martes, 5 de marzo de 2013

Alberto Olmedo / Capocómico Argentino




25 años sin Olmedo, semblanza de un artista inolvidable.


Alberto Olmedo, el hombre que cambió el humor. Nacido en 1933, en un barrio marginal de Rosario, llegó a ser uno de los creadores más significativos de nuestro humor. Un recorrido desde el Capitán Piluso hasta El Manosanta.


Martes, Marzo 05, 2013
Por Juan José Santillán


Allá en los ochenta, Alberto Ure escribió los textos más lúcidos sobre Alberto Olmedo. Lo consideraba “el mejor actor argentino”, y en esa época proponer algo semejante significaba mojarle la oreja a más de uno. Ure destacaba de Olmedo la potencia que tenía en las improvisaciones, en el manejo de la comicidad, y en su destreza para barajar lo repentino y volverlo extraordinario. El actor se llevaba por encima al guionista sin olvidar, en ese vuelo, a su compañero de escena.


Rompía la convención, incluía en sus chistes a los reidores, les revoleaba cosas, incluso los fideos moñito que eran parte de la pauta publicitaria. También sacudía con impunidad la escenografía. En ese marco aparentemente salvaje, cada escena podía convertirse en una certera piña o en un contundente fracaso. Significaba caminar al borde, a lo funámbulo, y asumir el azar como postura. Y sostener el ritmo de una vida en ese filo era agotador. Para Ure, Olmedo era una extraordinaria caja de resonancia: “Mi cuerpo es un animal sabio”, se jactó el rosarino como buen bufónhardcore. Podía hacer a un pitufo decadente, a un torpe corredor de autos o a un periodista mersa en una sala de espera; no importaba: Cada creación generaba una identificación inmediata con el imaginario popular. Y ese cuerpo devenido una caja de resonacia, capaz de llenarse y de vaciarse una y otra vez en el mecanismo de la risa colectiva, se convirtió en algo insoportable. De allí, acaso, el último salto al vacío. ¿Qué más queda cuando uno viene a esa velocidad y una fuerza incontrolable pide más y más pista? El martes 5 de marzo cumplen 25 años de la muerte de Olmedo. ¿Qué cambiaría si estuviera aquí, en este contexto planteado por el humor local y mediático? ¿Qué haría Olmedo? ¿Sería jurado en lo de Tinelli o estaría más cerca de Sin codificar o de Capusotto?


Pocos días antes de su fallecimiento, en una de sus últimas entrevistas gráficas publicadas, todo estaba confuso. Según el cronista de la época, lo atiende en bata, amaga con boxearlo, incluso lo echa un par de veces del camarín. Tenía a mano a una masajista que lo preparaba antes de salir a la función teatral de Eramos tan pobres. Olmedo estaba dolido por la tragedia de Carlos Monzón y habló de sus hijos: “espero que sean felices, que les sirva el ejemplo de un padre responsable y trabajador como yo”. Dijo, además, que estaba convencido de que el trabajo no le había quitado cosas de su vida, “creo que he triunfado por algo muy sencillo: me aman, los amo.” Y aclaró: “No tiene nada que ver el éxito profesional con el del ser humano”. Algo estaba haciendo ruido. Pocos días después de la muerte, Beatriz Salomón publicó una columna de opinión donde especulaba “ahora recuerdo lo que dijeron los umbandistas: que nos deseaban el mal a todos los que actuábamos en El Manosanta. ¡Qué cosa!, el Negro pensaba quemar las ropas de su personaje en abril”.


