miércoles, 5 de octubre de 2016

Irvine Welsh / Trainspotting Writer



“Me sigue interesando la vida de mis personajes”

El autor de Trainspotting admite que no puede escapar del universo de ficciones que van desplegando, según pasan los años, los personajes de su novela emblemática. “Yo sobreviví, pero perdí muchos amigos a lo largo de los años por la heroína y el sida”, dice.


Por Silvina Friera
Viernes 30 de Septiembre de 2016


La política de los gestos ofrenda un guiño legítimo para la hinchada. La tribuna –imaginaria o real– sonríe cuando mira al pelado escocés, un gigante de brazos tatuados, caminar por las calles de Buenos Aires, gambeteando el polen y los minúsculos objetos voladores que le producen alergia, una anécdota simpática al pie de la biografía de un sobreviviente de la heroína, hijo de un trabajador portuario y una camarera que fue cantante y guitarrista de una banda punk. Sabe que podría haber muerto, como muchos de sus compañeros de escuela, por ese combo letal que fueron las drogas, el alcohol y el virus del Sida para los jóvenes de la década del 80. Irvine Welsh se puso la camiseta de la selección argentina, regalo que recibió el martes pasado, cuando cumplió 58 años. El autor de Trainspotting, la historia de un grupo de amigos –los inolvidables Renton, Sick Boy, Spud y Begbie– que necesita su pinchazo cotidiano de heroína para fugarse de la ferocidad y las miserias de la vida en la Inglaterra neoliberal de Margaret Thatcher, se presentó ayer en el Malba en la octava edición del Filba (Festival Internacional de Literatura). Su mitología como narrador se inicia con una “mentira piadosa” a principios de los años 90. Su amigo Duncan Mc Lean le preguntó si tenía una novela escrita para ofrecer al editor de Secker & Warburg. La lengua elástica de Welsh midió la oportunidad y soltó un “sí”, como si lanzara un cross a su propia mandíbula creativa. Un desafío que lo podría sacar del abismo. Pronto transformaría un puñado de historias escritas, cuentos, algunas notas y esbozos, en su debut literario, Trainspotting, esa galaxia integrada por el “cuarteto” de amigos adictos de la que se desprenderían otros libros.

Aunque hace años que vive en Chicago (Estados Unidos), si estuviera por las calles de Edimburgo, Welsh se pondría la camiseta verde del Hibernian, club escocés fundado por inmigrantes irlandeses del que es hincha. Este año salió campeón después de 64 años de espera. La última vez, allá lejos y hace tiempo, fue en 1952. No es un detalle menor que el escritor nació en 1958 y esta es la primera vez que puede ver campeón a su equipo. En Montevideo, donde estuvo la semana pasada en la versión uruguaya del Filba, se hizo hincha de Peñarol. Acá lo hicieron de Racing, también por otro regalo: la camiseta de la Academia. Pero aquí y ahora, en el hotel de Palermo Hollywood donde se alojan los escritores invitados al Filba, tiene la camiseta de la selección nacional y pide un té verde, no porque sea vegetariano o naturista militante y ande por el mundo predicando las bondades de una alimentación saludable. Reconoce que precisa algo “sano” después de comer “mucha carne roja” en el asado que le organizaron para festejar su cumpleaños. Trainspotting fue publicada en 1993 y llevada al cine por Danny Boyle en 1996. El mismo director filmó la “segunda parte” de la novela –se basó parcialmente en Porno con el título de Trainspotting 2–, que se estrenará en enero de 2017 con el mismo elenco emblemático de actores, veinte años después: Ewan Mc Gregor (Renton), Ewen Bremner (Spud), Jonny Lee Miller (Sick Boy) y Robert Carlyle (Begbie). No hay dudas de que es mucho más que el autor de una “única” novela que pronto se transformó en un clásico de la literatura en lengua inglesa. Desde entonces ha publicado Skagboys, Escoria, Porno, Acid House y La vida sexual de las gemelas siamesas, entre otros títulos. El narrador escocés admite que no puede escapar del universo de ficciones que van desplegando, según pasan los años, Renton, Spud, Sick Boy y Begbie. “Me interesa la vida de mis personajes. Cuando escribía sobre ellos, quería saber qué les iba a pasar en distintos momentos. Esos personajes son para mí como una herramienta en el interior de una caja: yo los voy forjando y a veces los puedo utilizar para distintos trabajos”, dice en la entrevista con Página/12.

–¿Los personajes de Trainspotting se podrían pensar como la prolongación juvenil, en los años ’90, de la consigna punk “no future”?

–Yo creo que cuando empezó el punk los que éramos jóvenes entonces todavía gozábamos de un buen estilo de vida, aunque nos rebeláramos contra lo burgués. Pero después vino (Margaret) Thatcher y la situación social y política cambió radicalmente y no se podía seguir con la postura del punk. Me refiero a que el punk no podía ser una protesta vacía cuando estallaron las huelgas mineras, el desempleo creció a un ritmo enloquecido y muchos se empezaron a preguntar qué demonios estaba pasando en el país. Lo que sucedió fue que se destruyó el trabajo sindicalizado con la introducción de las nuevas tecnologías. Thatcher intentó quebrar a los sindicatos, armó a los militares, le dio a la policía más poder que nunca. Esta “guerra de clases” bastante prolongada culminó en la lucha de los mineros del carbón. La policía reprimió por primera vez una de las manifestaciones y fue una gran derrota del conjunto de la clase trabajadora contra el poder del Estado. Y terminó con la democracia pluralista en Gran Bretaña porque después, todas las instituciones, incluidas las de los partidos de izquierda y el partido laboralista, fueron cooptadas por este nuevo Estado liberal hasta el 2008, cuando estalló la crisis económica mundial.

