer siempre al esposo, que este siempre llevaba razón y que la función única de la mujer era la de llevar la casa y criar a los hijos, se entiende que Hank dejara por escrito lo siguiente: "Mi infancia no había sido fácil, así que el resto de mi vida no me sorprendió tanto".

En efecto. Parece que todas estas miserias (las palizas del padre, la sumisión de la madre, la pobreza, el sentimiento de saberse un inadaptado, el rechazo de los compañeros) le acabaron por endurecer para todo lo que tendría que venir después: el alcohol, el vagabundeo, los trabajos miserables, las peleas callejeras, las mujeres locas, la adversidad y la subsistencia más elemental.

Bukowski empezó a beber con apenas 17 años, inducido por su amigo Baldy, hijo de un prestigioso cirujano que había perdido la licencia por ser alcohólico. El padre de Baldy había dejado de beber por entonces pero aún conservaba numerosos toneles de vino en la bodega. En aquel sitio Baldy invitó a Hank a probar, le enseñó a poner la cabeza bajo la espita y a trasegar como un cosaco. Al principio, no le gustó y le repugnó el olor agrio del vino, pero luego ya no hubo vuelta atrás: "Crecí, me expandí, medía casi cuatro metros, era un gigante. Y me sentía maravillosamente. Y la vida era estupenda, y yo era poderoso. Y eso fue todo. Estoy enganchado desde entonces".

Durante su época de estudiante pasaba largas temporadas sin asistir a clase, gastando el tiempo en los bares, pero también en la biblioteca pública cercana a su casa, donde descubrió a Sinclair Lewis, a D. H. Lawrence, de quien dice que leyó todos sus libros, a John Dos Pasos, a Sherwood Anderson y a Ernest Hemingway que fue el escritor, junto con John Fante, que más le impresionó.

Enseguida supo que quería dedicar su vida a la literatura, pero había un problema: escribir requería tiempo y requería de experiencias vitales de las que poder nutrirse. Esto compaginaba mal con el trabajo, contra el que se rebeló toda su vida y contra el que dejó escrito muchos versos, como éste: "La verdadera / esclavitud humana / de hombres que no sabían / que eran esclavos".

De ahí le vino ese vagabundeo infatigable de una ciudad a otra, de un bar a otro, sin más objetivo que vivir situaciones que le sirviesen de material para la escritura: personajes turbios, habitaciones sórdidas, estampas de ciudades, lóbregos tugurios de barriadas marginales, todo valía para alimentar el bagaje de la experiencia. Vivió a base de rebanadas de pan, de salchichas ahumadas y de manteca de cacahuete. En cierta ocasión, después de estar cuatro días sin probar bocado, se dio el capricho de comprarse una bolsa de palomitas de maíz. Estaban calientes, saladas y grasientas y hacía tanto que no comía que entró en estado de trance en mitad de la calle y se puso a gritar: "¡Gracias, gracias, gracias!"
Dilapidaba todo su dinero en bebida y en las carreras de caballos, donde apostaba fuerte y perdía con frecuencia.



Un día de diciembre de 1969, Bukowski recibió una llamada de teléfono y alguien al otro lado de la línea le dijo: "Mira lo que se me ha ocurrido, Hank. Si dejas la oficina postal te daré cien dólares mensuales toda la vida". Bukowski se quedó noqueado y aturdido. Era John Martin, editor de Black Sparrow Press. Después de pensarlo durante varios días, le devolvió la llamada y respondió con un lacónico: "Trato hecho". Martin, que creía ciegamente en la genialidad de Bukowski, vendió su colección de primeras ediciones de H. D. Lawrence por 50.000 dólares y se comprometió con Hank, cual mecenas, de por vida.