Alberto Orlando Olmedo nació en 1933 en el barrio Pichincha de Rosario. Barrio marginal, rodeado de puteríos, donde aprendió rápido la picardía para sobrevivir. Si hubiera una película de esa vida, uno piensa que dialogaría con la imagen del Gatica niño, según Favio. “¿Mi origen? Pobreza, cocina al fondo -dijo Olmedo-. Un baño para seis piezas. Mucho frío y, a veces, ropa prestada”. Pasó una niñez compleja. Su padre biológico, José Matuone, lo abandonó y fue criado por su madre, Matilde Olmedo. De ella tomó el apellido. Fue a la escuela N° 78 Juan Francisco Seguí, en Rosario, hasta tercer grado. De ahí, a yugarla para colaborar económicamente en la casa. Trabajó en la verdulería de Don Pepe Becacece, repartió pan, vendió en la calle y a los tumbos terminó el sexto grado de la primaria. Sin embargo, su primer trabajo en el espectáculo fue como reídor en el teatro De La Comedia, en Rosario. Tenía 14 años y el entre se lo hizo su amigo el Chita Naón. Primera paradoja de la carcajada que se devora a sí misma: el gran provocador de la risa argentina tuvo uno de sus primeros trabajos pagos como reídor y halagador profesional. Entusiasmado tras ese comienzo, Olmedo se anotó en 1948 en el grupo de gimnasia plástica del Club Newell´s Old Boys y formó parte de La Troupe Juvenil Asturiana, una banda de artistas amateurs. La gimnasia, en aquella época, era una puerta para ejercitar la expresión corporal. Pero después de la gimnasia, y de las primeras experiencias actorales, el rosarino viajó a Buenos Aires. Estamos en 1954, el ocaso del peronismo. “Yo a los 7 años ya era un hombre. Y a los 12 andaba en lugares pesados. El hambre me dio la agilidad para sobrevivir en la calle, y decisión para tomarme el buque porque en Rosario no pasaba nada”.


Olmedo, en Capital, vivió en una pensión en Jujuy y Humberto Primo. Al poco tiempo de arribar consiguió un trabajo en Canal 7. Allí conoció, en 1955, al locutor Bringuer Ayala, interventor del Canal durante la llamada “Revolución Libertadora”. A fines de ese año debutó con La troupe de la TV, junto a Noemí Laserre, Tincho Zabala y Rodolfo Crespi. Un año después, en 1956, ya estaba participando en el infantil Joe Bazooka que se mantuvo al aire con mayor continuidad. Olmedo pasaba gran parte de su rutina diaria en esos estudios televisivos, y en ese ámbito se enamoró de su primera esposa: Judith Jaroslavsky.


La primera experiencia en cine fue con el estreno, en agosto de 1959, de Gringalet, donde realizó un papel secundario. Un año después llegó un trabajo emblemático en su trayectoria: El Capitán Piluso y Coquito, emitido por Canal 9. Su compañero Coquito fue interpretado por Humberto Ortiz. “Estoy seguro de que la clave de Piluso entre los chicos era que ellos lo comprendían fácilmente -dijo Olmedo-. Piluso pensaba como ellos y decía exactamente lo que a ellos les gustaba decir”. Uno de los puntos más fuertes de aquella experiencia infantil fue la pelea, en el Luna Park, en 1961, entre Piluso y Martín Karadagian. Fue transmitida en vivo y ganó, lógicamente, el gran Piluso.


Durante la década del ´60 ingresó a Operación Ja Ja, programa de los hermanos Hugo y Gerardo Sofovich. Y unos años después, casi al mismo tiempo que da vida al atolondrado Yeneral González, surge otra creación clave en la carrera de Olmedo: Rucucu, un mago ucraniano vestido de largo levitón oscuro, sombrero de copa redonda, y anchos bigotes, capaz de cualquier cosa, incluso el papelón más importante. En boca de este mago af loró la frase que será la marca de Olmedo: “¡No toca botón!”. Rucucu se la decía al público cuando iban a un corte publicitario.


El programa No toca botón comienza en 1981. En ese año, Olmedo se perfila decididamente hacia el humor adulto. En esta etapa nacen Chiquito Reyes y el bizarrísimo tirano de Costa Pobre, entre otros. Pero al éxito total lo alcanza en 1986 con el sketch del Manosanta, junto al Facha Martel y Adriana Brodsky. Fue una etapa de continua generación de criaturas inolvidables, que se potenció cuando Olmedo encontró a su segundo partenaire ideal: Javier Portales, con quien armó la exquisita dupla de Borges y Alvarez.


Con esta carga de personajes y de éxitos irá a Mar del Plata para hacer su última temporada en marzo de 1988.


http://misionesparatodos.com/25-anos-sin-alberto-olmedo-el-hombre-que-cambio-el-humor/


Fito Páez - Tema de Piluso - Circo Beat (1994)
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