–¿Qué significó para usted, que viene de la clase trabajadora, que los trabajadores perdieran su lugar en el mundo con las políticas de Thatcher?

–Thatcher destruyó la comunidad en la que yo crecí, donde todos tenían trabajos, dinero y una vida digna. No grandes trabajos ni mucho dinero, pero tenían lo suficiente para poder vivir. Todo eso fue reemplazado por las drogas. Yo sobreviví, pero perdí muchos amigos a lo largo de los años por la heroína y el Sida, pero también por el consumo de cocaína y por el alcoholismo. Muchos de mis amigos no tenían otro horizonte que no fuera abusar de las drogas y del alcohol. Perder amigos muy joven no es algo natural, no resulta “normal”; cambia tu perspectiva acerca de la cuestión moral. La mitad de mis compañeros de la escuela están muertos: murieron en la adolescencia o cuando tenían veinte años. En Muirhouse, el distrito de Edimburgo donde me crié, hubo una epidemia de muertes por consumo de heroína, que tiene que ver con la historia y la dinámica del lugar. Los que vivieron en suburbios más de clase media no perdieron tantos amigos y esas comunidades están más equilibradas. Pero esta experiencia de pérdida, no sólo para el individuo, sino para toda la comunidad, genera un gran estrés postraumático; es una cuestión sin precedentes y la comunidad no tiene mecanismos para lidiar con tantas muertes jóvenes. Este tipo de experiencia, esta transición dramática y violenta, le ha dado forma a mi trabajo y a mi sensibilidad como escritor.

–La mayoría de los escritores británicos son de familias de médicos, profesionales, diplomáticos, son hijos de las clases medias. No hay casi escritores que vengan de la clase obrera o de los sectores populares, ¿no?

–Sí, esto es verdad en Inglaterra. Para ser escritor tenés que haber estudiado en Oxford o en Cambridge y venir de una familia que tenga muchos libros. Pero es muy distinto en Escocia, en Irlanda, en general en la zona oeste, porque la tradición literaria es mucho más oral. En Escocia hay una tradición de educar a la clase trabajadora que empezó con la reforma de John Knox, que estableció las escuelas confesionales donde todos los hombres de la clase trabajadora podían leer y escribir. Y estoy hablando de más de cuatro siglos atrás, del 1600, además siempre hubo más alfabetización en Escocia que Inglaterra. La rabia, la frustración y la bronca de los escoceses se canalizó a través de la escritura, algo que empezó a ser muy importante a partir de los años 70.

–¿Por qué Trainspotting se convirtió tan rápidamente en un clásico de la literatura inglesa?

–Yo creo que es una novela que trata de la transición de un tipo de sociedad a otra: el cambio de un mundo con empleo a un mundo capitalista donde el valor del trabajo ya no existe más. La tecnología está destruyendo el trabajo pago. Eso afecta muchísimo a la clase trabajadora, especialmente los trabajos manuales. De eso trata Trainspotting, la novela continúa impactando en muchos lectores cada vez más jóvenes porque eso que le pasaba a la clase trabajadora en la década del 80 con la tecnología ahora también le está pasando a la clase media, que tampoco puede vivir de su trabajo. La transición del mundo también le ha llegado a la clase media, que antes parecía estar a salvo. Y la gente está muy confundida y enojada y supongo que esta es una de las razones principales por las cuales mi novela sigue interesando y se sigue leyendo.

–¿Por qué después del Brexit tuiteó que “el Reino Unido será en la escena mundial un juguete peculiar, el 51º Estado de la América fascista de Trump”?

–Lamentablemente es algo que podría pasar... El neoliberalismo se está cayendo a pedazos desde 2008. Pero durante su extenso dominio, ha destruido a todos los políticos de izquierda y ha cooptado a los socialdemócratas. Lo más dramático para mí es que la gente piensa que un estado fascista-imperialista es la única opción para el cambio. Pero no es en realidad una opción para el cambio, sino que es más de lo mismo.

–¿Qué hubieran votado los protagonistas de Trainspotting: a favor del Brexit o en contra?

–Ufff… es difícil responder esta pregunta porque eran jóvenes en los 80. Ahora serían tipos de mediana edad. Si los personajes hubieran podido ascender a la clase media, es muy probable que hubieran estado en contra del Brexit. Si pertenecieran todavía a la clase trabajadora, hubieran votado a favor del Brexit. Pero no se puede plantear tan binariamente porque los escoses somos diferentes. Escocia está más investida de una idea de Europa de lo que está Inglaterra. Esto es histórico y cultural. Antes de la unión de Escocia con Inglaterra, Escocia tenía comercio con los países bálticos y con Europa. Escocia siempre tuvo una relación muy cooperativa con el resto de los países europeos, no fue una relación imperialista. Escocia mira más hacia Europa, mientras que la relación de Inglaterra con el resto del mundo ha sido a través del imperialismo. Este modo de vincularse impacta en la mirada que tenemos los escoceses acerca del mundo.


Irvine Welsh - Skagboys

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