Bukowski había ido publicando relatos y poemas que enviaba sin parar a cualquier revista o periódico de los Estados Unidos, pero lo que le había dado cierta notoriedad en los últimos años había sido su columna semanal llamada Escritos de un viejo indecente que había publicado en el Open City de Los Ángeles. Entonces, libre de presiones y libre por fin de la esclavitud del trabajo, se dedicó con ahínco a escribir su primera novela, Cartero, que acabó en veinte noches. Y entonces, cuando sólo habían pasado tres semanas de enero, Hank llamó a Martin y le dijo: "Ya está, ven a buscarla". La novela se vendió aceptablemente bien y, con el paso del tiempo, llegó a convertirse en el libro más vendido de Black Sparrow Press.

Por fin, a los 50 años de edad Charles Bukowski pudo dedicarse a escribir de pleno. Comenzó a dar recitales, a conceder entrevistas (casi siempre a regañadientes), recibía a los periodistas en pantalones cortos, con el torso desnudo y un botellín de cerveza en la mano, y las mujeres comenzaron a asediarle. A partir de aquel momento, su vida sexual fue irreprimible: jovencitas extranjeras que venían a adorarle, estudiantes de literatura que querían retozar con él, poetisas de segunda fila, alcohólicas sin un céntimo en el bolsillo... Todo valía para resarcirse de tantos años de abstinencia, y todo valía para escribir libros. Llegó a acostarse con tantas chicas que perdió la cuenta. De ahí nacieron títulos como Mujeres o La máquina de follar. Luego vinieron el resto de sus libros: Factótum, La senda del perdedor, Hollywood, etc.

A primeros de 1993 le diagnosticaron leucemia. Pasó dos meses en el hospital, adelgazó y perdió agilidad, acabó encorvándose y se convirtió súbitamente en un anciano rodeado de gatos. Sin embargo, siguió bebiendo y escribiendo, hasta que el 9 de marzo de 1994, a los 73 años de edad, murió víctima del cáncer. Le enterraron en el cementerio de Green Hills Memorial Park. En la lápida quiso que figurase, junto a una figura de un boxeador en guardia, este epitafio: "Ni lo intentes".

http://www.huffingtonpost.es/santiago-velazquez/bukowski-alcohol-mujeres-_b_1664632.html#postComment

sábado, 21 de julio de 2012

Flea / Helen Burns (EP)



Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, anuncia su primer disco en solitario

Texto de EFEEME publicado el 19 jul, 2012

Flea, bajista de Red Hot Chili Peppers, anuncia la publicación de su primer disco en solitario, el EP “Helen Burns”. Según dice Flea en Twitter, ha contado con la voz de Patti Smith.

“Voy a publicar un EP que hice yo solo en un par de días. Es música extravagantemente oscura, principalmente instrumental, excepto cuando Patti Smith canta. Mi EP se llama ‘Helen Burns’. Todos los beneficios serán destinados al conservatorio de música de Silverlake. Estará disponible para descarga al precio que quieras pagar, será una donación al conservatorio de música de Silverlake. También habrá un vinilo firmado por mí, y en el interior habrá un trozo de cuerda de bajo que he utilizado en los conciertos. 75 dólares por ello. La información sobre cómo conseguir mi EP en solitario ‘Helen Burns’ llegará en los próximos días dos días”, ha escrito Flea en Twitter. La peculiar sintaxis de Flea no deja claro si el disco lo grabó en dos días o lo va a publicar en dos días y si el precio del vinilo será de 75 dólares o este era el precio de las entradas de los conciertos.

Posteriomente, Flea escribió otro mensaje en Twitter: “Grabé la mayor parte del EP cuando terminamos nuestra gira de ‘Stadium Arcadium’. No es la música de Red Hot Chili Peppers o cercana a él. Se trata de un irracional ‘trippy’. En ‘Helen Burns’, toco trompeta, bajo, sintetizadores, caja de ritmos, piano y un montón de cosas más”. Hala, estupendo.

http://www.efeeme.com/flea-bajista-de-red-hot-chili-peppers-anuncia-su-primer-disco-en-solitario/